blogeditor · 30 de julio de 2021
Entonces llamé Maternidad a este lugar de lucha,
pues aquí he visto a Dios cara a cara y he salido con vida.
Sheila Heti
Esta historia se puede contar desde muchos lugares y distintos tiempos. Podría empezar a narrarla desde julio de 2017, a partir del ultrasonido que confirmó que estaba embarazada de Nicolás y en el que mi ginecólogo detectó un mioma de menos de dos centímetros en el útero, inofensivo. Podría, por otro lado, tomar como punto de partida 2020, cuando comencé a atravesar el laberinto de la separación que no parecía tener ni luz ni salida y no me permitía darme cuenta siquiera del estado de mi cuerpo. O tal vez podría intentar contarla desde hace dos meses, cuando volví a mirarme al espejo y me reencontré con mi identidad y sexualidad, detonadores de nuevas miradas, especialmente hacia mí misma. Pero lo más pertinente será comenzar desde el miércoles 14 de julio, día que volví a ver a mi ginecólogo para una revisión de rutina que tenía pendiente desde 2019 y en la que descubrimos que aquel mioma inofensivo detectado en 2017 había crecido más de diez centímetros y había que quitarlo.
– “¿Quieres tener más hijos?”.
Se me plantó la pregunta, como concreto, de frente. Encontrar la respuesta en una situación tan específica me hizo entender que, a lo largo de mi vida, la libertad no solo había sido elemental para ejercer la maternidad, mi maternidad, sino que ahora también estaba tomando la decisión de no volver a ser madre a través del mismo privilegio. ¿Se es madre una sola vez, aunque se tengan más hijos? ¿O se es madre la cantidad de veces que una da a luz?
El miércoles, después de la visita al ginecólogo, volví a casa con la idea de la cirugía resonando en mi cabeza con todas sus posibilidades: ¿Y si no se trata de un tumor benigno? ¿Y si más adelante aparece el deseo de tener otro hijo? ¿Y si algo sale mal en el quirófano? ¿Qué pasaría con Nicolás? ¿Será doloroso? ¿Debería de pensar en esto o es mejor ignorarlo? ¿A quién se lo cuento? ¿En función de qué estoy decidiendo?
Lo única respuesta a mi alcance es que no volveré a ser madre y nunca dejaré de ser madre.
Días más tarde, cuando el médico abrió de extremo a extremo la cicatriz que la cesárea había dejado hace poco más de tres años, se dio cuenta de que nunca había sido opción dejar intacto el útero: el tumor era más grande de lo que se podía ver en el ultrasonido.
Hallo un poco de entusiasmo en esto. Por una parte, me alegra haber llegado al quirófano convencida de mi decisión y de lo que representa la maternidad; y, por otra, saber que conté con el cuerpo completo el tiempo suficiente para haber tenido a Nicolás. Esta histerectomía no fue una lucha contra mi cuerpo, sino la conciliación absoluta conmigo misma.
Me despido de todas las posibilidades y de ciertos futuros imaginados que solo hacían sentido en escenarios fantasiosos que no tienen que ver conmigo y que mi cuerpo ahora se ha encargado de acotarlos a mi deseo actual, sólido, fundamentado. Mi cuerpo y mis decisiones se encuentran, de frente, como la pregunta que se me plantó el miércoles 14 de julio. Y responden: fui madre cuando quise, las veces que lo elegí.
Pienso en la frase de Louis Madeira: “Adoro la ambivalencia poética de una cicatriz, que tiene dos mensajes: Aquí dolió, aquí sano”. Aquí, en mi vientre, tengo una doble historia, un doble nacimiento: el de Nicolás y el mío.
Una de las primeras reflexiones que tuve cuando parí es que la maternidad te convierte también en tu propia madre, pero no sabía que a través de una metáfora tan dolorosa como precisa, tres años más tarde, me habría de parir el día que me quitaron la matriz.