blogeditor · 23 de julio de 2013
Por lo general, México rara vez ocupa los primeros lugares en las listas internacionales, pero cuando lo hace, normalmente no es por cosas buenas como el crecimiento exponencial de la incidencia delictiva, en especial los homicidios, los robos con violencia, los secuestros, las extorsiones; el aumento bestial en la deuda pública (de la mala), o también, el número de personas obesas en el país.
El informe que recientemente publicó la FAO sobre el estado de los alimentos y la agricultura reporta que para el 2013 el 32.8 por ciento de las personas adultas en México padecen de obesidad, es decir, 1 de cada 3. Esto quiere decir que tan solo en 3 años, el número de personas adultas que padecen esta enfermedad creció 2.8 por ciento, ya que en el 2010 fue del 30 por ciento.
¿Más vale gordito chistoso que flaco que de lástima?
Por lo general se piensa que ser obeso (gordito, como le llamamos) es un símbolo de bienestar. Las personas normalmente asocian tener un abdomen abultado a “estar bien alimentado”. Sin embargo, esto no necesariamente es cierto, ya que por lo general, las personas que tienen ingresos bajos tienden más a alimentarse mal, ya que tienen que recurrir a comida barata con pocos nutrientes, pero saturadas de grasas malas y de exceso de calorías difíciles de quemar. Un ejemplo de esto son las fritangas (tacos, frituras, tortas, memelas) y la comida rápida de las cadenas restauranteras (hamburguesas, hotdogs, pizzas). Ambos tipos de comidas, si bien son por lo general económicas, están lejos de ser balanceadas y en cambio, atascan nuestro organismo de grasas saturadas y si le sumamos el modo de vida sedentario y alejado del ejercicio cotidiano, tenemos que es muy probable que la mayoría de esas calorías y grasas se vayan acumulando en nuestro cuerpo, en especial en las arterias, en el hígado y en el páncreas.
El resultado es la proliferación de enfermedades relacionadas con la obesidad, como son la hipertensión, hígado graso y la diabetes. Sin embargo, estas enfermedades por lo general no vienen solas, ya que con la hipertensión por lo general vienen males coronarios e inclusive infartos al corazón y al cerebro; con el hígado graso viene el cáncer; y con la diabetes viene la pérdida de la visión, la caída de los dientes, y la amputación de extremidades; y con todas, invariablemente, la incapacidad física, por lo tanto para trabajar y valerse por sí mismos y también, la muerte.
Al respecto, podrían algunos decir que bueno, ¿a quién le importa que la gente esté “llenita” si no le hace mal a nadie? Bueno, pues resulta que una persona obesa no sólo tiene complicaciones ella, sino también genera un conjunto de efectos y costos en su entorno (los economistas les llaman a esos efectos negativos “externalidades negativas”) que representan en la mayoría de los casos costos financieros, no sólo para las propias personas que padecen esta enfermedad incapacitante, sino también a su familia y a la sociedad.
Se preguntarán ¿por qué a la familia y a la sociedad? Primero que nada porque finalmente al quedar incapacitados por las enfermedades provocadas por la obesidad, entonces la persona no sólo no podrá trabajar y generar un ingreso a su familia, sino que ocasionará costos directos e indirectos por su atención. Esto quiere decir que algún familiar tendrá que dedicar parte de su tiempo, que pudo dedicar a trabajar y generar ingresos, a cuidar a esta persona, por lo que las pérdidas económicas se van sumando. En segundo lugar, porque al resultar incapacitado y dejar de ser una persona económicamente productiva, deja de aportar recursos para financiar al estado vía impuestos, debido a que ya no trabaja y además, requerirá de la atención de los servicios médicos que provea el estado, en el caso que no pueda pagárselos ellos mismos, o su familia o no haya contado con un seguro de gastos médicos mayores que cubra dicha enfermedad (y sus complicaciones).
Entonces tenemos que ser obeso representa no sólo el problema de la persona que padece esta enfermedad, sino que también genera costos financieros y sociales muy importantes, le resta capacidad productiva al país y hace que se deban de distraer recursos que pudieran servir para atender otras prioridades del país, para atender los padecimientos derivados de la obesidad.
Ahora bien, la pregunta del millón: ¿qué podemos hacer?
Primero que nada, debemos empezar a reprogramarnos desde los hogares. Es en el hogar donde aprendemos cómo y qué comer. Aquí es en donde los padres y madres de familia deben tomar conciencia sobre la manera en la que están alimentando a sus hijos. El reto es crear hábitos alimenticios sanos con poco dinero, ya que de nada sirve prohibir la venta de comida chatarra en las escuelas si en sus casas se las dan todos los días.
Segundo, es muy, pero muy importante activarse, hacer ejercicio. Sabemos que el estilo de vida en este momento favorece al sedentarismo y deja poco tiempo para hacer ejercicio. Aquí es muy importante aprovechar al máximo el poco tiempo que se tenga disponible y dedicarle al menos unos quince minutos al día para hacer ejercicio. ¿Cuántas horas le destinamos al día a las redes sociales, a ver la televisión o a jugar juegos de videos? ¿No se le podrían restar quince minutos para hacer ejercicio? Hay distintos deportes que pueden hacerse fácilmente en casa o en cualquier lugar, como el ejercicio funcional, que no es más que el tipo de movimientos que nos ponían en la escuela en la clase de deportes.
Creo que finalmente para atender el problema de salud pública (problemón) que representa la obesidad, tenemos que entrarle todos, desde las autoridades federales y locales, con programas integrales que regulen la oferta de alimentos chatarra en las escuelas, sino también que se diseñen programas de sensibilización de los niños, pero sobre todo, de los padres sobre la importancia de aprender a alimentarse mejor. Es importante que también se diseñen políticas públicas que permitan que las personas accedan a una canasta más amplia de alimentos sanos a precios accesibles y no sea un lujo que pocos puedan pagar. Sin embargo, lo más importante, es que las personas tomen conciencia sobre la importancia de cuidarse, alimentarse bien y hacer ejercicio, por el bien de ellos, de su familia y del país.