blogeditor · 2 de julio de 2021
“Levanten la mano todos aquellos que se han enamorado de alguien imposible. Les queremos recomendar que si no los pelan luchen por favor, luchen por ese amor, al fin que jamás los van a pelar“.
Francisco Barrios, Mastuerzo.
He escrito esto en este mismo espacio en ya no sé cuántas ocasiones, pero hoy (me) conviene recordarlo: cuando en el año 2018 publiqué “Historias Verdes”, mi libro de conversaciones relacionadas con la mariguana y su legalización, la idea era hacerme parte de una coyuntura que en aquel entonces pintaba favorable, pues yo era de quienes pensaba que a la llegada del nuevo gobierno el cannabis sería legalizado casi inmediatamente y ello traería al país —junto con algunos otros puntos de agenda social— una nueva era de percepción relacionada con las sustancias y con el derecho de cada quien a ponerse como quiera y consumir lo que quiera muy sano y emancipador. Eso era lo que pensaba yo.
Hoy, tres años después, cuando el dictamen de regulación de la mariguana en su vertiente recreativa y medicinal ha sido rebotado incesantemente tanto por senadores como diputados y finalmente la Suprema Corte ha tenido que emitir la declaratoria de inconstitucionalidad de los artículos que prohíben el uso, cultivo y distribución de la planta en nuestro país (cosa que en los hechos, finalmente legaliza la mariguana en México) me encuentro en condiciones de afirmar que somos un país chistosísimo en el que temas como este pueden tomarse años y años y finalmente no quedar en nada contundentemente nítido.
Así, en seco, claro que la mariguana ya es legal en nuestro país, pero quedan muchas lagunas pendientes de resolución precisa: ¿puedo pasear por la calle llevando conmigo más de los tristes cinco gramos de mota que la ley me permite —con todos sus asegunes— el día de hoy? No. ¿Puedo cultivar en casa el número de plantas de mariguana que se me hinche la gana, tal como podría hacerlo, por ejemplo, un gustoso del tabaco que de buenas a primeras quiera lucir en su sala la magnificencia de la Nicotiana tabacum? No. ¿Fumar en espacios públicos, naturalmente siempre alejado de menores de edad? No.
No puedo hacer prácticamente nada con la mariguana legal, salvo decir, como millones de consumidores mexicanos, que me gusta. Tan, tan.
En suma: ya es legal, pero para legalizarla en nuestras vidas hay que ir por nuestro permiso a COFEPRIS, a ver a qué hora nos toca. Somos un país chistosísimo. Sin embargo, como lo refería Zara Snapp —articulada activista del país, quien publicó su “Diccionario de Drogas” en 2015— durante la entrevista que me concedió para Ibero909FM, la resolución de la Suprema Corte, con todo y todo, manifiesta un avance práctico y un hito genuinamente histórico en el país si es que de atender de una vez por todas los asuntos de la legalización se trata. El camino sigue siendo sinuoso y se encuentra sembrado de piedritas, pero se avanza hacia un objetivo concreto.
Mientras tanto, cada vez son más los negocios cannábicos instalados en la clandestinidad que en este mismo segundo están distribuyendo productos de todo tipo para su cada vez más numerosa clientela y son más y más los colectivos de productores que están sembrándola en todos lados y de todas las formas posibles para consumirla, distribuirla, venderla…
En lo tocante a la mariguana, caray: qué rápido avanza esa carreta que hace tiempo dejó atrás sus caballos.