blogeditor · 28 de abril de 2021
La imagen del día: reuniones virtuales para combatir la violencia de género en México. El escenario: seis mujeres, representantes de sociedad civil, gobierno y de organismos internacionales, mujeres cuyo rango de edad oscila entre los treinta y los cuarenta años. Al menos tres de ellas iniciaron la reunión con “un momento por favor, que tengo a mi hijo aquí a lado“ o disculpándose por las vocecitas que gritan “mamá” o por el llanto de sus hijas o hijos. Las mamás se disculpan, tensan el rostro y en momentos apagan la cámara tratando de controlar la situación. Y si hubiese hombres en la reunión esto seguramente las pondría aún más tensas, al sentirse incomprendidas o juzgadas. ¿Esto también les sucede a los defensores de derechos humanos que son padres?
El presente artículo se dividirá en dos entregas: esta primera entrega dará voz a las defensoras de derechos humanos que somos madres y, en la segunda, se abordará la emergencia sanitaria como un problema público que ha impactado, entre otros, el derecho humano al cuidado, con una sobrecarga para las mujeres tanto en México como en el mundo. En esta primera parte hemos reunido la experiencia tanto de las autoras, como de otras defensoras de derechos humanos (por medio de entrevistas), que son madres y trabajan remuneradamente en distintas organizaciones de la sociedad civil y que lo hacen a través de teletrabajo.
Ser defensoras de los derechos humanos frecuentemente es percibido como una representación de mujeres empoderadas, autónomas y feministas1. Muchas de ellas trabajan todos los días en la exigencia de derechos frente al Estado u otros actores y promueven la justicia y la igualdad social. Sin embargo, esto no significa que no afronten desigualdades en distintos ámbito de sus vidas, incluidos el de la crianza y el cuidado.
De acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la carga de las horas de trabajo de cuidado no remunerado representan el 76.2 % para las mujeres, lo que significa más del triple respecto a los hombres2, situación que se ha agravado con las medidas de confinamiento durante la pandemia, afectando no sólo el trabajo remunerado de las mujeres, sino su salud, sobretodo ante la falta de sistemas de cuidados institucionalizados.
Durante el último año, padres y sobre todo madres hemos continuado trabajando en medio de la emergencia sanitaria, llenos de desafíos y muchas veces criando en soledad. Soledad entendida no sólo como un estado ánimo, sino sobretodo entendida como la inequidad y la falta de corresponsabilidad que aún persiste en la mayoría de los hogares mexicanos en el tema de crianza y cuidado, sumada a la ginopia3 por parte del Estado para entender y afrontar esta problemática, reproduciendo así los estereotipos y la inequidad de género que permea en gran parte de la sociedad. Si bien la emergencia sanitaria es atípica, no lo es la práctica milenaria de delegar a las mujeres el cuidado de los hijos y de otras personas como adultos mayores y personas con discapacidad
La mujer representa el cuerpo al servicio del otro. Antes de la pandemia, muchas mujeres ya realizaban triples jornadas como madres-cuidadoras, amas de casa y trabajadoras, pero con la pandemia la temporalidad y los límites de los espacios se perdió. Muchas madres afrontan ahora estas tres jornadas de manera simultánea, además de añadir nuevas obligaciones como enseñante de sus hijas e hijos, todo en un mismo espacio físico y temporal. Además, en la mayoría de los casos ni siquiera pueden recurrir a su red de apoyo: otras mujeres, madres, hermanas, tías, suegras, ya que, por la edad, muchas se consideran población de riesgo.
Es evidente que la sobrecarga en el tema de los cuidados para las mujeres está directamente influenciada por las particularidades en la composición y dinámicas al interior de cada familia. Así, varía dependiendo de si existe una pareja y si ésta es corresponsable, de si son las madres las únicas que aportan económicamente al hogar, de si el trabajo se puede desarrollar remotamente, de si existen otros miembros que necesiten cuidados o de si conviven con otras personas que fungen como red de apoyo.
En nuestra experiencia, las organizaciones de derechos humanos suelen ser bastante sensibles y flexibles ante la crianza y el cuidado, sobre todo en el contexto pandemia, sin embargo, como en cualquier trabajo, se debe cumplir con tareas y objetivos que no pueden aplazarse indefinidamente. Por ello, muchas mamás trabajadoras realizamos nuestras labores en jornadas atípicas como las madrugadas o los fines de semana, lo que implica que no se establezcan rutinas de descanso o de tiempo libre y que el cansancio se acumule progresivamente. Esta situación aunada a la insatisfacción de sentir que no se está cumpliendo exitosamente con ningún rol, ni con las expectativas personales ni con las impuestas, afecta considerablemente no sólo las tareas que los múltiples roles exigen, sino la psique y la salud de las mujeres.
