Hacia un nuevo paradigma sobre las drogas: del aislamiento a la conexión

blogeditor · 3 de abril de 2020

Hacia un nuevo paradigma sobre las drogas: del aislamiento a la conexión

Las drogas son muchísimo más de lo que alguna vez nos dijeron. Crecimos con la idea impuesta y aceptada de manera unánime y a nivel mundial que el consumo de cualquier sustancia ilegal termina en una adicción. Se creía que el camino correcto para hacerles frente era dejar de consumirlas y apostar por “un mundo sin drogas”. El costo de ello terminó siendo más alto que el que se buscaba evitar.

Nuestros padres son hijos de la generación de la llamada ‘guerra contra las drogas’, que el presidente de EE.UU. Richard Nixon declaró en 1971. Bajo el argumento de proteger a los estudiantes de la adicción a drogas como la heroína y la marihuana, hicieron creer que éstas sólo podían devastar nuestras vidas y era mejor mantenernos desinformados y alejados de ellas, aunque en la mesa siempre hubiera una botella de alcohol.

Paradójicamente, un año antes, en 1970, el psicólogo y profesor canadiense, Bruce Alexander, demostró que el modelo de la enfermedad de la adicción es científicamente invalido. La adicción a las drogas, dijo, no sólo se produce por los ganchos químicos: el entorno es crucial. Sin embargo, la evidencia científica nunca fue para los gobiernos una herramienta necesaria para la toma de decisiones.

De acuerdo con un estudio publicado en The Lancet por los miembros del Comité Independiente sobre Drogas del Reino Unido, el que algunas drogas sean legales o no, no está relacionado con el daño real que éestas causan. Esto explica, por ejemplo, que drogas legales como el alcohol, considerando el daño físico y mental, el nivel de adicción, el crimen y costo asociados, sean más peligrosas incluso que la heroína y el crack.

Era cuestión de tiempo demostrar con estadísticas en mano que, en términos de salud y seguridad pública, los objetivos explícitos de ‘la guerra contra las drogas’ –como disminuir la violencia y la cantidad de usuarios– han sido un fracaso: el consumo de drogas no se ha reducido y las muertes se han disparado, entre otras promesas no cumplidas por la Organización de Naciones Unidas (ONU), como señala un informe del Consorcio Internacional de Políticas de Drogas (IPDC).

Además, según la Comisión Global sobre Políticas de Drogas –un grupo de ex presidentes, primeros ministros y diplomáticos que buscan descriminalizar a los consumidores y enfocarse en cómo acabar con el crimen organizado– señala que de los 250 millones de usuarios de drogas estimados en el mundo, menos del 10% pueden clasificarse como dependientes o ‘usuarios de drogas problemáticos’, según estiman Naciones Unidas.

Al parecer, esto no ha sido suficiente –ni tampoco ejemplos como el de Portugal, país en el que desde 1999 han descriminalizado el consumo de sustancias y los niveles de adicción no se han incrementado por ello– para cambiar el paradigma de las drogas.

Los negros, las mujeres y los pobres, que forman parte de los eslabones más débiles de la cadena del narcotráfico, siguen siendo los más afectados por las políticas de drogas actuales, sobre todo en América Latina. Y la lista de sustancias fiscalizadas –consideradas algunas esenciales para tratamientos complejos– sigue intacta, basada en la prohibición, pese a que organizaciones como la UNASUR han pedido su replanteamiento.

El último informe de la Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNGASS) sobre Drogas de 2016, ha dejado en evidencia que, al menos, ya existe una divergencia en el panorama mundial de las políticas de drogas. Es decir, el consenso unánime predominante en torno el abordaje prohibicionista de las drogas pareciera estar llegando a su final.

Nuestras drogas, nuestro cuerpo

¿Por qué en la Encuesta Global sobre Drogas –la mayor encuesta para los consumidores de sustancias psicoactivas en el mundo– la primera pregunta se refiere a nuestros gustos musicales? Probablemente porque se ha entendido que las drogas no van a desaparecer y que es mejor entender los usos que ignorarlos. Y todavía más: hablar de drogas es hablar sobre nosotros mismos.

