blogeditor · 4 de julio de 2014
Por: Aline Ross (@AlineRossG)
Día cero: 13 de junio, aproximadamente 11 am con algunos minutos, es un día normal de trabajo. Los pájaros cantan, el tráfico corre, el día avanza, los teléfonos suenan, cuando de pronto escucho a lo lejos una especie de zumbido, un zumbido que crece, es casi como un murmullo que después se transforma en rugido, todo en segundos… siento miedo, no sé qué es.
Sigo tratando de concentrarme, pero ese sonido pasa de molesto a intrigante. Ya no puedo contenerme tengo que mirar por la ventana, echar ese vistazo, llámenlo curiosidad nata. La calle está detenida, no hay gente caminando, pareciera que los autos quedaron en abandono, incluso bolsas de plástico y papeles son arrastrados por el viento sin rumbo. La ciudad palpitante ya no es más. Salgo de mi oficina y tampoco hay nadie en sus estaciones de trabajo, pareciera que algo llegó y se los llevó a todos, así nomás… paso saliva, pero con el rabillo del ojo veo que están todos metidos en la sala común frente al televisor… pero qué diab..? ¡¡¡Ah!!! De pronto recuerdo, es el primer partido de México en este tan mentado Mundial. Todos se detienen, quieren estar ahí, presenciar el primer gol, entra el esférico a la cancha y… ¡ahí está! El rugido de la multitud ¡goooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooool! Ese grito me recuerda a un ataque zombie.
Hoy, muchos dirán –ya todo terminó para México– pero todo esto del Mundial me ha tenido en una amplia reflexión durante varios días que empezó en el “Caralibro”. En esta red social, en los primeros partidos mucho se empezó a postear sobre la cortina de humo que implicaba este evento con respecto a las reformas y cosas que estaban por suceder, decisiones que afectarían a todos los mexicanos, se habló mucho de la oportunidad de hacer las mesas durante los partidos, para mantenernos dormidos, para no dejarnos ver. Se decía por ejemplo: mientras tú ves el Mundial te atoran con las reformas o mientras todos están atarantados con el fútbol los políticos te roban, que se vendió Teotihuacán, que se robaron el petróleo, en fin, ahí por el estilo.
Es verdad que todos estaban embebidos con los partidos, la Ciudad se paró en los juegos de nuestra selección, literal, se detuvo pero… ¿y si no hubiera habido partidos, ni Mundial, ni nada? Qué pasaría si la reforma energética en específico se diera en medio de un espacio vacío mediático. Supongamos por un momento que no hay final de telenovela en turno, o pelea de box, estreno de temporada de serie, concierto de rock, supongamos que no hay evento importante que “desvíe la atención”. ¿Se han preguntado qué pasaría? ¿Qué haríamos como ciudadanía? Yo sí: nada.
Nada son cuatro letras de una micro palabra, dos sílabas que definen perfecto lo que pasa por nuestra cabeza como sociedad. Nos deshacemos echándole la culpa al futbol, a la televisión, al gobierno, a los políticos, a los otros, a los que roban, a los malos pero ¿y nosotros? ¿Qué hay con nosotros? Somos los mejores para quejarnos, ahora está de moda en las redes sociales, quejarse de todo, es un buen escenario para apuntar con el dedo a todos los demás, especialmente en twitter donde se garantiza una interacción directa, sin embargo no somos propositivos, solucionadores, emprendedores, auto críticos, estamos dormidos, si temían una invasión zombie sólo volteen a su alrededor. Somos los mejores en algo, sí, somos campeones en quejarnos, pero al final no hacemos nada porque de todas formas se van a aprobar o nada va a pasar, nada puedo cambiar, en nada cuenta tu opinión, nada pasa en este país, todo sigue igual y nada puede uno hacer. Esas dos sílabas que definen mucho de nuestro pensar.
A lo largo de los años en LEXIA hemos ido haciéndonos expertos en comprender a nuestra sociedad, a los mexicanos, en su idiosincrasia, el equivalente práctico a tener varios doctorados en el tema. Créanme cuando les digo que esta forma de pensar, de actuar, o más bien de no actuar, ha definido en los últimos 10 años nuestro rumbo como país, es verdad que hay círculos que toman las grandes decisiones, pero nosotros como ciudadanos tenemos una gran corresponsabilidad con cada una de esas decisiones.
