Piolo Juvera · 9 de noviembre de 2011
Gracias, papá. Por que alejarte de mí a mis seis años significó que recibiera temprano en la vida un golpe tan fuerte que hizo que, en adelante, los demás problemas parecieran leves. Sobreviví.
Gracias, papá. Por que cuando apenas rozaba la mayoría de edad y mis amigos se preocupaban por obtener plata para la siguiente borrachera, yo debía enfocarme en trabajar para comer. Y una vez que me di cuenta de que era capaz de conseguir mi propio sustento, me sentí capaz de cualquier cosa. Crecí.
Gracias, papá. Por que no haber estado a mi lado me orilló a buscar, inconscientemente, figuras paternas por doquier y, gracias a eso, conocí gente maravillosa que me regaló algunas vivencias excelsas y otras espeluznantes. Aprendí.
Gracias, papá. Por que me volviste tan alérgico al abandono que, aun en momentos de desesperación, siempre he elegido quedarme junto a mis mascotas (que son como mis hijos). Eso sí, confieso que en ocasiones titubeé —pues mira que no es fácil quedarse sin techo estando a cargo de un perro y dos gatos—, sin embargo… Elegí.
Gracias, papá. Por que nunca haber jugado conmigo me hace querer jugar todo el tiempo, al grado de tratar de entender la vida misma como un juego, uno que no siempre es divertido, que incluso asusta, pero emociona; un juego sin reglas claras (nunca me leíste el instructivo), muchas de hecho las he tenido que redactar yo y, por ende, es MI juego. Juego.
Gracias, papá. Por que siempre pusiste el trabajo en primer lugar. Por que, aunque te quejabas eternamente del exceso de labores y tenías mucho más que lo básico, nunca te parecía suficiente, querías más. Eso me enseñó que hay cosas mucho más importantes que el trabajo. Prioricé.
Gracias, papá. Por que jamás anduviste conmigo en bicicleta, lo cual me marcó tanto que ahora es mi principal medio de transporte. Hago ejercicio y cuido el planeta. Avanzo.
Gracias, papá. Por que en el casual encuentro o en la esporádica llamada, tu voz es templada, como si ignoraras el abismo que hay entre los dos. No paras de hablar y con ello evitas que nos gritonee en la cara el aterrador silencio que hemos alimentado por décadas. Por que haces como si no pasara nada, aunque pase mucho, aunque pase todo, menos el dolor. Entiendo.
Gracias, papá. Por que me entero que con tus nuevos hijos (dos buenos muchachos a quienes elegiste acoger bajo tu ala) eres diferente: Que les has dado techo, alimento, automóvil, una carrera universitaria, estudios en el extranjero e incluso tu tiempo. Eso me demuestra que la gente puede cambiar. Me da esperanza. Revaloro.
Gracias, papá. Por que tu ausencia se volvió en mi vida mucho más grande que la mayoría de las presencias, y así me has acompañado sin cesar. Por que con tu no-ejemplo has hecho que se me antoje tener cuando menos un hijo e intentar ser mejor padre que de lo que tú fuiste conmigo. Gracias, por que me dejaste fácil el reto. Te confieso que la misión me aterra, en parte, por estar mi cuerpo infestado de tus genes, pero ya no reniego de ellos, sino que trato de comprenderlos. Reconcilio.
Gracias, papá. Por que no me enseñaste a rasurarme y, debido a eso, porto una barba cerrada (alrededor de mi sonrisa abierta) que siempre me ha enorgullecido. Por que jamás me llevaste a volar un papalote, así que no me dan miedo ni las alturas ni los vientos cambiantes. Por que nunca me leíste un cuento y, por ello, creo los míos. Vivo.
Gracias, papá. Por que nuestra falta de historia me dio una historia que contar. Y, en gran medida, a eso me dedico: a contar historias. Comparto.
Gracias, papá.
Por nada.