Gimnasio para ejercitar el civismo

Piolo Juvera · 4 de enero de 2012

Gimnasio para ejercitar el civismo

Hace dos meses me inscribí a un gimnasio pequeño y austero cerca de mi casa. No es que me encante hacer ejercicio, pero necesitaba bajar de peso y visitarlo cuatro veces por semana sin duda me ayudó a conseguirlo. Además, el coctel de endorfinas que te genera la actividad cardiovascular es sumamente gozoso. Éste, aunado a la satisfacción de haber logrado salir a la fría calle antes que el sol, te hace sentir que eres capaz de alcanzar cualquier meta (por lo menos mientras dura el efecto).

Ya en otras ocasiones había pasado por situaciones similares. Alguna vez incluso me sumé a uno de esos gimnasios carísimos creyendo que la membresía incluía lujosas dosis de fuerza de voluntad. Así que, nuevo, nuevo, lo que se dice nuevo en estos menesteres del ejercicio obligado no soy. Sin embargo, al entrar a este último gimnasio hubo algo que me llamó la atención. No fueron ni los aparatos (que distan de ser los más nuevos), ni la música (que es tan mala como en cualquiera), ni —definitivamente— las instalaciones de los baños (que sólo me he visto orillado a utilizar cuando me quedo sin agua caliente en casa). Sino ciertas prácticas de cordialidad que se replican naturalmente entre usuarios y empleados.

Por poner dos ejemplos: hay atomizadores con líquido limpiador y trapos colgados por doquier, y cada que alguien termina de utilizar un aparato lo limpia con éstos y los devuelve a su lugar; además, es habitual que cuando alguien sale de los vestidores les desee un buen día a los demás, aunque sean las únicas palabras que profiera durante su estancia en las instalaciones. A mí nadie me dijo que así funcionaba, ni cuando me inscribí, ni en un folleto, ni en letreros, ni nada. Lo vi y me pareció natural replicarlo. Y parece que a la mayoría le pasa igual. Ven una práctica común y la repiten. Muy en la onda de “adonde fueres haz lo que vieres”. Lo que me parece genial es que son prácticas positivas que se van contagiando, esparciendo cual virus bondadoso. Y me ilusiona pensar que así podría ocurrir en las oficinas, en tu calle, en los departamentos, el barrio, la ciudad, el país, el mundo…

Sé que suena fantasioso, pero es una cuestión de constancia y de paciencia, creo. De pensar qué hábitos nos gustaría que nos copiaran los demás. De imaginar que siempre hay un niño viéndonos que aprenderá a partir de nuestras acciones. Y las imitará. De esforzarnos para que ese niño imaginario nos mire separar la basura, saludar cordialmente a los vecinos, respetar reglas, autoridades, peatones, automovilistas, mujeres, hombres, religiosos, ateos, animales no humanos, al planeta, a la naturaleza. Lamentablemente las malas prácticas también se contagian y se arraigan (quizá más fácil y rápido). Se vuelven lo normal, lo común, y después es una bronca desaprenderlas. Entonces, parece que la vía necesaria es advertir y castigar. Reprender en lugar de reaprender.

El segundo día del año, justo después de ir pensando en este post, entré al gimnasio y me llevé la mala sorpresa de que habían aparecido estos letreros.

 

Seguramente bastó un par de inconscientes sudoríparos para que los tácitos lineamientos en pos de la cordialidad cedieran paso a molestas advertencias explícitas que apestan más que el sudor no limpiado. Obviamente sigo utilizando trapo y atomizador y despidiéndome cortésmente, pero ya nos es igual, algo cambió. Cuando te tienen que explicar el chiste ya no tiene chiste.

Como sea, tengan todos un límpido y amable inicio de año. Sirva la época de pretexto para poner en forma nuestro civismo.