Hace poco más de diez años que empecé a escuchar en los grupos de discusión a gente que de pronto reflexionaba sobre la parte que nos tocaba como ciudadanos en este país, sin embargo el grupo tendía a culpar siempre al gobierno y después a las instituciones, no se volteaban a ver a ellos mismos. Mi esperanza durante el pasar de los años era que un cambio se fuera gestando, de vez en vez lo veía brotar en alguna conversación en las incontables consultorías de opinión pública que hemos realizado en esta H empresa, pero no pasaba de ahí, aún no pasa de ahí, de un brote. ¿Cuándo por fin lograremos ver que no es culpa de la FIFA, del gobierno, de la televisión o de X (llene aquí con el culpable en cuestión que su mente le dicte)?
Para cambiar nuestro país, hace falta participación, compromiso; dejar de ver un partido no va a lograr que se frene la reforma (sí, pueden disfrutar sin culpa su partido), pero más allá de eso… ¿sabemos si verdad debe frenarse? Es una pregunta legítima. ¿Quiénes están enterados a fondo sobre ese tema o sobre cualquier otro? ¿Quiénes hacen algo con esa información? Criticamos a la gente por ver su futbol, por ver un juego de la selección, pero la verdad es que no verlo no logrará nada, ni no ver la novela o la serie o el programa de concursos.
Habría en todo caso que apagar la tele, no prenderla más o dejarla prendida todo el tiempo, pero lo que de verdad importa es conversar con otros, conocer otros puntos de vista, ampliar el horizonte, comer mejor, ejercitar la mente, el cuerpo, no tirar basura, respetar el uno/uno al manejar, dar el paso, reciclar, aprender a ahorrar y de finanzas, no acelerarle en la luz amarilla, usar el semáforo peatonal, insultar menos o no hacerlo, tratar mejor a todos, no discriminar, no violentar, leer más periódicos, buscar nuevas fuentes de información, algunas extranjeras, tener información más amplia para poder construir un punto de vista más sólido, pero no se trata sólo de leer a lo pendejo, el punto es ¿qué hacemos con esa información? ¿Qué aprendemos de eso y cómo lo aplicamos en nuestro día a día?
Les diré algo, veo a mucha gente que no va a dejar de pensar en ir a su trabajo, en qué va a comer hoy o mañana, en cómo va a lograr la educación de sus hijos para que les vaya mejor de los que les fue a ellos, por informarse de la reforma. Eso no va a ocurrir. Pero deberíamos despertar, reaccionar, debería de pasar que todos participáramos más en las decisiones que se toman en nuestro entorno más cercano, deberíamos de impulsar iniciativas que tengan impactos positivos en nuestro hábitat, en nuestros barrios, deberíamos de ser más colaborativos, ayudar, exigir, actuar. ¿Quiénes van a sus juntas ciudadanas? ¿Les da flojera? ¿Sí, verdad? ¿Por qué iríamos a perder el tiempo una hora de nuestro fin de semana? Mejor nos quedamos a ver la tele o a quejarnos en Twitter.
Para cambiar nuestro país hacen falta actos cotidianos ciudadanos, sí ciudadanos, los que nos tocan e involucran a todos. Dejemos de pensar como pueblo, ese pueblo que se atreve a gritar ¡Viva México, cabrones! mientras en Brasil nueve de los once detenidos por armar trifulcas durante este Mundial son mexicanos, mientras en cada evento internacional, llámese Olimpiadas o lo que quieran, siempre hay un mexicano ebrio, orinándose o vomitándose en monumentos históricos, mientras en nuestra propia casa somos la causa del mal del que tanto nos quejamos tan “creativamente” con memes y tuits de diez por lograr escribir en menos de cuarenta caracteres. Esta es una guerra zombie contra nosotros mismos. Actuemos por fin en consecuencia.
* Aline Ross es Comunicóloga y actriz de teatro. Cuenta con 11 años de experiencia dirigiendo estudios de consumo, sociales, políticos, tendencias en distintas categorías y colaborando en el desarrollo de metodologías cualitativas. Su experiencia se ha centrado en targets como los niñ@s, mujeres, Base de la Pirámide, ciudadanía, consumidores y audiencias.