Redacción Animal Político · 1 de agosto de 2025
Estuve pensando durante la semana en dos temas apasionantes: Krisnamurti y los hombres que protegieron a Cristo al fundar la cofradía de Los Templarios y cómo hacer un cruce entre los dos mundos. Luego Don Joe (Dispenza), en algún punto del famoso retiro al que asistí, dice Mateo 6.22 y pues se sabe que la mente se pone inquieta y curiosa… Comencemos, pues.
Qué hermoso y audaz Krishnamurti y Los Templarios. Dos mundos —en apariencia— distantes: uno místico e interior, el otro esotérico y guerrero. Pero si miramos con atención, hay un eje secreto que los une: la libertad interior conquistada por medio del fuego, el rechazo a las estructuras externas como forma de verdad, y la entrega radical a lo divino desde la experiencia personal, no desde la doctrina.
Entonces vamos a ver; no tenían templos, y sin embargo eran templarios. No querían seguidores, pero encendieron fuegos en miles de almas.
Es decir: Jiddu Krishnamurti y la cofradía del Temple parecen habitar extremos opuestos del tiempo, pero si uno afina la mirada, descubre que hay un hilo invisible que los une: ambos sabían que la verdadera batalla ocurre dentro de uno mismo, ya que la libertad no se decreta: se conquista con lucidez magistral.
Los Templarios eran monjes guerreros. Pero su guerra, en su núcleo más secreto, no era contra infieles, sino contra el miedo, la obediencia ciega, la corrupción del alma. Y OBVEO la Iglesia los traicionó porque no se dejaron domesticar.
Luego por otro lado Krishnamurti rechazó coronas, discípulos y títulos sagrados; quemó la plataforma de la Sociedad Teosófica y dijo: “La verdad es una tierra sin caminos”. Ambos sabían que la religión sin conciencia o sin reflexión es una puta cárcel. Sabían también que lo sagrado no es un ritual, sino más bien una forma de estar. *Una mirada limpia. *Un ojo encendido.
Y aquí entra el dichoso versículo:
La lámpara del cuerpo es el ojo.
Si tu ojo está limpio, todo tu cuerpo estará lleno de luz”.
Mateo 6:22
Ese versículo habla de la visión del ojo interior también. Ese que no está fragmentado por el juicio, la comparación o el deseo. Krishnamurti lo llamó ver sin el observador. Los Templarios lo entrenaban en silencio, ayuno, contemplación. El verdadero iniciado no era el que obedecía, sino el que VEÍA.
Y ver no es mirar. Ver es SER.
El Templario portaba la cruz roja no como una bandera, sino más más bien como una especie de recordatorio de que el verdadero sacrificio no es morir, es morirse a uno mismo. Krishnamurti, igual: predicaba una muerte diaria al yo, al pasado, a la memoria. No para desaparecer de esta vida, sino para renacer sin ningún peso. No, si no andaba yo tan errada tratando de matar algo, tú.
La cuestión es que no era la carne. Tampoco la propia existencia lo que tenía que acribillar; era la muerte de una perspectiva sesgada por una tristeza ancestral que por fin me dejó en paz de una pinche buena vez, después de tanto batallar con-migo misma.
Porque ¿qué crees? Todo lo que te pasa te lo creas tú solita de una u otra forma, mana. En esta vida de 3D eres tú contra ti, nomás. Ese dragón de siete cabezas con el que te peleas es tu propio enano cabrón que te habita la cabeza… El poder de la percepción te hace o te deshace la vida #MeCae.
Y por esto mismo es medular tener pensamientos intencionales que provoquen emociones ELEVADAS y abstenerse de todo lo que bloquea esa frecuencia. Todo es todo y TODOS sin miramientos –sí y sólo si– ya entendiste que la materia vale madres.
[Explicación de por qué la materia vale madres: mira, la materia está hecha de átomos, ¿correcto? Así pues, todo lo que ves (tú, yo, esta pantalla, las estrellas) está hecho de átomos.
Por eso se dice: “no somos nada”, al menos en términos de masa sólida].
Entonces, si tú como yo te mudas de pensamientos —y ya estás en la convicción absoluta de que TODO ES POSIBLE, INCLUSO TU SUEÑO MÁS GRANDE. Sí —ese que ni te atreves a platicar porque suena imposible… Pon la mirada en un ti con un up-grade brutal y deja atrás a ese que ya no quieres ser.
Estamos en un mundo donde el ego es la nueva religión, y las redes sociales son el templo del yo hipertrofiado y lo que te planteo es que lo que realmente necesitamos son más templarios del espíritu. Más disidentes del dogma. Más guerreros del ojo limpio. No habrá revolución si no hay visión. Y no hay visión si no hay silencio.
Hoy, en nombre de la justicia, se nos exige fe ciega. En nombre del pueblo, se nos pide obediencia. En nombre del bien común, se nos funa si vemos distinto. Y todo eso YA LO HEMOS VIVIDO.
Jiddu Krishnamurti no predicaba ni te prometía el paraíso a cambio de obediencia. No hablaba del amor en plan consigna. Amo cómo deshizo la idea del gurú; dijo: la verdad no tiene camino, como el cielo no tiene aceras, como el alma no tiene pasaporte.
Y así lo creo, pues en un mundo que nos exige tener opinión acerca de TODO, Krishnamurti nos ofrece una herejía luminosísima: la posibilidad de NO SABER NADA. La ternura de desarmarse. La bendición de no defenderse.
Esto carnales, no es un texto, sino un susurro para quien está cansado; para quien ha sido acreedor puntual con todo y, aún así, se siente completamente ausente de sí mismo. Si ya captaste que el éxito sin presencia es una forma elegante de suicidio, te dedico esta entrada.
Aquel que intuye que hacerle el amor al espíritu es sentarse en soledad sin miedo, ya se parió a si mismo. Y es que escuchar el canto del pensamiento sin obedecerlo. Despertar sin violencia. Mirarse sin juicio. Y callar con amor, GOAO.
Krishnamurti no fundó una iglesia, pero en su voz una encuentra *EL* altar más perro que jamás haya existido. Y en sus silencios, ABRIGO.
Si tú como yo ya fuiste al infierno, te picaste el ombligo con el diablo, lograste arrastrarte de regreso y lo único que buscas es serenidad, te invito a que dejes de correr. A que apagues el noticiero interior. A que te toques el alma como se toca un violín sagrado, para recordar que estás vivo.
Cuando aprendas a mirarte sin etiquetas, sin etiquetas podrás mirar el mundo. Y esa será tu revolución. Pero. No habrá revolución si no hay visión. Y no hay visión si no hay silencio.