Haití, su fallida reconstrucción y el por qué olvidamos

Médicos sin Fronteras · 27 de noviembre de 2014

Haití, su fallida reconstrucción y el por qué olvidamos

banner crisis

“El olvidador no olvida porque sí, sino por algo,

que puede ser culpa o disculpa, pretexto o mala conciencia,

pero que siempre es evasión, huida, escape de la responsabilidad”-

Mario Benedetti

 

Por: Adán De la cruz

Aquel país que se convirtió en la nación que inauguró el ciclo de las independencias de América, que tras la edificación de un Estado negro anticolonial y antiesclavista marcara un hito en la redefinición de la concepción de libertad emanada de la ilustración, que libró victoriosamente un enfrentamiento con la potencia colonial francesa en 1804, y quien hasta la década de los setenta era llamada “La Perla de las Antillas”, es actualmente el país más pobre del occidente y el segundo de los países, sin contar a los de África, con el menor Índice de Desarrollo Humano, sólo superado por Afganistán.

Desastres políticos, sociales, económicos y ambientales han convertido a este país en uno de los más atrasados del planeta. La histórica conformación de endémicos gobiernos inestables y corruptos han generado hoy en día servicios públicos mínimos que se reflejan en escasa infraestructura, graves problemas de salud pública, en localidades sin agua, electricidad, ni escuelas. Agregando que Haití es uno de los países más densamente poblados del mundo, tenemos los ingredientes favorecedores de condiciones de vulnerabilidad y propensión a la aparición y propagación de conflicto social.

[contextly_sidebar id=”sCbcIsUrLq7hDXlG41T0ddS56Y6QQ0ft”]Es ese mismo escenario de vulnerabilidad en Haití el que puede explicar el porqué de los padecimientos de los últimos años tras el terremoto de 7.0 puntos en la escala de Richter que sacudió al país el 12 de enero de 2010. Su reconstrucción ha sido lenta, y pese a que es uno de los más importantes receptores de ayuda humanitaria, un nulo gobierno incapaz de administrar los recursos, la raquítica infraestructura, la marginación y una errática intervención de la comunidad internacional agudiza el problema.

Más de 300 mil personas murieron tras el sismo. La emergencia trajo el colapso de las débiles instituciones de gobierno, incluidas las de salud, favoreciendo el estallido de brotes epidémicos sin precedentes, en el que el cólera fue la mayor amenaza mortal del país derrumbado. Médicos Sin Fronteras reporta que desde 2010, 700 mil personas han sido infectadas por el cólera, sin contar los demás requerimientos médicos.

Las crisis acentúan, generalmente, las desigualdades de género en sociedades que toleran la discriminación; por tanto, las mujeres y niñas en Haití ocuparon una especial vulnerabilidad ante los desastres de origen natural. La supervivencia de la familia, la violencia, la explotación y la estigmatización por motivos de clase y raza, atentan determinantemente contra las capacidades de las mujeres locales y las ubica en un contexto más amplio de crisis de desigualdad, sufriendo constantemente de abusos a sus derechos y de ser propensas a la violencia sexual. Incluso muchas mujeres han evitado albergarse en refugios por miedo a ser violadas.

Los desastres son parte del desarrollo de sociedades cuando aparecen problemas no resueltos en la conformación natural de las sociedades. El terremoto de 2010 sólo empeoró el panorama sombrío de Haití, que años anteriores ya cargaba con un importante crecimiento de la inseguridad fruto de la crisis económica y alimentaria, una lenta recuperación sociopolítica producto del derrocamiento de Jean-Bertrand Aristide de 2004, y agravado por una severa temporada ciclónica de 2008, que golpeó, con especial dureza, el paso de tres huracanes de enorme fuerza: Gustav, Hanna e Ike.

La pobreza, la desigual distribución del ingreso, la falta generalizada de servicios básicos, los altos niveles de delincuencia, de analfabetismo, las cárceles hacinadas, el frágil sistema político y judicial, una creciente urbanización y aparición de amplias zonas marginadas, deforestación extrema, la erosión del suelo, la falta de infraestructura, muestran la debilidad del Estado y la continuidad de una historia llena de inestabilidad política han convertido a Haití en un país del que difícilmente puede ver salida a estos males.

La empatía y el altruismo inician la posibilidad de armonizar relaciones sociales y mitigar las adversidades. La capacidad de sentir es el requisito básico indispensable para cualquier conducta ética; la empatía, por tanto, es poner, a disposición del otro, una especie de órgano extra para detectar su dolor sobre la base de nuestras propias experiencias dolorosas. Haití dejó de ser la crisis de moda, y volvió a ser el país ajeno, el país que miramos “desde arriba”, y las imágenes de un pueblo derrumbado, vulnerable, un estado fallido lleno de supervivientes, sólo pasaron al anecdotario para los que no fuimos ellos.

Si el transcurso de la historia de la humanidad también es una historia forjada a base del sufrimiento, y justo las experiencias nos han dado las concepciones actuales de bienestar y progreso, entonces, ¿por qué olvidamos?

haiti1