Toda guerra es una guerra contra la niñez

Jorge Avila · 10 de abril de 2026

Por: Save the Children

Para la filósofa española María Zambrano, “la guerra es la derrota de la razón”. En Save the Children no podríamos estar más de acuerdo. Pero hoy, con especial urgencia, necesitamos decir algo más: toda guerra es una guerra contra la niñez.

Hace más de un siglo, Eglantyne Jebb fundó Save the Children en respuesta al sufrimiento de niñas y niños tras la Primera Guerra Mundial. Su visión, adelantada a su tiempo, dio origen a un movimiento global para proteger a la infancia. Fue ella quien impulsó ante la Liga de las Naciones la primera Declaración de los Derechos del Niño, base de la actual Convención sobre los Derechos del Niño y de la Niña

Hoy, más de 100 años después, resulta alarmante que siga siendo la niñez quien paga —en el corto, mediano y largo plazo— los costos más altos de la guerra. Las niñas y los niños ya cargaban con el mayor peso de los conflictos en todo el mundo, y la escalada en Medio Oriente no hace más que profundizar esta crisis: cientos de personas han muerto, miles han sido desplazadas y millones viven con miedo.

Mientras se escribe esta columna, la guerra vuelve a devastar a niñas, niños y familias. Los bombardeos, el desplazamiento y el terror están infligiendo nuevas heridas a una generación que ya arrastra cicatrices físicas y emocionales de años de violencia, inseguridad y privaciones.

Un panorama devastador

Lo que nuestros equipos están viendo y escuchando es devastador. En toda la región, la niñez vive aterrorizada, sin poder dormir mientras las sirenas suenan y las explosiones sacuden los muros a su alrededor.

En Irán, niñas y niños han sido asesinados en sus salones de clase. En Israel, donde también han muerto menores, los ataques con cohetes y drones han obligado a miles a regresar a refugios antiaéreos. En Líbano, las familias huyen por segunda o tercera vez. En Gaza, el cierre de cruces alimenta el temor a un asedio prolongado; y en Cisjordania, los puntos de control han impedido que niñas y niños asistan a la escuela.

Desde el 28 de febrero, más de cuatro millones de personas han sido desplazadas en varios países afectados por este conflicto. Cientos de niñas y niños han perdido la vida. En Israel, Líbano y otros lugares, familias lloran a hijas e hijos que no tuvieron ningún papel en esta guerra, pero que pagaron el precio más alto.

Esta nueva escalada no hace más que acumular daños sobre daños. Un joven de 17 años en Líbano lo expresó con claridad: “Todo lo que queremos es vivir con seguridad, no vivir el día de hoy sin saber si mañana llegará para nosotros o no”.

Para millones de niñas y niños, el miedo es constante. Porque el costo de la guerra se paga dos veces: primero, con la pérdida inmediata de seguridad, hogar y educación; después, con la larga sombra de sistemas destruidos que tomarán generaciones en reconstruirse.

Hemos visto cómo escuelas se convierten en refugios y patios de recreo en centros de distribución de ayuda. Ninguna niña o niño debería vivir esto.

Una crisis que trasciende fronteras

El costo de esta guerra no se limita a Medio Oriente. Los ataques con misiles y drones han interrumpido la infraestructura energética y las rutas marítimas en el Golfo, incluido el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo y gas del mundo. Las rutas se desvían, los costos aumentan y, con ello, suben los precios de alimentos, combustible y transporte a nivel global.

Para las familias que ya luchan por sobrevivir, esto no es una molestia: es una amenaza directa a su supervivencia. Las interrupciones también han retrasado suministros médicos vitales hacia algunos de los contextos más frágiles del mundo. Solo en Save the Children tenemos alrededor de 600 mil dólares en envíos críticos detenidos, afectando a cientos de miles de niñas y niños en países como Sudán, Yemen y Afganistán.

El mundo ya enfrenta una crisis alimentaria sin precedentes. Hoy, más de la mitad de la niñez no puede acceder a una dieta saludable. Y, si el conflicto continúa desestabilizando los mercados, hasta 363 millones de personas podrían enfrentar hambre aguda este año.

En todos los conflictos —de Ucrania a la República Democrática del Congo— la niñez carga con el mayor peso. Tiene siete veces más probabilidades de morir por explosiones que las personas adultas. Y cuando llega el hambre, sus cuerpos resisten menos. Los daños no terminan con el fin de las hostilidades: acompañan a niñas y niños toda la vida.

No es inevitable, es una elección

El conflicto actual ocurre en un contexto de debilitamiento de las leyes, normas e instituciones diseñadas para proteger a la población civil. La niñez es uno de los principales grupos que este sistema busca resguardar —y también su víctima más visible cuando falla.

El año pasado se registró un número récord de violaciones graves contra la niñez en conflictos armados: homicidios, mutilaciones, secuestros, violencia sexual, reclutamiento forzado, ataques a escuelas y hospitales, y bloqueo de ayuda humanitaria. No son cifras abstractas: son evidencia de un fracaso colectivo.

Las herramientas existen. La Convención sobre los Derechos del Niño y los Convenios de Ginebra están ahí para evitar lo que hoy vemos. Pero quienes tienen el poder están fallando en hacerlos cumplir, y la comunidad internacional en exigirlo.

Durante años, el liderazgo global ha perfeccionado el arte de la “profunda preocupación”: declaraciones impecables que no se traducen en acciones. Cuando la ley se vuelve opcional, la niñez paga el precio.

Sila*, de 17 años, lo dijo ante el Consejo de Seguridad de la ONU: “Somos una generación que sobrevivió físicamente, pero cuyos corazones siguen viviendo con miedo. Ayúdennos a cambiar ‘desplazamiento’ por ‘retorno’, ‘escombros’ por ‘hogar’ y ‘guerra’ por ‘vida’”.

Su voz debería resonar en todos los espacios de poder.

La guerra es el fracaso de la humanidad

La guerra no solo está arrebatando la vida de niñas y niños en el presente, sino que está comprometiendo el futuro de toda una generación. Aceptar ese daño como inevitable equivale a normalizar una de las formas más graves de violencia: renunciar a proteger la vida y la dignidad de la niñez.

No estamos frente a una falta de herramientas, sino de decisiones. El derecho internacional existe, los mecanismos están establecidos y los compromisos han sido firmados; lo que falta es la voluntad de hacerlos cumplir con urgencia.

Cada bomba que cae, cada escuela que cierra y cada ayuda que no llega responde a decisiones humanas concretas. Por eso, no hay neutralidad posible.

Las y los líderes deben elegir entre administrar la tragedia o detenerla. Porque cada día de inacción no solo cuesta vidas hoy, sino futuros que dejan de ser posibles mañana.

*Nombre ficticio para proteger la identidad y salvaguarda

@SaveChildrenMx