blogeditor · 5 de julio de 2022
De nuevo surge la discusión de si es lícito comparar a alguien con Hitler o el nazismo. La mayoría de las voces insisten en que no. Sin embargo, la comparación es necesaria mientras se haga puntual y sustentada. El nazismo y Hitler como paradigmas del mal sirven como puntos de referencia mientras, repito, el paralelismo sea acotado. Sobran ejemplos.
Ante la amenaza de las pretensiones neofascistas de Donald Trump, Letras Libres publicó una portada con el rostro de Trump y un bigote al estilo Hitler en el que se leía “Fascista americano”. El expresidente estadounidense suscitó varias comparaciones de este tipo. Dados los paralelismos entre su llegada al poder y el intento de revertir la democracia desde la propia democracia, se escribieron varios textos comparando los momentos vividos en Alemania con el incendio del Reichstag en 1933 y reflexiones sobre el posible juicio a Trump con el juicio de Hitler de 1924. Ninguno de estos textos presupone que en Estados Unidos podría ocurrir un genocidio como el perpetrado por la Alemania nazi ni que Trump es Hitler, pero las comparaciones puntuales resultan útiles para comprender las pretensiones trumpistas.
Más ejemplos. En la revista Proceso, Javier Sicilia atinadamente identificó semejanzas en el manejo de masas y utilización del lenguaje entre AMLO y el Führer. El Apartheid sudafricano fue comparado con las Leyes de Núremberg de 1935. La estrategia militar nazi del Blitzkrieg ha sido comparada en múltiples conflagraciones recientes al igual que en comunicación política se utilizan estrategias implementadas por la directora del régimen nazi, Leni Riefenstahl. Incluso el gobierno mexicano lanzó una campaña, bastante mala, para prevenir el consumo de drogas partiendo de la utilización de metanfetaminas en el ejército nazi. Todos estos casos son comparaciones concretas, precisas. En ninguno de estos casos se pretende decir que el sujeto comparado es un genocida en potencia.
Así, podría seguir con múltiples casos en los que las comparaciones puntuales, unas más y otras menos precisas, son perfectamente válidas al quedar acotadas a elementos puntuales. Lo delicado, incorrecto y perverso es utilizar comparaciones genéricas de todo el régimen o la figura de Hitler. Solo en ciertos casos puede tener sentido. Por ejemplo, la idea de pureza racial del nazismo y su brutalidad es comparable conceptualmente con el régimen camboyano de Pol Pot, sus crímenes y su pretensión de pureza cultural.
Uno de los elementos del nazismo más comparado cuando se trata de gobiernos totalitarios o autoritarios, más no necesariamente genocidas, es el manejo de la comunicación política desde una lógica de propaganda para reafirmar un régimen y atacar adversarios. Los principios de propaganda de Joseph Goebbels han sido replicados en múltiples ocasiones por estos gobiernos.
Algunos de los principios de la propaganda de Goebbels son:
Al leer lo anterior es inevitable pensar en el modelo de comunicación de la mañanera. Repito, esto no hace nazi a la 4T, simplemente que utiliza estrategias de propaganda similares.
AMLO acierta al decir que la frase de Goebbels “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” encaja en el trabajo de publicistas como Alazraki. Eso no hace a alguien nazi ni hitleriano. AMLO y Alazraki se equivocan al hacer comparaciones genéricas mutuas. Error o intencionalidad perversa, solo ellos lo saben. Mucho más grave cuando viene desde el poder.
Lanzar este tipo de acusaciones nada precisas desde la tribuna máxima de comunicación gubernamental solo ha abierto la Caja de Pandora del antisemitismo, que se ha destapado en redes y algunos medios. De ello es responsable el presidente.