Redacción Animal Político · 23 de agosto de 2023
A ti, mamá, te obligaron a querer lo que les faltaba a los demás; a pensar que los lujos y las cosas encerraban el secreto fantástico de la felicidad, la libertad y la absolución de tu propia madre. Quisiste hacer tu vida lejos de los que te vieron crecer, pero dejaste pedacitos de pan sobre la tierra como no queriendo, por miedo a no poder emprender un regreso a casa, si tu intuición estaba en lo cierto. Obviamente se los comieron los seres de este bosque oscuro lleno de trampas que es el laberinto magnético hecho de oro, lleno también de promesas que en algún lugar sabías que no se iban a cumplir jamás, porque tú el amor no lo conocías ni de pasada. El amor de tus papás, Coca y Pepe, y las decepciones de su mal vivir y mal pensar, el juicio de todos los adultos que creías que sabían. Adultos sí, sabios no, infelices todos, si acaso iracundos y aburridos hasta la médula, eso sí.
Yo soy el jugo vital aperlado dentro de aquella jeringa de vidrio, que tendrá que llegar nadando a través de un océano de errores si es que quiero nacer. Y lo logro, soy la primera, la más fuerte -como el resto de la humanidad- porque los débiles no nacen o los matan antes de nacer, para que no reclamen nunca un lugar en una vida que ya está atascada de seres y en la que ya no cabe ni uno más. Soy esa humana que nace del miedo y la incompetencia, dormida hecha bola en un vientre con huecos y llena de un líquido amniótico sin oxígeno. Un vientre con agujeros por donde me puedo colar en cualquier momento, dejándome llevar por el eco de una voz o dos y de un amor desnutrido. Soy una bebé sin identidad, enquistada con fuerza en cualquier órgano, porque quiero nacer.
Soy una bebé devorada apenas, que indigesta las entrañas de su propia madre. Porque -ojalá lo sepas, mamita- a ti te violaron y tu caso no se puede ni comprender porque no hay otro igual en el mundo entero; porque ESO estaba permitido después de una elegantísima boda llena de gente contenta. Porque les diste lo que todos querían; te vio-la-ron y tu caso no está documentado porque entonces la Constitución ni sabía que existían cosas tan raras. Yo: en sus marcas, listos, fuera, en una jeringa que te penetra de la mano de tu nuevo amo y mecenas -por obligación- y como la obligación es muda y obediente, no puede apreciar el alumbramiento de la soledad y el abandono en el que te arrancaron la inocencia y la ilusión de tenerme en tus brazos para comerme a besos, para ahogarme con lágrimas de felicidad como yo ahogué a mis críos, el día que cada uno nació.
Ahora sé que los abrazos los mendigo porque no los recibí nunca. Ni un roce; los besos de “hola” muá, muá al aire. Conversaciones seguras sin una sola espina. Sin UNA sola controversia o el tan trillado –yo ya me voy. El roce entre nosotras siempre presente en la desconfianza de que yo rompiera el encanto de la mentira y la fantasía; el contacto físico siempre así: imposible de llegar.
Has de saber, madre, que mis hijos me los niegan por la necesidad con la que los pido (los abrazos). Los asusto; les muestro la forma, pero no los quieren. Siempre fracaso. Sólo B me los dio a montones. Sólo M me necesitaba más que nadie en el mundo desde que nació. No tuviste dicha al encarnarme y por primera vez no te culpo, porque -aunque vacía- me diste más de lo que yo a mis hijos, dándome muchísimo menos.
Aquí sigo aferrada a vivir, a hacer, a estar, a abrazar, a dar, a querer, a tener ganas y a querer correr bien lejos para que nunca más nadie me haga sufrir tanto. Soy campeona mundial de cargar pesos muertos de gente que no supo explicarme qué tenía de lindo que yo estuviera en este planeta.
Niña mala. Escribir me alborota los diablos, pero también los escupe. Cada día hay menos. Ahora recito cosas bonitas como un puto libro de autoayuda para auto-convencerme de que todo pasa por algo y todo es perfecto.
Yo soy huérfana de nacimiento. Nací huérfana y nací de la inmundicia, de la vergüenza… Entre ustedes no había amor. Jamás vi una caricia, pero tampoco pleitos en público; todas las batallas en silencio y en privado. porque la educación es lo más importante mijita…
Me pariste huérfana, pero con mil postits pegados en el ADN. Un millón de etiquetas. Todo lo que ninguno de los dos pudo ser me lo dejaron de encargo. De tarea como lista del súper.
