blogeditor · 4 de diciembre de 2020
La salud es la justa medida entre el calor y el frío.
Aristóteles
Dióxido de carbono es la manera elegante de designarlo. Esa elegancia implica que, tal como su nombre lo indica, el dióxido de carbono se encuentra compuesto por dos átomos de oxígeno y un átomo de carbono. Su presencia en el globo resulta fundamentalísima para la vida y es uno de los gases presentes en la atmósfera a muy baja concentración desde hace millones y millones de años. Tiene una particularidad este gas que es el dióxido de carbono: cuando pasa a estado sólido se convierte en una de las materias más frías del planeta (su masa puede mantenerse a unos -70ºC) y entonces recibe un nombre algo más popular y, si se quiere, hasta misterioso: hielo seco.
Empleado lo mismo en los carritos de helados que cruzan los parques y suelen traer pintados a los costados ya sea a uno de los tres cerditos o a un Mickey Mouse que disfruta tremendo barquillo —siempre más grande que él— y también muy usado en la industria del espectáculo y los conciertos masivos (Ozzy Osbourne y Alice Cooper no serían lo mismo sin él), el hielo seco se fabrica con discreción en algunos cuantos puntos del planeta. Empresas como la belga “Cryonomic” son líderes en el continente europeo por, entre otras cosas, ser de las pocas que se dedica a la fabricación de las máquinas idóneas para producir hielo seco.
A lo largo de la pandemia que ha marcado para siempre el transcurso de este inolvidable 2020, sucesivos ramos de distintas industrias han desfilado frente a los reflectores de la emergencia: fabricantes de cubrebocas, caretas, guantes plásticos y, por supuesto, alcohol en gel, han vivido una crisis inicial de sobredemanda de sus productos y, posteriormente, un repunte en sus ventas motivado por la clara urgencia con que la humanidad ha ido reclamando sus artículos conforme los meses de la pandemia van pasando. Toca el turno al hielo seco que, como sabemos, es indispensable (aquí será bueno subrayar el término, para conferirle mayor emoción: in-dis-pen-sa-ble) para mantener en óptimas condiciones la(s) vacuna(s) que, poco a poquísimo, comenzará(n) a distribuirse a partir de este mes alrededor del planeta. Que los países desarrollados sean, por lo que ya se ve, los únicos señalados para recibir con prontitud amplias cantidades del remedio contra la cifra más bien estrecha de vacunas a la que vamos a acceder nosotros los pobres —entiéndase, el Tercer Mundo—, es solo una sutil confirmación que habla de lo mucho que los seres humanos solemos ponernos gruesos a la hora de la rebatinga (palabra sugerente que empleaban las abuelitas para designar el momento en el que todo mundo olvida las formas y se lanza como desquiciado a pelear por un bien codiciado), pero el hecho es que, a partir de ya, la demanda de hielo seco en el planeta va a incrementarse exponencialmente. Vendedores de helado en carrito del mundo, tomen sus precauciones: ahí viene la escasez.
Por lo pronto, Cryonomic, según un amplio reportaje dedicado al caso y expuesto a través de la cadena Euronews ante los ojos de quien quiera preocuparse desde ahorita, se declara nerviosa: los pedidos que súbitamente comienzan a llegarle de todo el continente empiezan a rebasar por mucho su nivel de demanda habitual. En palabras de Christophe Cuigniez, director comercial de la empresa, citado aquí textualmente: “tenemos mucho trabajo y muchas peticiones de diferentes países. La demanda incluso se ha multiplicado por 4 o 5, porque en algunos países no hay hielo seco disponible todavía”.
El mundo mira con ansiedad hacia una vacuna que dentro de cada frasquito lleva el resultado de una proeza científica que, para seguir siéndolo, requiere mantenerse en todo momento bajo cero. También mira hacia una tecnología que, a partir de ya, necesita producir en cantidades industriales el hielo seco indispensable para garantizar la salud de millones y millones de seres humanos.
Ya se ve que el que viene será un invierno más frío de lo habitual: temporada de sistemas nerviosos trabajando a bajas, muy bajas temperaturas.