Vivir entre dos historias: mujeres afro-indígenas

Redacción Animal Político · 5 de septiembre de 2024

Vivir entre dos historias: mujeres afro-indígenas

A Martha Sánchez Néstor, forjadora de utopías

Desde 1983 se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Indígenas cada cinco de septiembre. Tener la posibilidad de hacer una pausa en nuestra cotidianidad para considerar la trascendencia de sus acciones y su presencia histórica es necesario. Con base en los datos del Censo 2020, en el país se auto-adscriben como indígenas 23.2 millones de personas, de los cuales 51.4 % (11.9 millones) son mujeres (INEGI, 2022). Si bien las condiciones de desigualdad y el patriarcado han caracterizado muchas de sus vivencias, también es cierto que contamos con mujeres que destacan en distintos ámbitos profesionales, políticos, comunitarios y sociales sorteando múltiples dificultades y obstáculos.

La diversidad cultural que alberga México tiene en las mujeres indígenas un papel protagónico, no sólo por las dinámicas de socialización, crianza y transmisión de saberes múltiples que llevan a cabo, sino también por las adecuaciones identitarias que les toca vivir con base en nuevos escenarios y procesos. En virtud de lo anterior quisiera apuntalar una presencia importante e interesante: la de las mujeres que se reconocen como afro-indígenas en México.

Las personas de origen africano llegaron en el siglo XVI a la entonces Nueva España con los colonizadores ibéricos, principalmente como personas esclavizadas. Tuvieron un peso significativo para los procesos económicos virreinales, los varones principalmente en las haciendas y la minería, y las mujeres en los ámbitos domésticos. Con el transcurrir del tiempo lograron ser una parte fundamental en la constitución demográfica y social de esos tiempos, y desde entonces tienen una presencia importante en lo que actualmente es México.

A diferencia de otras experiencias históricas, en Nueva España no existió una “segregación” total de las personas de origen africano, lo cual propició una serie de intercambios (biológicos y culturales) que dieron paso a formas de convivencia cotidiana e interacciones complejas. La vecindad geográfica entre personas de origen africano e indígenas permitió conformar familias con ambas herencias históricas gestando así formas de identificación muy particulares.

En alguna ocasión platiqué con Martha Sánchez Néstor, una muy reconocida lideresa feminista, indígena amuzga, a quien conocí en el ámbito laboral y con quien desarrollé un vínculo de camaradería y cariño (Martha falleció en julio de 2021). En nuestras conversaciones (con el tiempo cada vez más esporádicas, por desgracia) compartíamos reflexiones en torno a nuestra condición de mujeres indígenas, así como de hechos más cotidianos. En una de aquellas charlas que ahora rememoro con amor y nostalgia, al preguntarme sobre mi campo de especialización (las poblaciones afrodescendientes), ella me dijo: “deberías pensar en otras mujeres de la región (ella era de Xochistlahuaca, Guerrero), es interesante pensar en todas aquellas familias que son indígenas, pero también tienen historia negra, esas mujeres también tienen una historia poderosa”, refirió.

Con el transcurrir de los años pude darme cuenta de lo certero de las palabras de Martha. Por ejemplo, cuando conversé por primera vez en Ometepec, Guerrero, con una mujer quien sin más me dijo: “yo soy afroamuzga”. Al preguntarle por qué se reconocía así, rápidamente respondió: “porque mi papá es indígena y mi mamá negra, entonces tengo esas dos riquezas”.

En regiones como el pacífico mexicano este tipo de experiencias son comunes. Hay una presencia importante de personas afrodescendientes, quienes han establecido relaciones de diversa índole con indígenas nahuas, amuzgos o mixtecos, principalmente. Durante mi trabajo de campo en comunidades de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca ha llamado poderosamente mi atención que sean principalmente mujeres quienes refieran este tipo de adscripción.

En 2015 por primera vez en la historia del México independiente se preguntó por las personas afrodescendientes en la Encuesta Intercensal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Además de ser un paso inicial para la visibilidad estadística de esta población, destacó entre los resultados la información alusiva de las personas afrodescendientes que se reconocieron también como indígenas por entidad federativa. Los cinco estados de la república que tuvieron mayor representatividad de afro-indígenas fueron: Oaxaca, con 73.3 %, Veracruz, con 73.1 %, Chihuahua, 71.3 %, Guerrero con 66.3 % y Morelos con 65.5 % (INEGI, 2017).

Derivado del Censo 2020 contamos con información alusiva a este sector poblacional, con un añadido más: la condición de hablante de lengua indígena (HLI). Se reportó que 8.2 % de la población afrodescendiente hablaba alguna lengua indígena, siendo las más habladas el náhuatl, con 26.8 %; el maya, con 15.1 %; el mixteco, con 9.9 %; el zapoteco con 8.3 %, y el Tlapaneco con 5.9 % (CONAPO, 2020). Lo anterior refiere la importancia de considerar cuáles son las especificidades en las condiciones de vida de estas personas, y sobre todo nos obliga a pensar qué pasa con las mujeres que se reconocen como tales y tienen experiencias vitales de las que poco sabemos y que sin duda son importantes de tener en cuenta.

Algunas mujeres me han compartido que tener estas dos “herencias” le hace sentirse orgullosas; sin embargo, también conozco de experiencias contrastantes cuando algunas de ellas enuncian el “problema” que significa ser “india y negra”. Las condiciones de discriminación y racismo son para ellas un obstáculo mayúsculo, puesto que se conjugan los estereotipos que se mantienen vigentes en torno a los pueblos originarios y las personas de la diáspora africana en el país, afectando su existencia y en ocasiones vulnerando sus derechos.

En una comunidad afro de Guerrero una joven mujer de 16 años refirió lo siguiente:

… yo he pensado mucho en cómo es eso de hablar idioma (indígena) como yo, y tener el pelo así (ensortijado), y ser negrita. Las amigas de mi mamá dicen que está muy bien que ya se hable de nosotros, los negros de México. También creo que está bien, pero en este pueblo hay gente como yo, que vamos al monte con los abuelitos, o sea, que hay cosas que hacemos porque somos indígenas, hay ceremoniales y rituales en los cerros (a veces para la pedida de lluvia) pero también de otro lado de nuestras familias está todo eso de ser afro, ¿no?, de tener esa historia que viene de lejos, de África… Con mis amigas hablo de esto, ¿cómo van a ser mis hijos, también indígena y afro, o nomás alguno de los dos?”. (Entrevista realizada en la Costa Chica de Guerrero en enero de 2024).

En un día como hoy se torna pertinente preguntarnos sobre las identidades múltiples con las que contamos en el país, y en particular en la necesidad de visibilizar tanto estadística como cualitativamente las experiencias cotidianas de las mujeres que actualmente realizan ejercicios de reflexión profundas en torno a sus pertenencias culturales y sociales.

Las mujeres indígenas seguirán siendo un pilar fundamental en la construcción de una sociedad más justa, haciendo uso de las herramientas a su alcance para dignificar las condiciones de vida de las generaciones venideras. Estoy segura que los debates en torno a mujeres que abrevan de dos historicidades tan importantes serán un ámbito trascendental para las reflexiones sobre la diversidad cultural en México y así entonces conocer con más detalle, como decía Martha, de esas historias poderosas.

* Citlali Quecha Reyna es investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM. Miembro de Afrodescendencias en México. Investigación e Incidencia A. C., e integrante de la Asamblea Consultiva de COPRED.