Hasta la última gota

blogeditor · 3 de diciembre de 2021

Hasta la última gota

Mañana cumplo 36 años. Me hubiese gustado llegar un poco más optimista —o menos agotada—, pero este año puso a prueba cada parte de mí, de adentro hacia afuera y de arriba a abajo. Yo misma he tenido que exprimirme hasta la última gota de entusiasmo para resistir. Decía mi abuela que mal de muchos, consuelo de pendejos; pero, el dolor, a diferencia de las alegrías que cuando se comparten se multiplican, se queda estático cuando es colectivo: nos permite contemplarle para que aprendamos de él.

No conozco a una sola persona que no llegue así al final de este año. No es que mi consuelo sea el mal de tantos, pero la empatía de saber al otro en una situación similar a la mía lo hace menos pesado. Hay dolor por todos lados, pero también hay un profundo vínculo con la vida que compartimos. Queremos vivir y exprimir hasta la última gota de entusiasmo. El dolor es una sensación solitaria que paradójicamente en este momento nos une. Abrazar el dolor propio con el ajeno es algo nuevo, por lo menos para mí. Llego a mis 36 años aprendiendo del dolor.

Este 2021 tuve tres procesos terapéuticos distintos que, si no fuera por ellos, tendría menos claridad de la que tengo. No es que tenga mucha, pero ya no siento que camino a ciegas, como hasta hace poco. Hace un año, en mi cumpleaños, lloré todo el día. Tenía dos semanas de haberme separado, me sentía devastada. Mi familia, como la había construido durante los últimos cinco años, no existía más. Había oscuridad.

Una separación de pareja, cuando hay hijos de por medio, implica construir un nuevo universo en el que quepamos los mismos habitantes, pero de otra forma: unidos sin estar juntos. Las separaciones implican un reacomodo de la vida, se trata de jugar Tetris con nuestras emociones hasta que se vayan desapareciendo unas a otras. La empatía desaparece al enojo, por ejemplo. Aunque la tristeza desaparece todo y hay que volver a empezar.

Mientras una relación de pareja refleja nuestra relación con el mundo, una separación habla de la relación que tenemos con nosotros mismos. No ha sido fácil enfrentarme ante la parte más cruel e incisiva de mí. Sin embargo, después del trayecto recorrido, hoy hay una luz que ilumina mi casa y las calles. A veces titila y, cuando tengo suerte, me alumbra el camino.

Llego agotada a mis 36 años y también llego satisfecha. Primero, por la resistencia que en gran medida se forja con la maternidad. Ser madre es una constante promesa, quizá la única cumplida. Es el vínculo más estrecho que tengo con la vida. Con Nicolás he aprendido a mantenerme de pie a pesar de querer darme por vencida. Ser madre es aprender a multiplicarse: desde las pérdidas hasta las ganancias. Ser madre es agotarse sin acabarse.

Para cerrar las cuentas y abrirle paso a otro ciclo, creo que estoy satisfecha con el tamaño de mi voluntad. De todo lo vivido este año, rescato ante mí tener como principio no acomodarme en los sitios en los que no me siento contenida. Nunca imaginé que entre más años cumplo, más se afianza mi necesidad de estar cerca de las personas que amo, aunque eso implique construir nuevos universos. Ya no me hace sentido la soledad.

Lo único que tengo claro es que ni mi entusiasmo por la vida está ligado —solo— a la alegría, ni la alegría que yo sea capaz de sentir está ligada —solo— a mi beneficio. Soplo las velas y pido dos deseos: que mi última gota de entusiasmo no se acabe nunca y que la de ustedes tampoco. Gracias por acompañarme este año y permitirme abrazar el dolor. Nuestro dolor.

@barbarahoyo