Redacción Animal Político · 24 de enero de 2025
Durante la madrugada muevo mis piernas para corroborar que el peso que solía estar sobre mí ya no está. La ligereza de las cobijas me recuerda su partida e inmediatamente siento cómo se me pulveriza el corazón. No quiero despertar, pero tampoco puedo volver a dormir. Siento un hueco profundo en el pecho por pensar que el resto de mi vida tendrá que ser sin ella.
“Así es la vida”, me digo mientras me ruedan las lágrimas por las mejillas y respiro profundo para no convertirme en Magdalena y despertar a mi hijo que no hace intento alguno por corroborar nada, es mucho más sabio que yo y duerme profundo.
Suena la alarma de mi teléfono a las seis treinta de la mañana. Cada día, a las seis en punto, Pic se trepaba sobre mí y me rascaba el brazo para exigir que le abriera la terraza. Ella misma decidió que sería mi despertador por los siguientes años. No paró ni un solo día. Ojalá me hubiese despertado ella y no esta ansiedad llena de dolor y de angustia. No logro concebir que murió.
Paso rápido la mirada por sus rincones favoritos como queriendo no ver, pero mi cerebro me juega chueco y alcanzo a ver su blancura. Por un mínimo instante veo una bola de pelos enroscada, hasta que desaparece. La busco en cada uno de los pelos que siguen flotando por la casa. “Cada pelo es un deseo”, le digo a mi hijo para darle algún sentido a su ausencia. Nicolás sopla: “Deseo que venga un poco del alma de Macu (como también le decimos) en nuestro siguiente gato”. Sonreímos. Compartimos nuestra tristeza. Se divide. Una vez más, Nicolás me enseña a enfrentar la circunstancia de una manera desconocida para mí, en la que no siente que pierde algo de él, a diferencia mía, que siento que me amputaron una parte del cuerpo.
Quiero llamarla, mirarla y abrazarla hasta que me quite bruscamente de un manotazo. “¿Por qué tan pronto?”, pregunto cada tanto, reprochándole a la nada. Cumplió su misión, me digo, consciente del autoengaño.
Tuve su compañía en épocas de soledad y dolor crónico. Fue muy específica con los momentos que elegía para darme su cariño, como si tuviera claro cuándo hacerlo y por qué. Nunca de más, nunca de menos. Su tino fue preciso, perfecto, curativo.
Fue una compañera para cada miembro de mi familia. Para mi madre, su amiga. Para mi hijo, su par. Para mí, una fortaleza de alegría. Perderla se parece mucho a una pesadilla. Siento cómo ronronea, sobre mí, aunque no esté. No voy a superar jamás su cuerpito blanco desvanecido sobre mis manos, cediendo ante esa última inyección que acabaría con su sufrimiento. Me aferro a la idea de pensar que evitar su dolor es el mayor acto de amor que pudimos hacer por ella.
Siento de nuevo el hueco en el pecho. Estoy cansada de llorar y estoy temerosa de este nuevo mundo en el que ella no está.
Me sostengo para sostener a mi hijo. Es la primera pérdida de un ser querido que vivimos juntos. Entre toda esta tragedia, he podido observar su valentía, su nulo drama. Por mi parte, cada vez que se me ha muerto alguien que amo, mi mundo ha colapsado, se ha desintegrado. Cada pérdida se remonta a la anterior y a la anterior, como mole madre, hasta llegar a la pérdida original: se acumulan, viven en mí. Soy mis pérdidas.
Estoy segura de que lo único peor que sentir este dolor sería no haberla conocido y no haberme conocido a través de sus pupilas felinas, encantadoras, siempre alertas. Pic, con esa dosis exagerada de belleza e independencia, me enseñó que la dignidad es un invento de los gatos.
Deseo que esté en el mejor lugar posible. Esta familia se siente incompleta sin ella. Pero, qué se le va a hacer, salvo permitir que el tiempo haga lo suyo y honrarla a través de pequeños rituales que solo tienen sentido para nosotros.
Está incomprensión que siento, acompañada de pensamientos racionales que no sirven para nada, me recuerda que a esta vida se viene a perder todo lo que se ama. El único consuelo que me queda es la capacidad que tengo de amar profundo y fuerte, como amé a Pic.
No me queda más que estar agradecida por haber tenido el privilegio de que se sumara a este hogar e incluso que nos ayudara a construirlo. Mientras tanto, seguiré corroborando a través de las cobijas, cada madrugada, si su peso está sobre mí. Hasta que un día asuma su ausencia.
Descanse en paz mi amiga incondicional y mi mejor compañera. Aquí estaremos soplando cada pelito blanco que encontremos para desear que un poquito de ti nos acompañe siempre.
