blogeditor · 2 de mayo de 2016
‘Es una costumbre muy extraña. ¿Por qué tienen que acompañar a funcionarios del gobierno que convocan a conferencias de prensa un séquito de burócratas mudos, con la mirada extraviada? ¿Cuál es el sentido de compartir escenario con dos, tres o cuatro personas como parte del decorado, sin que ellas digan absolutamente nada?’
Este era el sentido, supongo, de un comentario casual, emitido –palabras más o menos- por uno de los integrantes del GIEI en vísperas de su salida de México (a invitación expresa del gobierno federal, justo en medio de una de las peores crisis de credibilidad que ha afrontado administración sexenal alguna), durante reuniones informales con representantes de ONG, académicos y uno que otro colado; el tema amerita reflexiones más allá del botepronto que a continuación se aventura.

Son nuestras esfinges mexicanas; los Guardianes caricaturescos de la Mentira.

Debe ser, para quien no se haya acostumbrado a estas extrañas coreografías, como una broma pesada. A uno que las padeció de niño podrían asemejarse, con sus poses hieráticas y retóricos lances ocasionales de perdonavidas, aquellas asambleas matutinas de escuelas primarias donde sin mucha convicción hacíamos honores a la bandera, a los héroes póstumos o hasta a las hazañas contemporáneas de la Nomenklatura. ‘Firmes: ¡Ya!’

La escenografía elegida cuidadosamente por el peñanietato es, a final de cuentas, la enésima entrega del eterno Kabuki mexicano de las percepciones políticas. Nunca, la última.
Hay de tomar las cosas con mejor humor. ¿Persistimos en ser unos amargados, incapaces de ver que México progresa? Ya lo dijeron José Antonio Meade y Enrique Peña Nieto. Sus escoltas oficiales en este tipo de eventos, procuran dar el ejemplo.
Para enmarcar con paréntesis encarnados o realzar la gloria del Tlatoani en turno, cuya ‘sabiduría’ es reiterada por boca de sus subordinados, sufrimos la consagración del engaño en fase terminal caducante. ¿Qué mejor ‘bálsamo’ social, que las presentaciones arriba mencionadas?

Los acompañantes no son colosos inmóviles, clones del faraón Ramsés Segundo como en Abu Simbel, ni los Atlantes de Tula en Hidalgo, custodiando lo innombrable: ¿quizás la precandidatura para el 2018 de Miguel Ángel Osorio Chong, su coterráneo?
Menos aún son sus aproximaciones, que podrían ir desde lo esotérico hasta los confines de la mundanidad.

Ni los pequeños, jóvenes avatares, del emblemático e inamovible Fudo-myoo, deidad del budismo esotérico que convierte su enojo y el de sus devotos, en salvación.

No son tótems domesticados, representando fauna o flora que otorgan a familias y clanes su nombre y un recuerdo de su linaje.


Ni aunque lo parezcen –en clave rigurosamente mexicana- los hombres huecos (y mujeres, para el caso), del célebre verso del angloamericano TS Eliot. No en el contexto en el que el poeta lo escribió, entre las dos guerras mundiales, sino en un entorno netamente nacional: de simulación extrema, y corrupción e impunidad como las fuentes originarias de nuestra existencia.

Son para nuestra desgracia y la suya –aunque parece que no lo saben- gárgolas de carne y hueso. Robots, zombis: gente de paja. Trajes vacíos (empty suits). Extras de una fallida superproducción autóctona y alucinante. Aporreando, con su sola presencia, las verdaderas verdades; planteando Esquinazos a la realidad.

Es del dominio público, materia de redes sociales, el último escándalo que protagonizó Tomás Zerón de Lucio, Investigador federal Estrella del caso Ayotzinapa. Algo que le hubiera costado un cese fulminante, y sanciones graves.
Pero por supuesto, estamos en México: excepción cósmica, irrepetible. Universal.
¿Por qué no habría el tal Lucio, de seguir aplicando ‘técnicas’ que tanto le redituaron al peñismo en el caso Paulette Gebara en el Estado de México, cuando el entonces gobernador del Estado de México salió airoso de esa prueba, o las que proyectaron hacia la fama a Genaro García Luna, uno de los mentores de Zerón y compañía? ¿Y hacerlo bien acompañado por peritos de utilería, por si dudábamos de sus magras dotes investigativas?
Es imprescindible, entonces, fingir que dan la cara; con comparsas de bata y videos caseros editados (que permanecían ocultos).

Pacientemente inexpresivos, con lugares asignados como en blocajes teatrales, son casi supernumerarios de película –o de telenovela- enfundados, de acuerdo a la deformación profesional que representen, en trajes de laboratorio o uniformes de las fuerzas armadas y de la policía federal. Flanquean al mandamás que, muy de vez en cuando, toma preguntas de las galerías y las responde a su conveniencia.
Son la palomilla de Osorio Chong y Arely Gómez tras la fuga del Chapo, o Monte Rubido (a veces, en papel protagónico, con diálogo) intentando justificar, con contorsiones físicas, verbales y de conducta, lo que es patentemente imperdonable.
Son los rostros visibles de versiones amañadas; atentados urdidos coyunturalmente y sin sustento en la realidad, pero que no fueron cuestionadas directamente por la opinión pública en su momento; sólo así se explican capítulos tan recientes como el del show del mismo director de la AIC, sin cuestionamientos in situ; la aceptación acrítica de sus patrañas, aderezado con preguntas a modo durante sus visitas subsecuentes a medios afines.

Los patiños que acompañan a Peña, Osorio, Arely Gómez, Zerón y sus subordinados son utileros protectores de un dogma semisagrado, que consiste en machacarnos que aunque la autoridad se equivoque, una y otra y otra y otra vez, ésta Nunca se Equivoca.
Son arquetipos, ante cámaras y micrófonos, de la incontenible guarurización de la política nacional.

Son cariátides que sostienen, metafóricamente, los embustes oficiales. Centinelas de piedra de la mentira histórica. Atlantes encadenados y ‘soportes’ tan falsos como los de de la Catedral románica de Santa María Oloron en Francia (ver arriba); si se quiere, apoyos falsos de un recinto simbólico hecho de mentiras esenciales. Embustes que se transmiten todas las horas de todos los días, a los que nadie en su sano juicio cree pero que debe sostenerse: contra la verdadera verdad, y contra el viento y marea de la historia posible –mucho más justa, abierta a la emancipación social y a la Justicia- de nuestro país.

Para eso sirve poblar el show, atiborrándolo de monigotes redundantes.
