Ernesto Ramos · 5 de junio de 2012
A tres años de la muerte de 25 niñas y 24 niños en Hermosillo a causa del incendio en la guardería subrogada por el IMSS.
La disección puntual del problema transitaría por el análisis del esquema de subrogación, entre consideraciones generales sobre la conveniencia de que sean particulares los que presten servicios sociales, concluyendo que, en este país –aún en la esfera de guarderías de menores, los requisitos mínimos de legalidad, de supervisión y seguridad, sucumben a la corrupción. Millones de pesos están vinculados a las guarderías subrogadas, y dentro de los agraciados de jugosos contratos hay gente ligada a la alta política. Hediondamente podrido, incluso el colchón de las guarderías, de este país tan entrañable.
Imagínense usted: en este país tan entrañable hay movilizadores electorales y el voto se compra con tortas y camisas. Imagínese usted: en este país tan entrañable existe una carretera de cuota que vale más de 1 peso el kilómetro. Imagínense usted: en este país tan entrañable existen las muertas de Juárez, crímenes no resueltos en su gran mayoría. Imagínense usted: en este país tan entrañable hay un mediático conteo pormenorizado (diario, mensual y anual) de las ejecuciones violentas relacionadas con el narcotráfico. Imagínese usted: en este país tan entrañable ya han aparecido de nuevo las caritas sonrientes de los candidatos en todos los postes de nuestras calles.
Cierto es que todos estamos hartos y todos somos culpables de vicios, corruptelas y podredumbre. Quien esté libre de pecado lance la primera piedra. Incluso es culpable quien sin exigir calla y tolera. Y por ello el tema de Hermosillo nos llegó como un mazazo a nuestras vidas. Enterarnos de esos niños quemados en sus cunas, y al interiorizarnos del excremento que rodea a la tragedia, nos quedamos atónitos de los alcances de este sistema viciado que nos hemos encargado de construir.
Tal vez a usted, a usted lector, la inmediatez lo satisface. Tal vez usted es el frío sesudo individualista que piensa en no distraerse, porque nada se arregla, porque la fatalidad existe, y mejor afanar a quien se deje. Tal vez usted decide olvidar nuestras penurias, no darle más vueltas al tema, porque a las 12 el partido y las tecates bien elásticas con los compas en la terraza. Tal vez incluso usted pertenece a la clase política, favorecida por la corruptela y la prebenda, y desde ese sillón verde se arrellana a contemplar la alameda. Incluso pudiera encontrarme de frente con usted, usted lector, un escrupuloso pragmático de ojos agrietados y cincelados, que escupiendo a un lado me grite “impórtate tú”.
Pero yo solamente diré 25 niñas y 24 niños muertos en Hermosillo, y tres años de lucha contra la impunidad y la corrupción.
Indigna que los culpables no hayan sido condenados por el horrendo crimen.
Resulta intolerable –pero a la vez revelador de nuestras miserias, que aun en un evento tan doloroso (de llanto, de familias marcadas, de zapatitos vacios), lo putrefactamente hediondo y podrido del sistema recula y coletea, al grado de obstaculizar incluso a la justicia.
Ante oprobio semejante: me doy.