Redacción Animal Político · 15 de mayo de 2024
Escribo estas líneas mientras los tanques y aviones estadounidenses, con bandera israelí, empiezan su bombardeo sobre cientos de miles de personas, niñas, niños, mujeres y hombres civiles en Rafah, ciudad al sur de Gaza y último espacio de resguardo para más de 1 millón y medio de personas. Hay un argumento climático para leer y entender mejor lo que está suciediendo con el genocidio del estado de Israel contra el pueblo palestino.
Contrario a lo que ya se ha escrito sobre el impacto climático de las emisiones de las bombas, el escombro y la remoción de vegetación en Gaza, todos estos argumentos reduccionistas y terriblemente insensibles frente a la tragedia humanitaria que se ha provocado, no hacen falta conteos de CO2 para considerar a este genocidio como un desastre climático.
El genocidio en Gaza es la nueva y más fehaciente prueba del fracaso de las instituciones y sus líderes en occidente. Su desinterés frente al dolor humano y la barbarie violenta y visceral, lejos de cumplir la promesa del orden liberal tras la segunda guerra mundial de “nunca más” permitir ese horror, se han convertido en los facilitadores y financiadores de un nuevo genocidio.
Estos últimos siete meses dejaron en letra muerta los tratados y convenciones que buscan proteger los derechos humanos y las vidas de miles de personas, han sido incapaces de frenar una masacre que hoy acumula más de 34 mil muertos, de ellos más de 14 mil son niñas y niños. Ha sido el genocidio con mayor cobertura: vemos caer el misil y a las familias llorar en tiempo real. El valiente trabajo de periodistas que han puesto su vida al servicio de la información no nos ha permitido voltear a otro lado y las autoridades de Israel lejos de esconder la cara han insistido en justificar la masacre de la que todos somos testigos. Un genocidio visible, con impactos cuantificables, con responsables al descubierto, con la desprobación de millones de personas en el mundo, incluso muchas al interior de Israel, y las instituciones no pueden, no quieren o simplemente facilitan su continuación. Aquí es donde llega la intersección climática.
Son precisamente las mismas instituciones en las que hemos confiado para enfrentarse a la crisis climática. Las Naciones Unidas, incluso a pesar de las condenas del secretario general, Antonio Guterres, tanto al genocidio como al avance de la crisis climática, han probado estar cooptadas por el diseño institucional y la posibilidad del veto y la censura (principalmente de los Estados Unidos). Las instancias humanitarias de este mismo organismo han sido vandalizadas por colonos en Jerusalén y atacadas por el ejército de Israel sin consecuencias; lo mismo ha pasado con organizaciones de ayuda humanitaria con reconocimiento internacional, como World Central Kitchen, cuyos miembros fueron asesinados con misiles de alta precisión. Lejos de ser el garante de la libertad que gusta presumir, Estados Unidos y su presidente “progresista” se han convertido en los principales promoventes de esta masacre de civiles facilitando armas, dinero e impunidad a nivel internacional. Occidente, sus países y sus líderes han fallado rotundamente. Las máscaras se han retirado y hoy tenemos la certeza de que, como dice Nemonte Nenquimo en el título de su próximo libro, “No seremos salvados”.
Por décadas nos han dicho que hay razones para el entusiasmo e incluso para la esperanza en las negociaciones internacionales sobre el cambio climático. Nos han dicho que hay voluntad de las empresas y países por acceder a compromisos de reducción de emisiones y de reforma en sus procesos de extracción y consumo. Hemos visto cómo pasan 28 conferencias (COP) y apenas fue en la última de ellas que se mencionó la responsabilidad que tienen los combustibles fósiles en la crisis climática, algo que la ciencia ha documentado desde finales del siglo XIX. El genocidio en Gaza nos muestra que nada de esto es un accidente o torpeza en la capacidad de negociar entre las naciones y las empresas responsables del ecoicidio, o terricidio como explica Tornel en su reciente columna. Gaza es el final de nuestra inocencia, es un duro y terrorífico despertar.
