De símbolo a plaga: la hipocresía especista detrás de la matanza de koalas

Redacción Animal Político · 8 de octubre de 2025

De símbolo a plaga: la hipocresía especista detrás de la matanza de koalas

La reciente noticia sobre el sacrificio aéreo de cientos de koalas en Victoria, Australia, bajo el argumento de controlar una “sobrepoblación” que amenazaba su supervivencia y el equilibrio ecológico, no es sólo un episodio trágico para la biodiversidad, es un espejo que refleja las contradicciones éticas de nuestra relación con los animales no humanos, así como la persistencia de un paradigma especista en la gestión ambiental. Desde una postura ética y política antiespecista, este evento no puede analizarse como un mero “mal necesario”, sino como una manifestación de la violencia institucionalizada contra los animales, arraigada en una visión antropocéntrica que normaliza su exterminio cuando conviene a intereses humanos o a narrativas ecológicas simplistas.

El antiespecismo, como marco ético, rechaza jerarquizar moralmente a los seres vivos en función de su especie. Plantea que el valor inherente de un individuo no depende de su utilidad para los humanos ni de su rol en un ecosistema, sino de su capacidad para experimentar sufrimiento y placer. Bajo esta premisa, la decisión de disparar desde helicópteros a koalas —animales emblemáticos, pero reducidos a “problemas demográficos”— evidencia una doble vara moral: mientras la muerte masiva por inanición se percibe como un desastre “natural”, la matanza activa se justifica como solución técnica. Ambas son formas de violencia, pero sólo una se cuestiona, y sólo cuando interpela nuestra sensibilidad.

Aquí emerge la paradoja del intervencionismo. Catia Faria, filósofa portuguesa referente en ética animal, argumenta que los humanos tenemos la obligación moral de intervenir en la naturaleza para aliviar el sufrimiento de los animales silvestres, independientemente de su origen. Su enfoque, alineado con el utilitarismo negativo, prioriza reducir el dolor antes que preservar equilibrios ecológicos abstractos. Sin embargo, esta postura no avala cualquier intervención. Faria insiste en que las acciones deben basarse en evidencia rigurosa, minimizar daños y evitar el especismo. ¿Cumple el sacrificio de koalas estos criterios? La respuesta es un no rotundo.

El gobierno de Victoria defendió la medida alegando que los koalas, al superar la capacidad de carga de su hábitat, enfrentaban una muerte lenta por hambre. Pero reducir la discusión a un dilema entre “matar rápidamente” o “dejar sufrir” es una falsa dicotomía.

Primero, porque parte de un diagnóstico simplista: la “sobrepoblación” no es un fenómeno neutral, sino consecuencia de la fragmentación de bosques por la tala, los incendios catastróficos —agravados por el cambio climático— y la ausencia de corredores biológicos. Los koalas no invadieron un espacio virgen; fueron arrinconados en territorios insuficientes por la expansión humana. Culparlos de su propia crisis es una forma de victimización.

Segundo, porque la elección del método —disparos desde el aire— revela una priorización de la eficiencia logística sobre el sufrimiento. Aunque se asegure que las muertes fueron “instantáneas”, es ingenuo ignorar el estrés provocado por el ruido de helicópteros, la persecución y el impacto en grupos sociales de koalas, animales con vínculos comunitarios. Además, ¿qué sociedad aceptaría que, frente a una hambruna humana, se optara por fusilar a una parte de la población desde aviones? La hipótesis es aberrante, pero ilustra el doble estándar: cuando se trata de animales no humanos, la violencia se normaliza como herramienta de gestión.

Este episodio evidencia la incoherencia de un intervencionismo selectivo. Por un lado, las instituciones se apresuran a actuar cuando los animales “estorban”, pero ignoran su sufrimiento cotidiano: enfermedades, parasitosis, sequías o la crueldad intrínseca de la depredación. El sufrimiento en la naturaleza es omnipresente, y la ética antiespecista exige repensar nuestra indiferencia hacia él. Sin embargo, la mayoría de las intervenciones existentes —como esta caza— no buscan aliviar el dolor, sino servir a intereses humanos disfrazados de “bienestar ecológico”.

La alternativa no es el laissez-faire. Desde el antiespecismo, se propone un intervencionismo radicalmente distinto: no violento, preventivo y centrado en los individuos. En el caso de los koalas, esto implicaría restauración activa de hábitats, creación de corredores seguros, programas de alimentación suplementaria controlados y, sobre todo, esterilizaciones masivas no invasivas. Sí, estas medidas son costosas y complejas, pero su rechazo expresa otra forma de especismo: la comodidad humana vale más que la vida de miles de animales.

Rechazar toda intervención por respeto a la autonomía de la naturaleza es una falacia. Los ecosistemas actuales ya están profundamente alterados por el humano; la no intervención no es neutral, sino un acto de negligencia. Pero esto no justifica recurrir a prácticas cruentas. Al contrario, exige desarrollar tecnologías éticas
—inmunocontracepción, drones para monitoreo sanitario, reintroducción de depredadores de forma controlada— que minimicen el daño. Victoria podría haber invertido en estas soluciones años atrás, cuando las alertas sobre el crecimiento poblacional de koalas comenzaron. Optó por la inacción hasta que la urgencia legitimó la opción más barbárica.

Detrás de esto hay una visión instrumental de los animales silvestres: se les protege sólo cuando son símbolos —como el koala, ícono turístico—, se les extermina cuando son “plagas” y se les abandona cuando su sufrimiento no es mediático. Esta lógica es incompatible con los Estudios Críticos Animales, que cuestionan las estructuras de poder que despojan a los animales de su valor intrínseco. La matanza de koalas no es un error puntual, sino un síntoma de un sistema que ve la naturaleza como un recurso a gestionar, nunca como una comunidad de individuos con derechos.

Hacia adelante, el desafío es doble. Primero, desmontar el mito de que la conservación puede separarse de la ética antiespecista. Proteger especies no basta si ignoramos el sufrimiento de sus individuos. Segundo, democratizar la discusión sobre el intervencionismo. Hoy, decisiones como la de Victoria son tomadas por burócratas y técnicos bajo criterios especistas. Urgen mecanismos de participación que incluyan a científicos de ética animal, organizaciones de defensa animal y, en la medida posible, evaluaciones transparentes de alternativas no letales.

La tragedia de los koalas nos confronta con una pregunta incómoda: ¿qué futuro queremos construir con los demás animales? Uno donde su vida dependa de su utilidad o de nuestra conveniencia, o uno donde se reconozca su derecho a existir sin sufrimiento evitable. La elección no es técnica, sino profundamente política. Y en ella, el antiespecismo no es una postura radical, sino el mínimo ético para dejar de ser cómplices de masacres como ésta.

* Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de Espacio social, cocoordinador del Seminario Permanente de Estudios Críticos Animales de la UNAM, y profesor de Geografía y Ética y Temas Selectos de Biogeografía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.