Honor y vergüenza

blogeditor · 9 de diciembre de 2014

Honor y vergüenza

“No se atreva poderoso,

que si en un vasallo fiel

no hay contra el poder espada,

hay honor contra el poder”.

Pedro Calderón de la Barca, “Amor, honor y poder”.

 

Durante siglos, el honor y la vergüenza han sido eficientes mecanismos de control social. Se supone que la reputación se construye en función de códigos que puntualizan lo que da valor y dignidad. Quienes no cumplen con tales lineamientos, reciben la vergüenza pública de sus pares con sanciones que llegan a extremos como el ostracismo: la persona indigna no puede formar parte de la comunidad. En tanto, quienes cumplen, harán que los valores y prácticas honorables permanezcan y se refuercen.

Kwame Appiah escribió en “The Honor Code: How Moral Revolutions Happen” que si bien el honor es un título de respeto –y la vergüenza ocurre cuando se pierde ese título- una persona de honor no se preocupa en primer lugar en ser respetada sino en ser digna de respeto. Si a una sociedad le importa el honor, resume Appiah, debemos buscar si la gente piensa que cualquiera debe ser tratado con respeto y si ese derecho a ser respetado se garantiza con un grupo de normas compartidas: un código.

[contextly_sidebar id=”wxSnbOwgN15TSwC1RnaDbZHGwtq0zNtg”]México es una fosa con el sentido de la dignidad y el honor completamente extraviados. Lo que es valorado en nuestra sociedad no está a la altura de la dignidad de las personas. Estamos en un serio problema cuando ni siquiera lo más elemental, la vida, es vista con respeto. En realidad la vida es desechable, no es sagrada. Desde la negligencia criminal de funcionarios públicos que teniendo facultades y presupuestos no se dignan a proteger a los peatones en las calles de la ciudad, hasta funcionarios y empresarios que arrasan con comunidades para sus megaproyectos, hasta la barbarie y el horror de quien dispone de la vida y los restos sin más razón que el género, las preferencias sexuales o el mero control de territorios para garantizar negocios.

También nuestro sentido del honor y de lo respetable está extraviado cuando:

Un presidente de la República recibe beneficios personales por parte de un contratista que ha consolidado su poder económico con los proyectos ganados bajo el amparo del poder político, y no percibe que sus actos sean vergonzosos.

Líderes de oposición minimicen como un “asunto particular” que no debe investigarse las evidencias de posibles conflictos de interés y delitos en la presidencia de la República, y no perciben que eso sea vergonzoso.

Un funcionario del más alto nivel diga, 22 mil desaparecidos después, que “faltó una agenda más contundente en materia de seguridad y de Estado de Derecho. Nos quedamos cortos. No vimos la dimensión del problema y la prioridad que debería haber tenido”, y no percibe que esa omisión sea vergonzosa.

Diputados cobran comisiones por recursos públicos que consiguen “bajar” a quien de manera cómplice paga sobornos, y no perciben que sus actos sean vergonzosos.

Líderes sindicales cobran sueldos como docentes en servicio sin estar frente a grupo a sabiendas que es ilegal, desviando recursos de lo mínimo indispensable en las escuelas, y no perciben que sus actos sean vergonzosos.

Gobernadores que usan dinero público para obras hidráulicas que benefician solamente a su rancho, y no perciben que sus actos sean vergonzosos.

Funcionarios irresponsables en su tarea de salvaguardar la integridad física de los usuarios de los servicios en las instituciones bajo su custodia, y 49 bebés muertos después no perciben que sus actos sean vergonzosos.

Y una larga lista, desoladoramente larga, que seguiría en todos los niveles de gobierno, en todos los ámbitos, en todos los colores partidistas…

¿Cómo desterrar de una comunidad a quienes cometen actos indignos si no se tienen normas, instituciones o siquiera la suficiente fuerza moral para hacerlos sentir avergonzados por sus actos?

A México le urge la reconstitución del Estado, sin duda. También un nuevo código de honor, una agenda de la vergüenza. Es indispensable un reconocimiento de lo respetable y la estima de quienes cumplen con estándares honorables y morales. Una moral que reconozca el mismo y fundamental derecho que toda y cada persona tiene a la dignidad humana. Un código compartido que provoque un sentido de la vergüenza para quienes no respeten esta dignidad.

¿Qué sigue? Hacer explícito este código fruto de deliberaciones nacionales (hasta podríamos aprovechar nuestra proclividad de poner todo en “periódicos murales”). Y que exista una sanción moral ejemplar a quienes no lo cumplan aun tratándose de quien ostente el cargo más alto del país, llevándolo a su separación.

Como la voluntad individual no es suficiente, no hay que cansarse de repetir que es indispensable restablecer los mecanismos funcionales de control judicial (sistema de justicia penal, autonomía de contralores y sistema de derechos humanos) y de control político (competencia electoral, pluralidad y representación política). Eso y crear un estándar moral de lo que es y no es aceptable ya en nuestra sociedad. Un estándar de lo que es digno de respeto. Un código del honor que ponga en el centro a la dignidad humana y lleve a las personas a actuar en consecuencia. Sin simulaciones.

 

@albertoserdan