Mayra Zepeda · 24 de mayo de 2013
Ésta es la historia de una historia que no fue.
El turista regresó a su país, a su vida. Ella se quedó en México.
La distancia hizo su trabajo.
El tiempo hará el suyo.
Dos semanas después de haber conocido al turista en el Distrito Federal, ella decidió viajar a Colombia. Tomar la decisión no fue fácil. La primera persona que le mostró de qué tamaño era esa locura fue ella misma. ¿Ir a otro país sólo para volver a ver a alguien con quien estuviste sólo 10 días? Sí. ¿Ir a otro país, no a buscar una oportunidad de maestría o de trabajo, sino para volver a ver a un hombre? Sí, a un hombre. Ella sabía el peligro potencial que encarnaba semejante decisión, peligro con olor a rechazo.
Reconocer y aceptar lo que quería no fue sencillo. Callar las voces que susurran lo imbécil que eres requiere de un trabajo emocional intenso y de ser honesto. Uno queda totalmente expuesto al peligro y al dolor.
Eso hizo. Ella decidió exponerse, arriesgarse para intentar “algo” con J, el turista. Lo hizo porque sintió correspondencia. J le habló de planes, deseos, locuras; le envió el mensaje de querer arriesgarse, buscar trabajo en México y estar juntos. Después de un tiempo, ese discurso parece un producto natural de la emoción que genera un encuentro inesperado y afortunado entre un turista y una local, una historia de diez días donde ambas partes saben que el tiempo se va y que es mejor consumirlo ahora porque no vuelve.
La cosa es…el tiempo y la distancia.
Pasaron los días y el turista se adaptó a su vida, esa que había dejado atrás desde hacía mucho tiempo para buscar otra en un continente distinto.
Ella supo que las cosas se desmoronaban cuando los mensajes se empobrecieron y las llamadas por Skype se esfumaron. Antes de verbalizar el “algo anda mal” le dio muchas vueltas al asunto en su cabeza. Uno sabe que cuando verbaliza las cosas, entonces existen y se vuelven ineludibles. Ella sabía que tenía que hablar con J, pero no quería porque, de alguna manera, sabía las respuestas. Las intuía. Y les huía.
Ella debía hablar con él antes de tomar la tarjeta de crédito y comprar el vuelo a Colombia, reservar el hostal y planear con detalle sus vacaciones de verano. De pronto imaginó un escenario de terror: su llegada a Cali, él diferente, ella destrozada. El rechazo.
Se acordó mucho de Monique, personaje de uno de los cuentos de Simone de Beauvoir, y su frase “siempre espero lo peor y siempre es peor de lo que esperaba”. El terror de su intuición conjugado con sus malos pensamientos prácticamente la obligaron a abrir la boca y preguntarle a J qué chingados sucedía.
Sucedió la distancia. La realidad. El tiempo.
México no figuraba en su plan de vida. No ahora y quién sabe si después. Haciendo gala de honestidad, J le regaló a la mexicana una buena dosis de realidad, esa que ya se le había escapado desde hacía varios días.
“Tú estás allá, yo estoy aquí”.
“No te conozco”.
Esa última fue una expresión asesina porque llevó consigo el desinterés de J en conocer a la mexicana. Ella tampoco lo conocía a él, pero sabía que quería hacerlo con todas sus fuerzas. A través de Skype, Whatsapp, Viber, emails, correo postal, sí, así, como fuera. Él no. ¿Por qué? J tiene sus razones.
Después de una plática intensa por teléfono en la que ella puso sus cartas sobre la mesa, supo que no tendría nada que hacer en Colombia.
Ella lo acepta. Después de conocer esos 10 días al turista se quedó con las ganas de intentar algo a lo que muchos le voltean la cara: una relación a distancia. J le pareció un hombre muy bello, de esos en peligro de extinción. Además, hubo un momento en que la idea no le pareció tan descabellada. Conoce un par de ejemplos exitosos que demuestran que las cosas se pueden siempre y cuando uno quiera y trabaje por ello. Claro, los resultados jamás están garantizados, pero vamos, nada en esta pinche vida lo está.
Ahí está la historia de Lorena y el alemán; de Carolina y el danés. Las dinámicas de estas parejas eran una locura: sincronizar los horarios para llamarse por teléfono, planear sus veranos, las navidades y un largo y pesado etcétera porque aquí nada es sencillo.
Aunque el investigador y periodista José Fernández Vega escribió para la revista Ñ que no hay nada más ajeno al amor que las certezas, una que otra de vez en cuando no hace daño. Ella necesitaba saber con certeza si J estaba dispuesto a hacer “algo”, por eso abrió la boca.
Y obtuvo su respuesta.
Fernández Vega dice que el libro Elogio del amor, del filósofo marroquí Alain Badiou, afirma que “el azar está siempre en el comienzo (de una relación). El gran desafío consiste en transformar lo efímero del inicio en una duración”.
Ahora, en este momento, ella tiene una certeza: se va a quedar con las ganas de que J le suceda.
Ya nunca hablan. No se llaman por Skype ni sostienen pláticas por Whatsapp. Seguro J sabe qué sucede con la vida de la mexicana (porque ella es muy activa en Twitter y Facebook), pero nunca le pregunta. Ella no sabe mucho de él ni de su vida, y tampoco pregunta. ¿Para qué?
Lamenta no poder conocerlo, no poder escuchar sus historias, no saber en qué trabajará, ni qué hará con sus fines de semana o a quién conocerá. Lamenta no poder besarlo, bailar ni emborracharse con él. Ella se quedó con las ganas de contarle sus historias, de compartirse entera.
Desde hace días el problema dejó de ser extrañarlo. El problema ahora es soltar esa idea a la que tanto le costó llegar: aceptar lo que sentía, dejarse libre, desbocada, decidir intentar todo sin importar el peligro, los contras.
Tiempo.
“Mejor decir me acuerdo a me imagino”, siempre le dice su querida Norma. Y lo hizo. Ella dijo lo que tenía y lo que quería decir. Ella le dijo a J lo que sentía. Decir las cosas, asumirlas y aceptarlas siempre será mejor que aguantarse con el “what if…”
Ella se dio cuenta que no está casada con el papel de mujer fría y excesivamente racional que muchas veces intenta asumir por mera supervivencia. Todavía hay personas que la descontrolan, situaciones que la mueven, la descolocan; está viva y siente.
Habrá preguntas que necesite hacer, que le aterren, pero siempre preferirá una respuesta verdadera.
No lo tendrá a él, pero siempre tendrá su historia. Siempre.