blogeditor · 9 de septiembre de 2013
Pienso en el Experimento de la Cárcel de Stanford de 1971, encabezado por el sicólogo social Philip Zimbardo, donde participaron estudiantes de esa universidad que replicaron las condiciones de una prisión, divididos entre carceleros y presos. El resultado, después de seis días y la súbita interrupción del proyecto: la misma deshumanización (guardando las proporciones, pero como parte de un continuum), que atestiguamos con el abuso en Abu Ghraib en Irak y otros presidios, décadas después, por parte de elementos de la guardia nacional actuando bajo órdenes de mandos superiores que exigían que ‘se quitaran los guantes’ en el trato hacia los reclusos.
Aquí una plática y reflexión de Zimbardo sobre el Bien y el Mal: en su concepto, el Yin y el Yang de la condición humana, con ejemplos para trascender este último, entendiendo que para que no haya ‘manzanas podridas’ es menester corregir el sistema y el entorno (o ‘barril’) que las produce. La mejor forma de combatir el Efecto Lucifer, como él lo define, es mediante el entendimiento; una propedéutica y pedagogía ciudadanas.
Diez años antes, el Experimento de Obediencia del maestro norteamericano Stanley Milgram (1933-84) había establecido claramente el enorme grado al que personas comunes y corrientes acatarían órdenes de la autoridad, a pesar de que éstas presuntamente inflingían daños físicos de consideración a los sujetos del mismo, que fingían dolor y suplicaban se detuviera la aplicación de descargas eléctricas aplicadas por las y los voluntarios bajo la mirada de sus supervisores.
Para el académico emérito y autor Zimbardo –explicación algo esquemática, pero cierta- ante situaciones extremas de estrés devenimos espectadores pasivos de nuestra circunstancia, o monstruos o héroes. Así pasó con Esteban Cervantes Barrera, héroe del Metro Balderas fallecido por las balas un 18 de septiembre hace cuatro años. O en el caso de otro Buen Samaritano, Wesley Autrey, afroamericano que en el Metro de Nueva York el miércoles 3 de enero de 2007 salvó la vida de un desconocido arriesgando la propia. Autrey, trabajador de la construcción como Barrera y veterano de la Guerra de Vietnam, se arrojó a las vías del tren que estaba a punto de pasar por la estación pues segundos antes había caído tras sufrir una crisis epiléptica Cameron Hollopeter, de 20 años, estudiante del New York Film Academy en esa ciudad.

Lo que hizo Autrey en esos segundos angustiosos, fue cerciorarse que Hollopeter -de tez blanca, por cierto- cupiera entre los dos rieles, cubriéndolo con su cuerpo. Minutos antes esperaba al subway con sus dos hijas pequeñas, cuando notó que Hollopeter había sufrido un ataque de epilepsia. Le colocó una pluma entre los labios para que no se tragara la lengua. Lejos de recuperarse, el muchacho se desplomó sin proponérselo a la zona donde ya se escuchaba el inminente arribo del tren. Encomendó entonces a sus pequeñas a una persona que se encontraba en la plataforma, y saltó para rescatar al joven. Algunos vagones pasaron encima de las dos formas inmóviles antes de que el conductor pudiese hacer alto total. Autrey gritó que estaban los dos bien. Habían sobrevivido. Ambos salieron del trance, venturosamente, ilesos.

Sin necesidad de ir a esos extremos, debemos pensar en nuestros semejantes de la misma manera. Ir más allá del kitscliché. Dejar de gobernarnos por métricas perniciosas. Un slim como unidad básica y elemental del agandalle (‘a precio de remate se vendió ese activo del gobierno, a razón de fracciones de slim’), o el molinar del cinismo mojigato (‘¿de a cuántos demimolinares calculas que vale el discurso de ese funcionario político?’). O bien ebrards de oportunismo. O quintales-bours de insensibilidad…
Tenemos que remontar la desazón generalizada y el valemadrismo que hoy en día nos coloca en la encrucijada existencial colectiva que nos definirá como nación. Es tarea pendiente y necesaria. Algo que rebase la Ataraxia de los epicúreos, o los estoicos.
Significa cuando ésta se consume, constatar que en México la marca de los productos y servicios no es lo primero. Que no somos un país que sólo privilegia el egoísmo y el escaparate. Que aunque tarde, habremos recuperado la conciencia social.
También en Nueva York, Carlos Cancel, de origen puertorriqueño y portero de un edificio residencial de Manhattan, ha rescatado dos veces ya a diferentes usuarios del Metro que cayeron en las vías.

Otro Carlos, de apellido Flores, hizo lo mismo por su cuenta y riesgo el domingo 28 de noviembre de 2010 http://aol.it/168QU7C. Conducta virtuosa que se multiplica en condiciones similares.

Son ciudadanos ordinarios inmersos en circunstancias fuera de lo común, que vuelven a sus vidas normales como si nada hubiese pasado. Conclusión inevitable: la proeza de Wesley Autrey no tiene por qué ser algo aislado.
El sistemático cercenón en todos los órdenes a la esperanza, tiene un remedio. Se llama solidaridad bien entendida y aplicada (no el esperpento salinista que sólo sirvió para perpetuar su figura hasta 1994, y desacreditar el término una larga temporada). Empatía para con los otros. Una más fuerte que el monótono soliloquio –y sus pausas comerciales de rigor- que mantenemos con nosotros mismos.
Nos planteamos lo que quizá constituya una falsa dicotomía. La de siempre: subitismo o gradualismo. El Eterno Retorno bajo la triste especie o categoría mexicana de la Perpetuidad Priísta, o el momento de quiebre: la Redención. 70 años durante el siglo pasado; un sexenio de cogobierno con sus émulos y satélites, que apenas cumplirá su primer aniversario en diciembre próximo. O el pacífico borrón y cuenta nueva, pospuesto indefinidamente, del que el cambio de gobierno en 2000 fue un ensayo.
Nunca es tarde para plantar cara a los grandes constructores de sistemas impermeables a la lógica y el sentido común. Son tiempos revueltos y difíciles. Hace casi un cuarto de siglo marchas multitudinarias de la CNTE hicieron posible el encumbramiento de Elba Esther Gordillo al frente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Gracias, entre otras luminarias políticas, al entonces regente capitalino y presidenciable Manuel Camacho Solís (PRI), junto con su escudero Marcelo Ebrard, que le allanaron el camino hasta la cúspide. Quiera el destino que no suceda lo mismo en la actual oportunidad.
Contra estos epítomes de la degradación política entreverada con la empresarial, insisto en recordar de nueva cuenta esta otra historia, a nueve días de que se cumplan cuatro años de su muerte. La de Esteban Cervantes: héroe de los tiempos que pasan, y que nos engrandece a tod@s con su desprendimiento y sacrificio.