Las guerras son gasolina en la hoguera del calentamiento global

Redacción Animal Político · 20 de enero de 2024

Además de la desolación que nos deja el ver mujeres y niños desmembrados por las bombas, pareciera difícil encontrar un impacto directo en México de la masacre en Palestina, la invasión de Ucrania, el bombardeo en Yemen u otras guerras que sacuden el mundo en estos días. Sin embargo, el impacto es tan simple como entender que vivimos bajo la misma atmósfera y que por ello las guerras son gasolina en la hoguera del calentamiento global.

Las monstruosas emisiones de gases de efecto invernadero en todos estos conflictos no respetan fronteras nacionales, ideologías, gobiernos, banderas ni religiones, sino que se acumulan en ese techo invisible del planeta que. Ahí funcionan como combustible para la crisis climática que ya sufrimos en México en forma de aumento de calor, escasez de agua, pérdida de cosechas, proliferación de las enfermedades, imposibilidad de los modos de vida tradicionales y migración. Todo esto con sus consecuentes dramas humanitarios y políticos.

Emisiones de Ucrania y Palestina

Sólo la guerra de Ucrania dejó hasta septiembre pasado 150 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, según un estudio publicado en diciembre por investigadores europeos. Esta cantidad equivale a las emisiones anuales de Bélgica o Portugal o casi cinco veces las de la Ciudad de México, o también a las de 127 millones de automóviles, que es por lo menos el doble de lo que emiten conjuntamente todos los automotores de México.

En el caso de la atroz y criminal devastación de Palestina, aún es muy pronto para conocer estimaciones científicas, pero las propias fuerzas israelíes han reconocido que durante los primeros seis días de guerra arrojaron unas 6,000 bombas en la franja de Gaza, que es casi lo que Estados Unidos arrojó sobre Afganistán durante todo un año de su intervención ahí. La Oficina de Medios de Gaza estimó que Israel ha arrojado en este minúsculo territorio más de 65,000 toneladas de explosivos, que suman una potencia destructiva mayor a la de la bomba atómica usada en Hiroshima, Japón, al final de la Segunda Guerra Mundial.

Todo esto implica nuevas emisiones de muy distintas fuentes: combustible para los tanques y aviones, químicos tóxicos para las municiones y bombas, materiales y energía para las cadenas de distribución, incendios causados por los ataques, el consumo implícito en la logística de la ayuda humanitaria y en el desplazamiento forzado de poblaciones, entre muchas otras.

Probablemente estas inesperadas y súbitas megaemisiones en distintos lugares del mundo estén en camino o hayan ya repuesto a la atmósfera el carbono succionado por los incipientes esfuerzos de los gobiernos, las industrias o la ciudadanía para frenar la crisis climática. Por ejemplo, las emisiones del 2022 en Ucrania en este punto habrían sobrepasado más de 50 veces las que el programa de reforestación Sembrando Vida prevé compensar para 2030.

Otros impactos ambientales

Pese a lo grave de todo esto, las emisiones de gases que agravan el cambio climático no son ni el único ni el peor de los impactos ambientales de las guerras.

Parte fundamental de las acciones bélicas consiste en destruir estratégicamente parte de la naturaleza para levantar infraestructura, fabricar armas, mejorar posiciones, someter al enemigo o simplemente eliminarlo. Y dicen que en la guerra y en el amor todo se vale, entonces a lo largo de la historia esto ha incluido destruir las cosechas, cortar el agua o envenenarla, contaminar el aire, propiciar enfermedades, esterilizar el suelo de cultivo, talar los bosques o incluso la flora o fauna que pudiera servir de sustento a un bando.

En el siglo XIX el ejército estadounidense cazó hasta casi el exterminio a las manadas de bisontes de las grandes praderas para poder derrotar a los americanos originarios (lakotas, cheyennes o arapahos) que vivían de su carne, leche y pieles. En 1521 los colonizadores españoles en México, comandados por Hernán Cortés, destruyeron el albarradón de Nezahualcóyotl, que mantenía el equilibrio entre el agua salada y la dulce en el valle de México. Y en Francia, a más de un siglo del fin de la Primera Guerra Mundial, se continúa limpiando áreas de tierra inutilizadas por las minas terrestres de la batalla de Verdún. En las últimas dos décadas el ejército de Colombia ha rociado glifosato desde aeronaves para erradicar los cultivos de coca de las guerrillas.

