blogeditor · 11 de agosto de 2022
La honradez de los policías no depende de una sola cosa, no es exclusivamente una cuestión de salarios y prestaciones, de carrera policial o de capacitación; tampoco de los sistemas de control interno o de las sanciones por mal comportamiento, mucho menos de los exámenes de control y confianza o del polígrafo. Es una suma de todas esas cosas y de algunas otras que no estoy enumerando. Sin embargo, en mi experiencia la herramienta más poderosa contra la corrupción en la policía es el enfoque, la claridad de la misión y la percepción de hacer un trabajo útil para la sociedad y de ser exitoso en el mismo.
Por años he observado cómo muchos de los cadetes llegan a las academias de policía llenos de entusiasmo e idealismo con ganas de ofrecer a la sociedad un servicio de policía de calidad. Sin embargo, en el camino pasan por cinco etapas bastante identificables que empobrecen su función: la desilusión, la frustración, la tristeza, el cinismo y en algunos casos la corrupción.
La desilusión llega cuando se dan cuenta que después de ganarse la confianza de los ciudadanos de la circunscripción que les toca proteger y obtener excelente información de los criminales que actúan en ella y del modo en el que operan, no pueden detenerlos a menos que sea en flagrancia (real o fabricada) porque no pueden investigarlos por sí solos, sino que necesitan transitar por el burocrático “cuello de botella” de la “conducción y mando” del fiscal del Ministerio Público. En muchas ocasiones se topan con el hecho de que sus detenciones en flagrancia (real o fabricada) no es suficiente y los criminales salen libres sin mayor sanción con bastante frecuencia, poniendo en peligro la vida del propio policía (ejemplos hay muchos).
Una vez que eso sucede el siguiente paso es la frustración y la tristeza, el cuestionamiento de ¿para qué sirve mi trabajo? ¿Realmente puedo tener un impacto positivo en la sociedad? Y finalmente, ¿para qué me arriesgo si todo va a seguir igual? La frustración abre paso al cinismo: como no puedo hacer nada de fondo, entonces administro la crisis, me protejo, cumplo los requisitos y las formas, encuentro buenos pretextos para explicar la crisis de seguridad, pero no la cambio, ni la mejoro, ni mucho menos entro en control del problema.
En muchos casos (no la mayoría como falsamente se hace creer) al cinismo le sigue la corrupción si la misión es mantener o restablecer el orden y la paz pública, pero en el fondo cada policía se siente solo en esa tarea, entonces hago lo que me digan y saco provecho y entonces el enfoque se modifica. La misión no es la misma y las energías se orientan en el beneficio personal y no en el social.
Sin embargo, contrario a lo que se piensa, la mayoría de los policías –aunque viven la frustración y la tristeza– no cruzan la frontera del cinismo y la corrupción y se mantienen en el servicio a la sociedad, muchas veces con acciones heroicas y de enorme sacrificio incluso de sus propias vidas. Desgraciadamente las cientos de miles de acciones positivas que los policías hacen cada día se opacan por las acciones de una minoría de malos policías que sí cruzaron la frontera del cinismo y la corrupción.
La mayoría de los policías tienen una existencia de clase media (a veces baja) que no refleja la imagen de extorsionadores o de individuos vinculados al crimen, todo lo contrario. Los apoyos que haya para vivienda, becas, salud o seguro de vida completan sus salarios y son muy apreciados en las corporaciones policiales.
Pero si les encargamos a los policías mantener o restablecer el orden y la paz pública, y les negamos las facultades legales necesarias para investigar los delitos, para detener derivado de sus investigaciones a los mismos, de recibir denuncias del ciudadano para darle un servicio integral a las víctimas, entonces se pierde el enfoque y la misión se diluye y los riesgos de desviación son una tentación enorme para los policías con convicciones más débiles.
La sociedad se frustra con la situación de la seguridad y los policías se frustran por la impotencia de no ofrecer el servicio que potencialmente sí pudieran ofrecer.
Por eso, cuando argumentamos la necesidad de que los policías tengan facultades plenas para investigar no deja de sorprenderme que uno de los argumentos más socorridos para descalificar la propuesta sea que eso es imposible porque, en sus palabras “los policías son muy corruptos”.
De hecho, las encuestas de confianza y percepción del trabajo policial pueden matizar enormemente esta afirmación: durante los últimos 10 años las tasas de confianza y percepción positiva de las policías municipales (ver Gráfica 1 y 2) y estatales ha ido creciendo y las de las policías federales (en su diferentes formas y denominaciones) se ha mantenido altas.


Sin duda en materia de corrupción hay un camino que recorrer, pero ese camino transita no solo –aunque es fundamental– por mejores salarios, capacitación, equipamiento, sistemas de control, etc., transita sobre todo por dotar de las facultades legales necesarias a los policías para hacer su trabajo (sobre todo para investigar plenamente los delitos) y ser exitosos en ello, evitando la frustración y el cinismo que provoca una misión incumplida y el desenfoque de los objetivos de su función.