Historia de mis dientes

blogeditor · 18 de diciembre de 2020

Ojo por ojo. Diente por diente.

Parecerá título del trabajo de Valeria Luiselli, pero no. En verdad lo que quiero contar muy apresuradamente hoy aquí tiene que ver con la historia de mis propios dientes.

Verán: soy de aquellos a quienes la mala educación dental les llegó desde la infancia. Recuerdo muy bien la costumbre materna de pasarnos al término de la comida un bote con chicles para que al masticarlos se favoreciera nuestra digestión, pero recuerdo muy poco el hábito del cepillado de dientes que debía acompañar —forzosamente, aunque eso no lo aprendería hasta algunos años después— los minutos posteriores a haber lanzado mi motita de plátano al bote. Recuerdo también la campaña de entrenamiento en el cepillado dental que la Secretaría de Educación Pública llevó a cabo con todos los niños de mi edad cuando yo iba en la primaria, pero sobre todo lo que recuerdo es que el flúor con que impregnaron nuestros cepillos tenía un color naranja intenso y sabía mal, pero que muy, muy mal. En suma: que la que no me da espacio de contar aquí fue una serie de malas experiencias, desatinos y sobre todo, irresponsabilidades que con los años lograron construir un desastre de dentadura que me he ocupado en mantener dignamente bien gracias, entre otras cosas, a muy buenos hábitos de limpieza dental actuales, pero sobretodo gracias a una colosal inversión que, cada tanto en mi vida, he tenido que realizar con el fin de reparar como los dioses mandan cualquier pieza estropeada de mi dentadura, lo cual significa un lanal invertido en dientes a través de los años. Ni hablar.

Sin embargo, he aquí que la vida da revanchas —por lo menos eso dicen en las series de televisión— y resulta que hace poco más de un año hallé una empresa que, por una cantidad respetable de dinero dividido en una pequeña cascada de mensualidades, podía asumir, de una buena vez en mi vida, absolutamente todas las reparaciones dentales que hay que hacerme para sentirme, por fin, liberado de la historia de mis dientes.

Pero llegó la pandemia.

Que “Dentimex” (que así se llama la empresa que se comprometió a dejar mi boca parejita, parejita, rechinando de nuevecita) haya suspendido por completo sus servicios desde hace nueve meses me parece natural y hasta comprensible. Que un par de mis reparaciones finales se hayan quedado a medio hacer es tolerable en la medida que algún otro dentista se puede hacer cargo de mis molares. Lo que realmente no se puede comprender es que la empresa siga cobrándose cada mes, con puntualidad tan automática como irritante, una cantidad de mi nómina por concepto de unos servicios que sencillamente no me ha prestado desde hace casi doscientos días y que no haya forma ninguna de localizarlos para pedir que suspendan esa masacre financiera en la que llevo desde marzo, pagando por nada: sé de memoria la grabación con la que te reciben en sus “oficinas”, donde me dicen que “en breve” se comunicarán conmigo y en mi bandeja de salida se acumulan los mails enviados a un fantasma que en el mundo de antes existía, encarnado en la figura de un dentista que estaba cuidando de mis dientes sin robar mi dinero.

Esta mañana leo en el periódico que ya hay un grupo de trescientas personas defraudadas por Dentimex, que se han agrupado presentando una denuncia ante la Profeco por falta total de los servicios convenidos. De más está decir que voy a localizarlas para hacerme parte de su queja. La unión hace la fuerza y yo estoy seguro que esta causa la vamos a pelear con uñas y, naturalmente, dientes.

@elimonpartido