Sólo durante la actual guerra en Ucrania, la destrucción de los gasoductos rusos Nord Stream en el Mar Báltico liberó tanto metano —un gas de efecto invernadero casi 30 veces más potente que el dióxido de carbono—, que científicos lo consideran el evento individual de mayor emisión de este gas. En el otro bando, una explosión destruyó la presa Kakhovka en Ucrania e inundó decenas de pueblos en la cuenca del río Dnieper, un desastre atribuido a las fuerzas rusas con la intención de frenar la contraofensiva ucraniana, pero también con un costo ambiental altísimo. El gobierno ucraniano calculó que los árboles en más de 25,000 hectáreas morirían por la inundación. Además el agua liberó bacterias como Salmonella y E. Coli que llevaron al cierre de playas, tapizadas de cadáveres de animales silvestres.

Los daños inmediatos más visibles de la guerra ocurren en el territorio, incluyendo la destrucción de suelo fértil, la contaminación de ríos lagos y reservas de agua, y la muerte de incontables especies, de las que es difícil saber pues rara vez se lleva un recuento. Sin embargo, especialistas señalan que los impactos más considerables ocurren en el largo plazo. Por ejemplo, para Ucrania calculan que el mayor impacto ambiental vendrá de la reconstrucción de las ciudades, debido a la cantidad a la cantidad de materiales y energía necesarios para la construcción, que aún sin guerra es intensiva, sucia y costosa.

Destruir es fácil, pero construir nunca lo es. Por eso como comunidad internacional debemos repudiar no sólo la carnicería contra la población palestina, sino también debemos actuar por todas las vías para detener la destrucción de infraestructura valiosa y con un impacto ambiental considerable. Las fuerzas israelíes destruyen rampantemente y en vivo hospitales, universidades, barrios enteros, vierten cemento en los pozos, contaminan el suelo y los cuerpos de agua con químicos peligrosos (fósforo blanco, por ejemplo) contenidos en sus bombas y prohibidos por las leyes internacionales de guerra. Los costos climáticos de esta barbarie no sólo las pagan (desproporcionadamente) los palestinos, también las pagaremos todos en los años por venir en forma de crisis climática.

Ramificaciones de las guerras ante la crisis climática

Fuera de estas grandes vetas destructivas de la guerra, las ramificaciones de los impactos proliferan en un mundo globalizado. Ya se leen en los noticieros noticias sobre cómo el aumento en el costo de los fertilizantes rusos aumentó también el precio de las sandías en México. Y ojalá sólo se tratara de sandías, pero la regla es que pagan pacifistas por belicistas. Si el Departamento de Defensa de Estados Unidos fuera un país aparte, sus emisiones serían mayores que las de países industrializados como Dinamarca o Suecia. Sólo durante la Guerra del Golfo, el Pentágono consumía anualmente 1,300 millones de barriles de petróleo, más que toda la población de Bangladesh, un país habitado por 180 millones de personas.

Y los impactos económicos también se pueden contar dentro de lo socioambiental. El gasto de Estados Unidos en cada guerra en la que ha participado tras el 9/11 de 2001 es de 6 billones de dólares, entre 1.5 y 2 billones anuales. Esto representa cada año casi 20 veces más del compromiso de todas las naciones desarrolladas para la mitigación climática en países desarrollados, que se prometió en 2009 y hasta la fecha no se ha podido cumplir a cabalidad. Si tan solo una fracción de ese dinero se invirtiera en bienestar socioambiental y derechos humanos, daríamos pasos serios fuera de la crisis.

Por todas estas y muchas razones más, la guerra es un desperdicio de dinero, tiempo, presupuesto de carbono, capital político y estabilidad democrática que no podemos tolerar. No podemos construir un camino fuera de la crisis con pasitos tímidos y objetivos a largo plazo mientras miramos impávidos irrupciones súbitas de destrucción absoluta.

No podemos tampoco caer en la ingenuidad de esperar que no haya guerras, pero estas no pueden continuar impunes en su impacto antropocéntrico. Como generación, nos toca subir el costo político a quienes hacen la guerra.

* Juan Mayorga (@JuanPMayorga) es periodista especializado en asuntos ambientales.