Joel Aguirre · 21 de agosto de 2026
Por Andrea Covarrubias Pasquel*
Llega agosto y, con la combinación de lluvias, calor y humedad, se crea el entorno perfecto para el brote de hongos silvestres. ¿Por qué nos fascinan tanto?
Son organismos eucariontes (es decir, sus células tienen un núcleo definido) y heterótrofos (no pueden producir su propio alimento, necesitan nutrirse de otras fuentes). Se reproducen mediante esporas que germinan cuando encuentran las condiciones adecuadas. En la naturaleza tienen un papel crucial: se encargan de descomponer la materia orgánica y degradan sustratos, reciclando nutrientes vitales para los ecosistemas.
Pero lo que alcanzamos a ver es solo una pequeña parte de su universo. La verdadera estructura principal de los hongos es el micelio, que se sostiene por una red de filamentos microscópicos llamados hifas, los cuales podríamos llamar cuerpo subterráneo o raíz. Este micelio es capaz de extenderse kilómetros bajo tierra y de vivir por años. Los hongos sanos siempre crecen juntos, en comunidad. Cuando vemos crecer a un hongo solitario, suele ser una señal de alerta en el entorno. Tenemos tanto que aprender de estos organismos.
Y bueno, también nos encanta comerlos. México es el segundo país donde más consumimos hongos silvestres. Los utilizamos como alimento, pero también con fines medicinales y espirituales. En nuestro territorio crecen 53 especies del género Psilocybe, siendo las más conocidas Psilocybe mexicana, P. caerulescens y P. cubensis o “San Isidro”. Fue gracias a María Sabina, curandera y chamana mazateca de Oaxaca, que hoy en el mundo contemporáneo no indígena conocemos sus usos curativos y alucinógenos. En la actualidad, diversos pueblos originarios como los nahuas, matlatzincas, mazatecos, mixes, zapotecos y chatinos siguen empleando estos hongos en rituales con fines ceremoniales.
Si alguna vez has tenido un viaje con hongos, sabes que no es cualquier cosa. Cada experiencia es distinta y depende de cómo la atraviesa cada persona: del momento emocional en el que te encuentres, de tus búsquedas personales, de la preparación previa (el descanso, la alimentación, el sueño), del entorno de consumo, de la dosis. Los viajes con psilocibina y psilocina se suelen caracterizar por las distorsiones visuales, auditivas y sensoriales.
Estas alteraciones cambian la percepción de los colores y los objetos. También es común experimentar distorsiones en el tiempo y el espacio, porosidad sensorial y marcadas fluctuaciones emocionales. Los viajes con hongos alucinógenos pueden ser diversos, intensos, profundos y sumamente introspectivos.
Nuestra relación con ellos es milenaria. Se han encontrado petroglifos en Siberia, realizados en el Paleolítico, que muestran a pequeños seres humanos con hongos en sus cabezas. Desde la antropología, esto se puede interpretar como una profunda relación mental y simbólica entre ambas especies. Terence McKenna sugiere una hipótesis controversial pero muy interesante: que la conciencia humana pudo haber evolucionado por el consumo de hongos alucinógenos de primates; esto les permitió conectarse con una parte mística y experimentar procesos de neuroplasticidad. Si seguimos esta hipótesis, el consumo de psilocibina pudo haber influido en los cambios en la sociabilidad y en la percepción del entorno.
También hay investigaciones clínicas que exploran cómo la psilocibina puede ser utilizada con fines terapéuticos (bajo supervisión médica y entornos controlados) para reducir síntomas de ansiedad y depresión. La psilocibina, explica la Dra. Amezcua (psiquiatra integrativa), actúa en el cerebro tras convertirse en psilocina, e interactúa con los receptores de serotonina (que es un neurotransmisor regulador del estado de ánimo, la percepción y la cognición).
La psilocina se une a los receptores 5-HT2A que se encuentran principalmente en la corteza prefrontal (que es una región asociada con la toma de decisiones, la introspección y la percepción). Así, los efectos que produce este mecanismo son: mayor conectividad cerebral, disolución del ego y restablecimiento emocional.
Los efectos de la psilocibina en el cerebro pueden brindar un panorama para explorar el mundo de una forma más auténtica, y son un ejemplo más de cómo la relación entre hongos y seres humanos puede llegar a ser tremendamente fructífera. Esta potencia transformadora no se limita a nuestra mente, se expande.
Los hongos crecen y resisten aún en los contextos más adversos; han sobrevivido a casi todo a lo que como humanidad hemos destruido. Anna Lowenhaupt Tsing nos invita a reflexionar sobre cómo los hongos nos guían cuando “nos falla el mundo controlado que creíamos tener”. Un ejemplo de esto es que, cuentan que, en 1945, cuando la bomba atómica destruyó Hiroshima, el primer ser vivo en resurgir de las cenizas fue un hongo matsutake.
Convivir, consumir, aprender y respetar a los hongos nos abre la posibilidad de sanar como especie. Eso sí, teniendo siempre presente que nuestro habitar actual se rige por los ritmos impuestos por las sociedades de consumo capitalista. Quizá nos está faltando aprender de ellos para conocernos y reconocernos; encontrar formas colectivas de distribuir y transformar el dolor, regenerar esta tierra que habitamos y, finalmente, poder brotar en comunidad.♦
*Andrea Covarrubias Pasquel es socióloga por la Universidad de Guanajuato, maestra en Ciencias Sociales y doctora en Investigación en Ciencias Sociales con mención en Sociología por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede México (FLACSO-México). Ha trabajado desde la academia y la sociedad organizada temas de migración y movilidad. Se ha especializado en las metodologías cualitativas y en el estudio de las epistemologías feministas. Sus investigaciones atraviesan los ejes de cuidados, resistencias, movilidad, acontecimiento, experiencia, subjetividades y mujeres. Es responsable de investigación en Instituto RIA.