No tenemos duda que el teletrabajo implica un privilegio, como otra de las entrevistadas asumió4, y que la emergencia sanitaria ha permitido que, particularmente en el caso de algunas mujeres, éstas puedan hacer frente a sus trabajos desde casa, aún con todos los desafíos que hemos descrito. La pandemia, sin embargo, así como las restricciones y el confinamiento que trajo como resultado, ha afectado de manera diferenciada a las madres defensoras de derechos humanos, dependiendo de la edad sus hijas e hijos, la falta o lejanía de sus redes de apoyo, su lugar de residencia y otros factores que inciden en los cuidados y la crianza. Precisamente este es el caso de una de nuestras entrevistadas, una madre mexicana que vive en Italia y que trabaja para organizaciones de ambos países.
“Me convertí en mamá por primera vez sólo tres meses antes de que se iniciaran los primeros confinamientos sanitarios en Italia, en donde vivo con mi pareja y mi hija. El post parto lejos de mi círculo familiar y de amigos, el encierro y, sólo un mes después del inicio del confinamiento, encontrándonos contagiados con el virus, ha tenido grandes impactos emocionales en mi vida, en la de mi familia y en mi trabajo (…) En medio de los diversos confinamientos, algunos más estrictos que otros, buscaba encontrar el tiempo, la energía y la concentración para realizar mis actividades de trabajo, pero entre las largas noches sin dormir, el cansancio diario del cuidado de una bebé, las tareas básicas de casa, el encierro y la soledad, muchas veces me sentí sin opciones y con la necesidad de dejar mi trabajo y con ello una parte sumamente importante de mi proyecto de vida.
Es importante traer a la luz las cargas emocionales, físicas y mentales que la pandemia ha provocado en todos los sectores de la población, no obstante y como hemos mencionado, en el caso de las mujeres trabajadoras que tienen a su cargo el cuidado de un menor u otra persona, se suma la falta de reposo tanto físico, como mental, la imposibilidad del disfrute del tiempo libre y la interrupción no sólo de sus tiempos y espacios de trabajo actuales, sino de los futuros, como se explicará en la segunda entrega de este artículo.
La misma situación respecto a los horarios y las cargas de trabajo ha sido subrayada por otra de nuestras entrevistadas, una mamá feminista y defensora de derechos humanos, quien nos comparte las dificultades de trabajar fuera de los horarios habituales de trabajo:
Las mamás trabajadoras enviamos correos electrónicos o mensajes durante horarios no normales y que posiblemente en un ambiente laboral parezcan una violación a los acuerdos institucionales, pero muchas veces la crianza no nos deja otra opción, ni por cuestiones de tiempo ni de espacios físicos para trabajar sin distractores.
Sumado a esto, la defensa de los derechos humanos requiere de un trabajo constante de salud emocional, no importa desde la óptica desde la que se labore, puede ser desde el trabajo directo con las víctimas, pero también desde el análisis de casos y su incidencia, etc. Los temas que se abordan, las particularidades de las violaciones y las víctimas, dejan siempre un profundo impacto en quienes les escuchan y acompañan. Por lo tanto, no se debe soslayar la delicadeza de este tema, cuando las defensoras deben atender a víctimas o hablar en voz alta sobre las violaciones sufridas, estando en sus casas, con la posibilidad de que sus hija o hijos escuchen temas tan delicados y dolorosos. Es decir, cuando estas lacerantes narraciones se cruzan con las dinámicas familiares, ante la imposibilidad de hacer uso de espacios institucionales. De hecho, la adaptación de espacios en casa ha representado un desafío para todos los trabajadores en teletrabajo, sin embargo, en el caso de la madres defensoras de derechos humanos, la falta de horarios establecidos y la falta de aislamiento para conversar estos temas, dificultan la completa privacidad de esta información del entorno familiar.
Una especialista en atención a víctimas y que también es madre, nos comparte:
Las llamadas con las víctimas se deben concentrar en algún momento específico del día y aún así resulta inevitable que fragmentos de las conversaciones se escuchen en otras habitaciones. Una persona puede estar atravesando una situación de riesgo o desborde emocional que es necesario contener y tu familia se da cuenta de que estás tratando un tema delicado. En empatía, les surgen preocupaciones que en algún momento del día será necesario atender o gestionar con tus seres queridos para que el ambiente no se vicie. Los mismo ocurre cuando, durante reuniones por video llamada, se abordan temas muy explícitos que también es inevitable que se escuchen tras la puerta, referencias a hechos de tortura, desaparición, búsqueda en vida y muerte o relatos de violencia muy fuertes. Tus familiares tratan de darte la privacidad necesaria, pero es inevitable que ante ciertos escenarios se tense el ambiente. Imaginar lo que estás hablando les genera miedos, por ello, debemos estar atentas de la salud mental de las personas que están a tu cuidado en casa (…).
Abordar estos temas desde tu lugar de trabajo ayuda mucho a marcar un límite definido. Los trayectos rumbo a casa eran útiles para procesar lo trabajado durante el día y desconectarte durante la horas de descanso con la familia, aunque fuera difícil, sí era posible diferenciar el espacio. Actualmente, aunque tratas de organizar los horarios, al final del día queda un estado de ánimo ensombrecido si hubo asuntos difíciles de atender y procesar. Además los niños detectan cuando algo está pasando, te ven enojada o triste, y aunque trates de salir con la cara lavada para no alarmarles, no nombrar lo que se escucha detrás de la puerta, no tratar con ellos estos efectos, a menudo puede llevar a que saquen sus propias conclusiones que pueden, por empatía, llegar a ser aún más angustiosas. Para las mujeres que viven estas situaciones de violaciones a sus derechos humanos y que además tiene a su cargo las labores de cuidado de sus familias, esto en mil veces más complicado de manejar.