Si el genocidio -con las imágenes al alcance de nuestras manos, con los perpetradores reconociendo y defendiendo su violencia- no ha sido detenido y lejos de ello se les defiende con violencia y con el desmantelamiento de derechos en Estados Unidos, no existe razón alguna para creer que esas mismas instituciones y países servirán de algo en el terreno climático, particularmente, cuando la tragedia viene por parte de sequías extremas, olas de calor o huracanes de proporciones inéditas, todos estos desastres en los que la responsabilidad se diluye en el eufemismo de un fenómeno global provocado por un modelo económico con 150 años de quema de combustibles fósiles y 500 años de lógica de explotación colonial. Ya hemos vivido muchos desastres que podríamos llamar señales de alerta inequívocas del colapso del clima, por nombrar algunos pocos de los más relevantes y con implicaciones globales: la sequía extrema de Siria, los incendios de la Amazonía, el derretimiento del hielo polar, el blanqueamiento de más de la mitad de la Gran Barrera de Coral, el descongelamiento del Permafrost, etc. Cualquiera de estos casos por sí solos debieron ser la prueba necesaria para dejar la simulación y pasar a la acción. Confiar en ellos, no sólo es ingenuo sino sumamente peligroso.
Pero Gaza y el pueblo palestino no solo nos han quitado un velo frente a la hipocresía criminal de occidente, también nos dan claves para la resistencia y un poderoso ejemplo para redefinir lo que entendemos por esperanza. La primera resistencia ha estado en habitar el territorio y defenderlo pese a las múltiples agresiones durante más de 60 años, Palestina vive y vivirá pese al proyecto colonial sionista de borrarlos. Su bandera es ahora un ícono internacional de resistencia, pues su esperanza es nuestra resistencia y su resistencia es nuestra única esperanza. Hemos removido completamente a figuras abstractas e intermediarios que enturbian y confunden nuestro objetivo. El costo que ahora pagan es enorme, con sus vidas y las de sus hijas e hijos, pero de esta digna resistencia han surgido nuevas, descentralizadas, auto-organizadas, lejos del lugar de impacto pero igualmente efectivas.
Los muchos abajos están poniendo presión a las estructuras de poder que facilitan el genocidio. Salirse de los cauces y formas institucionales que nos han enseñado ha probado tener efectividad. La acción directa contra una fábrica de armas en Reino Unido ha llevado a su cierre. La resistencia Hutíe ha obligado el rediseño de rutas de transporte de armas para avanzar el genocidio a un costo enorme para los criminales de guerra. Y naturalmente están las protestas estudiantiles que han inyectado esperanza a quienes sobreviven las metrallas y bombardeos israelíes. Estas resistencias han provocado que Estados Unidos voltee sus armas y su violencia hacia sus propios estudiantes y profesores, en la desesperación por mantener el status quo que facilita la impune destrucción de cuerpos y territorios, convirtiendo a las universidades en el enemigo. Dice Hannah Arendt que la violencia aparece cuando el poder está amenazado; el giro a la violencia no es un reflejo de poderío sino lo contrario. Han perdido completamente la capacidad de controlar y ahora deben golpear a los mismos jóvenes de los que dependen para ganar la elección presidencial dentro de pocos meses.
Frente a la crisis climática, cuyos orígenes coloniales son los mismos que los que propiciaron el genocidio del pueblo palestino, la única resistencia posible son las mismas formas de organización y resistencia que hoy representan la mayor posibilidad de detenerlo. Que nadie siga esperando nada por la voluntad de aquellos que se sientan a la mesa de lo verdugos y les compran sus planes de más extracción fósil o les venden las armas para continuar con su exterminio. Perdamos de una buena vez la fe en lejanas discusiones y cumbres que repiten medias verdades y mentiras completas. Volteemos a la rebelión y a la acción directa que se gesta en nuestras comunidades, escuelas y espacios de trabajo. La verdadera y única esperanza está en la organización.
* Pablo Montaño (@PabloMontanoB) es guionista y productor de El Tema, coordinador de Conexiones Climáticas (@CClimaticas).