Hombres sin mancha

blogeditor · 14 de agosto de 2017

Hombres sin mancha

El otro día, conversando con amigos, caímos en el tema de la mancha que muchos niños tienen en la zona del coxis, al nacer, que desaparece con el tiempo, y que se conoce (creo) como mancha mongólica. La mancha es frecuente en individuos amerindios, asiáticos, africanos, y en muchos de extracción mediterránea. No la tienen, coincidimos, los arios. Esos son hombres sin mancha.

Esos hombres sin mancha fueron los que marcharon, brazo en alto, cara al sol diríamos, por las calles de Charlottesville, Virginia, inicialmente para protestar la decisión de quitar del pueblo una estatua del General Robert Lee, el ya mitológico jefe de los ejércitos confederados. La marcha se convirtió en un zafarrancho con saldo de tres muertos y decenas de heridos.

Fue, dejémonos de tonterías, un acto de terrorismo doméstico, de corte nazi, un acto plagado de violencia. Un síntoma, sí, del cinismo e impunidad con que operan las fuerzas de ultraderecha en Estados Unidos desde el triunfo de Naranjito Pichacorta, pero también una señal alarmante de lo que podría venir después dada la difusión que tuvo – la marcha fue transmitida en vivo en varios canales de televisión y tuvo una repercusión considerable en redes. La alusión a la frase de Game of Thrones, “el invierno ha llegado”, como metáfora de un mal considerable e ineludible, se vuelve cada vez más frecuente.

Flashback a 1998: Era todavía reportero y llevaba poco tiempo viviendo en Chicago. El Ku Klux Klan había decidido marchar por las calles de Cicero, suburbio al suroeste de la ciudad, tristemente célebre porque ahí vivió por mucho tiempo el mafioso Al Capone. A fines de los 90s, Cicero tenía otro elemento que lo hacía notable: más del 80 por ciento de sus residentes eran inmigrantes mexicanos (hoy prácticamente el 100 por ciento de la población es mexicana ahí). La marcha del KKK era una provocación, un manifiesto contra la inmigración.

Pero, a fines de los 90s, no estaba el horno para bollos. Clinton era aún presidente. A la marcha acudimos más periodistas y policías, que manifestantes del KKK o que opositores a ese grupo. Tres gatos, con suásticas, banderas de la cruz gamada, y tatuajes (en esa época, hasta los tatuajes eran sólo de derecha), y tres gatos que les gritaban y los insultaban. Los gatos de uno y otro lado se liaron a puñetazos en un parque y la policía entró con rapidez y contundencia para arrestar a todos. Fin de la historia.

Todo ha cambiado en 20 años. Podemos filosofar ampliamente sobre el fin de las utopías democráticas, el retroceso del estado de derecho. Podemos hablar del resurgimiento del nacionalismo y el fascismo.

Las teorías no están en las calles. En las calles está la violencia, y la violencia empieza a extenderse. Hay una fuerte carga de violencia desde la Casa Blanca hacia fuera, hacia Pyongyang por ejemplo. Pero hay otra fuerte carga de violencia hacia dentro, hacia las calles, hacia todo aquel que sea o parezca diferente. Charlotesville es un símbolo de un pasado doloroso que no se ha ido –el del esclavismo, de la Guerra Civil, de la supresión de los derechos civiles de los afroamericanos– y de un presente que se vuelve amenazante.

Leo un libro excelente, On Tyranny, del historiador Timothy Snyder de la Universidad de Yale. En menos de 200 páginas, y en 20 capítulos, hace una disección poderosa de lo que está pasando en este país desde la llegada de Naranjito al poder y, a la luz de las enseñanzas de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, así como de las dictaduras comunistas del siglo XX, hace predicciones que deberíamos leer con cuidado porque los extremismos de izquierda y de derecha del siglo XXI se parecen demasiado a los del siglo precedente.

Snyder escribe sobre cómo el incendio del parlamento en Berlín en 1938 fue un detonante para abrir las compuertas de la persecución metódica de judíos y todos aquellos que fueran opositores del régimen nazi; un detonante provocado, manipulado desde el poder y a través del lenguaje (Snyder hace frecuentes referencias a Hannah Arendt, y agrega las propias, para subrayar como el poder manipula el lenguaje del odio a su favor; hoy tenemos los alt-right y fake news, entre otras joyas). Un aviso de cómo Charlottesville puede convertirse en una piedra de toque, en un justificante, en un modificador del lenguaje (veamos el intenso debate que hay, ya mismo, entre quienes quieren hablar de nazismo en Charlottesville, y quienes no quieren hablar de ello).

Pensando en los escuadrones armados de los nazis que marcharon en Charlottesville, pienso en la reflexión que hace Snyder sobre como, en Alemania, las fuerzas irregulares (las camisas pardas, los SA) se fueron poco a poco transformando en fuerzas regulares paramilitares, hasta desembocar en las sangrientas SS. Cito: “Para que la violencia transforme no sólo la atmósfera sino también el sistema, las emociones de las manifestaciones y la ideología de la exclusión tienen que ser incorporadas en el entrenamiento de las guardias armadas. Éstas primero enfrentan a la policía y al ejército, y luego penetran a la policía y al ejército, y finalmente transforman a la policía y al ejército”.

Y sin ir más lejos, por hacer otro flashback, pienso en la película Mississippi Burning, donde entre otras cosas se ve cómo el KKK tenía infiltrada a la policía local.

Los hombres sin mancha han estado siempre ahí. Y ahora marchan, brazo en alto. Ojo.
 

* Gerardo Cárdenas (@elgerrychicago). Manchado.