Por supuesto que no sólo a las defensoras que trabajan en la atención de víctimas les ocurre que los contenidos de su trabajo impacten negativamente en su hogar. También las que trabajamos desde la documentación o investigación de violaciones a los derechos de las personas migrantes, en violencia de género u otras graves violaciones, vivimos esta situación. Así nuestras hijas e hijos se ven expuestos indirectamente a la violencia sin darse cuenta de ello. Que ellos y ellas estén presentes cuando tenemos una reunión de trabajo aumenta la tensión y el estrés por este motivo y exige otra carga mental por la responsabilidad en su crianza.
Otra importante actividad para la defensa de derechos humanos es la relativa a las funciones administrativas, como la que desempeña otra de nuestras entrevistadas, quien en casa afronta el cuidado de las infancias, sin un pareja que pueda asumir con ella la responsabilidad de su cuidado. En su caso y derivado del estrés del encierro tanto para ella, como para sus hijas, una de ellas adolescente, así como de un posible contagio para otras mujeres que formaban parte de su red de apoyo y que, por su edad son parte de la población en riesgo, ha debido invertir en la atención de su salud mental, hasta donde sus posibilidades económicas lo permiten. Lo que en su caso ha significado priorizar la atención a su hija y suspender la propia.
Hasta ahora hemos tratado la situación de las madres, pero es también relevante mencionar que parte de la población masculina realiza importantes esfuerzos para cumplir con su corresponsabilidad en la crianza y en su involucramiento de manera más o menos equitativa en los cuidados y en las tareas del hogar. Pero el tema de la corresponsabilidad enfrenta una problemática de base, y es que son las concepciones patriarcales5 dentro del mundo laboral las que prevalecen y en las que los hombres representan al “trabajador ideal o deseable”. Es decir, aquel que no tiene límite de horarios para su jornada laboral, que se encuentra siempre disponible en cualquier horario y sobre todo, el que tiene como prioridad su trabajo, aún por encima del cuidado de su familia. Entonces los centros laborales “pueden entender” que sean las madres quienes falten o pidan permiso para atender las necesidades de sus hijas e hijos, situación que en el caso de los hombres se vería como un aspecto negativo, ya que no corresponde al imaginario patriarcal del hombre responsable y entregado a su trabajo. En última instancia, esta situación no se trata de los hombres o de las mujeres, sino de los micro y macro sistemas que reproducen y legitiman la desigualdad.
No menos importante es subrayar que muchas mujeres identificamos como parte de nuestra red de apoyo a otras mujeres, como nuestras madres, tías, primas o amigas y, en algunos casos, incluso a nuestros padres, hermanos o abuelos. Sin embargo, la realidad es que las redes de apoyo para el cuidado de la infancia suelen estar casi siempre compuestas por otras mujeres, como si sólo nosotras tuviéramos la disposición o la “obligación” de apoyar a otra mujeres en esta tarea. Así nos lo ha compartido una periodista y defensora de derechos humanos: “las mujeres nos hemos acuerpado para ayudarnos”, haciendo referencia a la sororidad dentro de nuestros grupos familiares, de amigas e incluso de trabajo para ayudarnos mutuamente.
La voz de las mujeres, en este caso de las defensoras de derechos humanos, necesita ser escuchada por otras mujeres, por los hombres, por las organizaciones para las que trabajamos, por el Estado y por la sociedad en general, de manera que podamos romper con la idea de que todas y todos trabajamos bajo las mismas circunstancias, ya que como hemos visto, la desigualdad rige nuestras relaciones, especialmente en cuanto al cuidado y crianza y, por ello, es necesario visibilizar las experiencias y necesidades de las mujeres. Con este fin, todos los actores sociales deberían reconocer el cuidado como una tarea de importancia fundamental en nuestra sociedad, cuidar a quienes nos cuidan e intervenir para que esta labor no esté a cargo sólo de las mujeres, reconociendo el derecho al cuidado como un derecho basado en la empatía, la igualdad y la dignidad y de esta manera garantizando el goce de los derechos de todas y todos.
1 Cuando hacemos referencia a “feminista” nos referimos a una mujer que lucha contra las inequidades y violencia que impiden y limitan a las mujeres en el pleno goce de sus derechos humanos.
2 Ver: OIT, El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado. Para un futuro de trabajo decente. Resumen Ejecutivo, 2018, p. 4, disponible aquí.
3 Imposibilidad de ver lo femenino
4 La entrevistada es una feminista especializada en temas de desarme y derecho humanitario
5 Nos referimos a las prácticas en el sistema de desigualdad que asignan roles basado en estereotipos de lo que se espera de un hombre y de una mujer.