Me volví rica de tanta pérdida; desde muy pequeña siempre se me perdía todo, hasta la gente que más me quiere se me sigue perdiendo, porque por más que les guste tanto lo que hay aquí adentro, siempre hay algo que les emputa, los frustra o los espanta. Por eso soy campeona mundial sin medallas, pues corro como gacela los cien metros planos a la salida de cualquier lugar, situación o persona cercana, que me pueda llegar a lastimar.
Jamás me alejo más de esos cien metros de la salida de emergencia, madre. La mayor parte de mi vida he estado desastrosamente rota (pero no se nota porque me enseñaste a ser bonita y muy amable). El arte de la fuga. A mí tampoco me gustan las conversaciones incómodas y si me obligan, lloro, y lloro bien fuerte, para que nadie puede escuchar nada. Sobre todo yo, porque me rompo.
Tengo esa enfermedad de los huesos de cristal, pero en el espíritu; todos creen que soy bien fuerte, que me gusta incomodar o increpar y se equivocan, solamente quiero libertad para elegir, para viajar, para cuestionar y para tratar de entender qué chingados hago aquí. Como dice María Negroni, (…) tuve que rendirme a lo inaudito, a lo que llega porque sí, callado y sabio como alimento cuyas propiedades ignoran.
¿Ni una canción de cuna, madre, ni arroparme por las noches ni un angelito de mi guarda de mi dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día? ¿A ti también te aventaban hacia la oscuridad de tus pensamientos adentro de tus sábanas antes de dormir, madre?
Me hubiera fascinado ser tu mamá y abrazarte de oso todos los días y decirte puras cosas bonitas y llevarte de viaje a todos lados y quitarme mis cosas favoritas que me cuelgo y regalártelas todas y pagarte una universidad mamona en Estados Unidos para que te sintieras amada, inteligente e indispensable en mi vida; darte de besos y comprarte libros; leértelos por las noches como yo se los leí a los míos. Verte en los teatros bailar sevillanas, “Marimar”.
MARIMAR.
Así te bautizaste, María Martha Sofía, cuando pisaste la madre patria por primera vez a tus 15 primaveras, con tu ingenuidad a flor de piel, tu infinita belleza, cuando todavía eras dulce y tenías tantas ilusiones.
Ay, las jarras llenas de mierda que la vida te tenía preparadas, labradas con mil adornos, hechas de plata de ley manufactura de catálogo de TANE; de ahí tu amargura, la cizaña, las insidias, tus mentiras y victimizaciones. Me volviste Sherlock, mi querida Watson. Nomás no me estuve quieta hasta que investigué todo, todo, TODOS los secretos que guardaban las dos familias.
Aguanté tus palizas, tus críticas, tus juicios, tu envidia, tu destreza social para parecer buena y todas tus quejas hasta que cumplí 12 años. Esa fue la segunda vez que me fui de ti, madre; la primera fue a los siete años: –esta es mi casa y si no te gusta te largas, porque en mi casa mando yo (!!!) — no se me había ocurrido. *Sonrisa*.
Me escondí para asustar a Lala, mi nana, para que te llamara y llegaras a la casa con susto a abrazarme -llorando de la felicidad- de haberme encontrado, madre. Cuando alcancé a escuchar el tono y los gritos, el miedo de Lala, dije –pues no me gusta y mejor sí me voy—. Me salí con tus chanclas italianas y la mañanita que te tejió mi abuela para tus embarazos y que no me prestabas, con las piernas adoloridas de la paliza que me habías acomodado el día anterior. Dice María Negroni —¿es cierto que pájaro roto canta mejor?—.
Yo no canto, pero escribo. Los libros son la estela donde vibra por momentos aquello que no podré tener, pero te tuve a ti, madre, y aunque me pierda, siempre me encuentro, porque quién sabe qué día viste que si te morías yo no iba a poder ni llorar o pensaste que yo me iría primero y entonces me quisiste como nunca y como nadie. Me escribías mails. Descubriste la tecnología y me mandabas cursilerías que ahora releo con ganas, compasiva y amorosa. Con millones de sonrisas veo tus fotos, tan escandalosamente bella sin tocarte la cara nunca. Con la valentía de tu nariz tan larga y con esa elegancia de niña bien y ese maquillaje magistral que tuve que replicar cuando te moriste, a la mitad de nuestro nuevo amor, de nuestra nueva vida. Porque la vida sí te da chance, te manda un cáncer de mama y otras torturas y cuando aprendes a ser mamá y cómplice, te pide que te largues y te despidas.
Leer a María Negroni me partió en dos. Pero. En lugar de correr, me fui a tus brazos, madre; te comprendo más que nunca, aunque jamás voy a entender del todo por qué te esforzaste más en el qué dirán, que en tu propio amor. No te preocupes yo lo hago hoy por las dos; yo me curo sola y me levanto sola también. Así fue como fue y es como es.
Las madres son peligrosas, Marimar.