Mala Madre · 18 de octubre de 2011
A principios de abril de 1990, no recuerdo la fecha exacta, acudí con un amigo a las oficinas de La Jornada en Balderas 68. Días antes, el 2 de abril, dos vigilantes de dicho diario habían sido asesinados por integrantes del Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo (PROCUP), organización guerrillera nacida a principios de los setentas.
Los guerrilleros fueron a dejar propaganda. Los guardias –uno de ellos de 16 años– se negaron a recibirla y en el desaguisado murió gente inocente. En esos días se encontraba en marcha un operativo policíaco para dar con los responsables y las instalaciones del diario capitalino parecían una fortaleza.
Detrás de la reja el nuevo vigilante no dejaba pasar a nadie que no tuviera cita. Con voz enérgica, pedimos hablar con algún representante del Sindicato Único de Trabajadores de La Jornada (SITRAJOR) “para consultarle una información” que requeríamos. Algo delató nuestra calidad de recién egresados universitarios que buscábamos trabajo. Todavía no sé si fue nuestra juventud, el porte o la ingenuidad. Nos echó del lugar con cajas destempladas.
Decididos a no rendirnos, nos retiramos unos pasos de la entrada del edificio a replantear nuestra estrategia cuando justo en ese momento salió por la puerta Miguel Ángel Granados Chapa, todavía director de La Jornada, acompañado de su hija Rosario Inés y de uno de sus dos hijos.
Esperamos a que los chicos se subieran a su auto y se despidieran del papá para abordarlo. Granados Chapa escuchó muy amablemente nuestra torpe solicitud de empleo y sin más nos dijo que sí, que en esos momentos se acababa de emitir una convocatoria para concursar dos plazas de auxiliar de redacción.
El guardia que nos corrió minutos antes nos tuvo que abrir la puerta para que entráramos con el director del diario. Mi amigo y yo no creíamos en nuestra maravillosa buena suerte. Mientras subíamos las escaleras todavía alcancé a soltar una ingenuidad más: estábamos dispuestos –por lo menos yo– a trabajar gratis. Lo que nos interesaba era la experiencia.
Don Miguel Ángel no me dejó terminar. Me dijo muy paternalmente que todo trabajo debía ser remunerado y que la única forma de entrar a La Jornada era con una plaza. Nos condujo con la eficiente Lupita Bringas, su leal secretaria hasta el final, quien nos dio dos solicitudes de empleo y nos acompañó a las oficinas del sindicato a entregarlas.
Un par de semanas después mi amigo, ocho aspirantes más y yo presentamos un examen de información general estilo: “escribe el nombre de los dirigentes nacionales del PRI, PAN y PRD”, “cómo se llama el gobernador de Querétaro” y “describe brevemente en qué año y en qué consistió el escándalo de los cachirules”. Mi amigo, otra chica y yo quedamos empatados. Mi veloz mecanografía para tomar las notas de los reporteros me valió la plaza. Nunca estuve tan agradecida de haber cursado el taller de secretariado en la Escuela Secundaria Técnica no. 8 de Minatitlán, Veracruz.
El 11 de julio de 1990 entré a trabajar como auxiliar de redacción en la sección Internacional de La Jornada. Meses después Granados Chapa dejó la dirección del diario para fundar la revista Mira, aunque continuó publicando su Plaza Pública. A mediados de 1992, el grupo que apoyaba a don Miguel Ángel perdió la votación de la asamblea de accionistas que aprobó la reforma a los estatutos del diario y que permitió la reelección para un tercer periodo de Carlos Payán como director general.
El 13 de noviembre de 1992, Plaza Pública se publicó por última vez en La Jornada de donde emigró a El Financiero, que por aquellos años ya era un periódico de lectura imprescindible y que se leía de atrás para adelante por la espectacular sección de cultura que dirigía Víctor Roura.
Trabajé cuatro años en La Jornada, en cuya redacción conocí muchas de las andanzas de don Miguel Ángel. Pero nunca tuve la película completa hasta que leí “Granados Chapa, un periodista en contexto”, escrito por el también periodista Humberto Musacchio, con quien caminó largos tramos de vida profesional.
Además de que es un libro muy sabroso porque cuenta anécdotas del paso de ambos por los momentos estelares de los diarios donde trabajaron (su versión de La Jornada es muy educativa), la parte que más me gusta es donde describe la ética de don Miguel Ángel:
“Cuando no se padece la necesidad, la rectitud es una prenda apreciable. Pero en medio de precariedades materiales como las que por épocas ha padecido Miguel Ángel, la honradez, como en su caso, es un ejemplo de comportamiento, especialmente porque la practica sin aspavientos. Cuando estábamos en unomásuno, Miguel Ángel vivía en un modesto departamento de la colonia Postal, frente al Circo Atayde que estaba en la calzada de Tlalpan.
“La vivienda, con piso de granito, carecía de alfombra y televisor, el refrigerador siempre estaba vacío y su mayor lujo era un horrendo terno de sala forrado de terciopelo rojo, lo que alguna vez a Samuel del Villar, habitante de Las Lomas, lo hizo exclamar escandalizado: ‘¡Mira hasta dónde llevas tu populismo!’
“Pero no se trataba de populismo, sino de cierto desprecio por las apariencias, lo que es consecuente con el ejemplo de trabajo y austeridad recibido en su niñez. Más bien, lo que hay en Granados Chapa es el sentimiento de que no tenemos derecho a disfrutar de algo que no hemos ganado o no hemos recibido de forma legítima.
“Es una desconfianza casi zoológica hacia lo que representan los usos y abusos del poder, como lo muestra otra anécdota que lo pinta de cuerpo entero. Ocurrió en el sexenio de López Portillo, en una ocasión en que Javier García Paniagua, entonces presidente del Consejo de Administración de Canal 13, le comentó alguna película.
“Como Miguel Ángel, indiferente, le respondiera que no la había visto (…) aquel funcionario de inmediato dijo que le enviaría el videocasete. ‘Gracias, pero no tengo televisión ni casetera’, contestó el periodista con seca amabilidad. Horas después tocaron la puerta de su departamento: una caravana de cargadores le llevaba un enorme televisor, la casetera más moderna y la película prometida. Al día siguiente Miguel Ángel, verdaderamente enojado, ofendido incluso, intentó meter aquellos aparatos en su automóvil para regresarlos a quien se los había enviado, pero no cupieron en el Volkswagen. Decidió entonces comunicarse con García Paniagua, a quien le pidió que enviara por la televisión, la casetera y la película, pues de ninguna manera podía aceptar el obsequio. El funcionario se enojó, pero no le quedó más remedio que aceptar las razones del periodista y tuvo que mandar por los aparatos”.
Estuve en La Jornada hasta que se fundó Reforma, donde trabajé ocho años, los mejores en mi oficio como reportera. Nunca le agradecí lo suficiente a don Miguel Ángel la oportunidad que me dio al abrirme, literalmente, las puertas de La Jornada. Lo demás lo hice yo, pero no sé cuánto tiempo habría pasado o si mi camino se habría desviado de no haber estado ese día, a esa hora, en ese lugar. Suerte de reportera o mi ángel de la guarda. De cualquier forma, gracias de nuevo, maestro Granados Chapa.