Joel Aguirre · 2 de septiembre de 2026
Hay que aceptarlo. A pesar de las históricas luchas y batallas de la población de la diversidad sexual, los logros palpables como resultado de aquellas (a saber, la ley de sociedad de convivencia, el matrimonio igualitario, el acceso a esquemas médicos, la ley federal para prevenir y eliminar la discriminación, el derecho a documentos e identificaciones con renovadas identidades sexogenéricas, pensiones a compañeros de vida, reconocimiento de las familias diversas…) y una aparente apertura y aceptación sociales, lo cierto es que la homofobia es un odio que se sigue dando no pocos permisos no solo para existir, sino para perpetuarse a sus anchas en espacios del ámbito estatal de “izquierda”, que, por lo mismo, más que sorprender… atemoriza. Vuelve a intimidar.
La lucha por los derechos de lesbianas y homosexuales tuvo un coitus interruptus en donde la asimilación de nuevas realidades y cada vez más poblaciones, con agendas muy específicas pero muy diversas y dispersas a su vez (pasando por el uso del lenguaje y la importancia de la imagen y el trato), se volvió confusa y paralizante en términos de reyerta ideológica y política.
Los clásicos esquemas por donde antes pasaban categorías de análisis como “clase social”, “preferencia sexual”, “comportamiento factual”, “prácticas de riesgo”, “vestida”, “tope salarial” “chacal” o “rebeldía política” fueron desmoronándose como mazapán entre puño cerrado conforme la digitalización, los medios de comunicación, las redes sociales y la IA fueron modificando la forma de asimilar eso que llamamos realidad. Y la deformación de la nuestra, claro, aconteció.
Mientras se daba esa catástrofe (sobre todo, pasada la ola mortal de la pandemia por covid-19), la falta de empleo, la disparada deserción escolar, la desesperanza, la inmediatez, la multiplicidad de pantallas electrónicas, el ocio, el no-futuro y el uso del tiempo en este nuevo universo ávido de atención voraz y colmado de entretenimiento se conjuntaron para perfeccionar, cual sopa primigenia, eso que los expertos han dado en llamar la posverdad.
Así los radicales cambios, y retomando aquello de las luchas y los logros, el pasado no existe como me fue narrado y, antes bien, la existencia parte únicamente de mi posverdad. Así, todo el dolor, el ostracismo y las muertes producto de la asesina homofobia se tornan nebulosas y relativas y, sí, es válido. La no-Historia. Si todo lo que me precedió se lo puedo atribuir a un burdo y grosero tipo de hombre cis, homosexual o no, de derechas, de izquierdas o no, y, en ese sentido, ahora un joto es un jochis porque, así, todo es mucho menos violento y más amable, entonces la vida es más tranquila, más justa y más linda.
Creo firmemente que millones de personas hoy día, obviando los horrendos crímenes de odio, miran y asimilan a los que no son heterosexuales desde ese paradigma, desde el de alguien que ve a unos tipos (hombres todos) que son tranquilitos, pero asquerositos, raritos y, desde de la buenaondez, hasta lindos. Grotescamente coquetones. Algunos son algo así como mujeres. Pero, desde su posverdad, que van bien vestiditos, que son blancos, que trabajan en cosas importantes, que salen en la tele, que a veces se cortan cosas o se ponen otras y que, muy monos ellos, casi siempre tienen que ver con el mundo de la artisteada, de la farándula. Ahí tienen a Wendy con la Rosalía. ¡Ay, qué perra se veía!
Casi puedo afirmar que Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica (FCE), es uno de los representantes de ese paradigma, a propósito de su último autoritario golpe: erradicar al subgerente de Tierra Adentro del mismísimo FCE, Víctor Santana, luego del catastrófico manejo institucional (o excelente, ¡vaya usted a saber, querido lector!) de un comentario lleno de homofobia contra el sub. No voy a repetir lo que ya se ha dicho. El propio Santana se ha defendido de todas las agresiones posteriores haciendo público hasta el más minúsculo de los pormenores.
En ese sentido, me parece igual de pertinente la invisibilizada actuación del colectivo Novísimx, que el 26 de junio emitió un comunicado en sus redes, solidarizándose con Santana, dejando claro desde ese momento que no tenían relación directa con él. En dicho aviso se convocó a una protesta poética para el viernes 3 de julio, acto llamado “Poesía contra la homofobia”.
Era el mismo nombre que el colectivo ya había utilizado en febrero de 2025, para apoyar al pintor Fabián Cháirez, cuando le clausuraron una exposición. El mecanismo del acto es el mismo: a micrófono abierto, los poetas de todas las letras de la comunidad LGBTIQ + van pasando a leer obras escritas a propósito de la coyuntura. En esta ocasión, elaboraron stickers que pegaron en la entrada de la librería Rosario Castellanos del FCE con el lema “Fondo de Cultura Homofóbica”.
Después de aquel día, para su sorpresa, Taibo II declaró que aquellas protestas habían sido instigadas por el propio Santana, refiriéndose al colectivo como un “sector gay analfabeta”. Por tal motivo, Novísimxs hizo pública una denuncia presentada el 17 de agosto ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, CONAPRED.
El 22 regresan a la Rosario Castellanos para otro acto de protesta, acompañadxs por otro colectivo, Calatheas. Esta vez, para retomar y resignificar la frase que Taibo II había pronunciado también, “Reina por un día”, en otro ataque a Santana. Nuevamente, poesía, posicionamientos, stickers. Días después, CONAPRED les informó que la demanda no procedía, alegando que mención directa del nombre del colectivo no hubo. Nadie sabe. Nadie supo. Invisible.
El 27 de agosto, el coletazo de esta ola, Santana pide en un texto a Novísimxs que piensen en la posibilidad de un “Estado queer”, en un texto en donde, en medio de la cronología, Niurka aparece cual trans en concierto de española.♦