blogeditor · 20 de septiembre de 2021
¿Es posible diseñar una nueva ciudad de la nada, desde un taller de arquitectura, para luego construirla y lograr que la vida se reproduzca como la imaginamos en los renders? Las críticas que ha recibido esta idea desde hace décadas no han disminuido los intentos por implementarla. Ahora, el Tren Maya ha traído este debate a la Península de Yucatán tanto por las “nuevas ciudades” anunciadas sin mayor detalle por las autoridades, como por los desarrollos inmobiliarios de especulación que ya están ofertando algunas empresas. Nadie pone en duda que el megaproyecto tendrá un impacto económico, urbano y demográfico en la zona. Pero pareciera que se está sobrestimando su capacidad real para generar un crecimiento poblacional de la magnitud que se anuncia.
En la Península de Yucatán, muchas empresas inmobiliarias ofrecen lotes en futuros desarrollos habitacionales –algunos hasta de 200 o 500 predios-, asegurando que la inversión se respalda por encontrarse “cerca” de alguna de las 19 estaciones o de los 11 paraderos que tendrá el recorrido. Muchos de estos proyectos se presentan como verdaderas ciudades autónomas planificadas por el sector privado: centros deportivos, áreas de juegos e incluso tiendas y espacios de golf. La tesis de inversión es que 200 o 500 personas decidirán irse a vivir a una distancia de más de 30 minutos desde Mérida, Campeche o Cancún, hasta las afueras de una población de menos de 4 mil habitantes –o en medio del monte-, únicamente porque habrá un paradero turístico del Tren Maya.
Pero las ciudades, así como el amor, no pueden darse a la fuerza. Son diversos los factores que llevan a las personas a asentarse en un espacio para habitarlo de forma permanente. Y es inútil forzarlos. Desde los años 60 la urbanista Jane Jacobs advirtió que no era posible diseñar ciudades desde un abstracto sino que debían ser moldeadas a partir de las dinámicas, vínculos y prioridades de quienes ya se encuentran ahí. Las ciudades somos las personas, no los edificios y las avenidas. Las ciudades prediseñadas por arquitectos de renombre terminan cediendo a esta realidad. Por ejemplo, Brasilia, diseñada como ciudad simétrica e inteligente, no pudo atender las necesidades de quienes llegaron a vivir a esa maqueta de tamaño real. El resultado fueron núcleos urbanos periféricos que concentran hoy día gran parte de la población del área metropolitana.
La sobrestimación inmobiliaria suele dejar desenlaces vergonzosos como el ocurrido en las islas artificiales de Dubai, las cuales se habían convertido en una insignia de esa ciudad faraónica sin siquiera haberse construido. Hoy día solo el archipiélago de Palm Jumeriah está en funcionamiento. Los otros proyectos están, o abandonados o luchando por sobrevivir a sus problemas económicos. Los inversionistas no saben qué hacer con sus millonarios cúmulos de arena en medio del Golfo Pérsico que quizá nunca albergarán los lujosos hoteles que se proyectaron. Y todo a costa del equilibrio marino.
El negocio de “hacer ciudad” genera graves efectos ambientales y sociales. En lugar de pensar en crear nuevas ciudades o fraccionamientos especulativos, los esfuerzos deberían estar en atender nuestras ciudades ya existentes. Ojalá estos proyectos urbanísticos al margen del Tren Maya no nos hereden fraccionamientos y/o ciudades fantasmas: lotes desolados como las islas de Dubai, vacíos y sin construcciones. Serían un lamentable monumento a los absurdos de la euforia especulativa.