Más allá de las estadísticas y los informes, implementar un nuevo paradigma –además de cambiar el enfoque punitivo de las drogas por uno de salud pública– implica también entender que el consumo de sustancias tiene que ver en gran medida con cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo y nosotros mismos.

El conocido caso del colectivo SMART (Sociedad Mexicana de Autoconsumo Responsable y Tolerante) es un muy buen ejemplo de ello. La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) declaró, en 2014, inconstitucional la prohibición para consumir cannabis. De esta manera, cuatro de sus integrantes fueron autorizados para producir y consumir cannabis con fines lúdicos y recreativos amparándose en el argumento del “derecho al libre desarrollo de la personalidad”.

Esta facultad incluye la “libertad de utilizar, ingerir o consumir sustancias que produzcan experiencias que afecten pensamientos, emociones y sensaciones, que pueden aliviar la tensión, intensificar las percepciones o desear nuevas experiencias personales o espirituales”, según la SCJN. En ese sentido, el Estado no puede interferir más allá del orden público y los derechos privados de las personas.

Estados Unidos también ha sentado un precedente en el mundo que deja fuera de lugar la idea reduccionista de que las drogas son malas y peligrosas. Hoy, el respaldo científico para los psicodélicos es cada vez mayor: más de la mitad de sus estados han regulado el cannabis ya sea para uso medicinal o recreativo. Otros estados, como Denver, han despenalizado el uso de los hongos alucinógenos. Drogas sintéticas como el MDMA (éxtasis) y la ketamina –usadas tradicionalmente en fiestas– están siendo estudiadas y su uso autorizado por la FDA. También se inauguró el primer centro de investigación de LSD y hongos alucinógenos para problemas de salud mental, entre ellos, anorexia, adicción y depresión. Ejemplos hay varios.

Los expertos en EE.UU. están viendo resultados en los tratamientos contra la depresión y el trastorno de estrés postraumático y han descubierto que la terapia asistida con sustancias psicodélicas, a diferencia de los psicofármacos habituales, permiten explorar las causas de los problemas y, además, crear lazos sociales. Es más, estudios de la Universidad de Alabama y la Universidad de Mcquarie sugieren que las sustancias psicodélicas al aumentar y reconfigurar los procesos cognitivos, permiten mejorar la memoria, la atención, y diseñar soluciones más creativas.

Si bien es cierto que las drogas pueden devastar la vida de sus usuarios, estudios de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW Sydney, Australia), por ejemplo, sugieren que también puede conducir a beneficios sociales, como la creación de amistades y redes de apoyo, por lo que sugieren que estas experiencias intensas y deshinibidas deben valorarse más. Al contrario de la adicción, que nos aísla, las drogas también nos permiten conectar.

Antes de su muerte, el psiquiatra y escritor chileno Claudio Naranjo –pionero en la psicología transpersonal que aborda los estados alterados de conciencia– aprovechó su última conferencia para explicar cómo la ayahuasca –la planta de uso tradicional indígena, también conocida como yagé– permite conectarnos con nuestra sabiduría animal. Esta conexión nos permitiría no sólo encontrar un posible tratamiento contra el estrés postraumático -pese a que solo existe un ensayo clínico hasta el momento- sino reconocer una verdad aun más profunda: que lo que nos diferencia como seres humanos no es la razón, sino el amor.

Es tiempo de tomar a las drogas en serio. Por eso, como dice Jennifer Power –investigadora principal en el Centro de Investigación Australiano en Sexo, Salud y Sociedad– no es extraño que para nuestra generación, con mayor razón ante lo expuesto, mensajes como “di no a las drogas” sean frecuentemente ignorados. Es tiempo de conectar.

* Esteban Acuña Venegas (@proyecto_soma) es fundador y director de Soma, una plataforma de periodismo y curaduría de información sobre drogas. Es periodista y comunicador social por la Universidad Central de Chile. Ha sido becario de la Open Society Foundations en el curso Producción, tráfico y políticas de drogas en el área andina y del Diplomado sobre Drogas, Salud y Derechos Humanos del CIDE en México, Aguascalientes. Ha cubierto temas de derechos civiles, manifestaciones sociales y políticas de drogas y ha escrito para distintos medios latinoamericanos. Hoy vive en Lima, Perú.