Género y salud sexual integral: una conversación incómoda pendiente

Redacción Animal Político · 26 de julio de 2023

Género y salud sexual integral: una conversación incómoda pendiente

No conformes con que en nuestra sociedad seguimos “confundiendo”, “malentendiendo”, o deliberadamente negándonos a comprender las diferencias entre sexo y género, seguimos resistiéndonos a dialogar hacia asumir lo fuerte del impacto que las trampas de estas imposiciones y mandatos tienen en las diversas esferas de nuestras vidas y relaciones.

Y qué decir de lo poco que logramos dimensionar esto en términos de salud, y particularmente, de salud sexual, con la cual también tenemos una relación muy lejana, tenemos igualmente muy incomprendida y nada valorada.

Para abrir esta conversación sobre cómo el género como constructo social impacta en la salud sexual de las personas, vale la pena comenzar por diferenciar de una manera simple sexo y género, para luego definir a qué se refiere la salud sexual.

Recordemos que el sexo se refiere a las características físicas, biológicas, cromosómicas, gonadales, hormonales y anatómicas de una persona, es decir, ese cuerpo con el cual todos los seres de la especie humana nacemos, es un cuerpo sexuado, y tiene ciertas características y funciones según se nace con una u otra corporalidad y genitalidad.

El género, por su parte, es el elemento social con el cual “pintan” (de rosa o azul, al menos en nuestro binarismo social) nuestros cuerpos sexuados. El género tiene que ver con una serie de roles, encargos y expectativas sociales, estándares de belleza y comportamientos, así como un arsenal de creencias que se construyen y cobran vida en la sociedad, y que marca de alguna manera las “fronteras” entre los géneros, diciendo de dónde a dónde se puede o no vivir una persona en su identidad.

Ahora, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la salud sexual “es un estado de bienestar físico, mental y social en relación con la sexualidad, la cual no es la ausencia de enfermedad, disfunción o dolencia (…), requiere un enfoque positivo y respetuoso de la sexualidad y de las relaciones sexuales, así como la posibilidad de tener experiencias sexuales placenteras y seguras, libres de toda coacción, discriminación y violencia”.

Para que dicho estado de bienestar integral se logre y mantenga, menciona, “los derechos sexuales de todas las personas deben ser respetados, protegidos y ejercidos a plenitud”.

Y aquí es donde comienza lo interesante: cómo puedo alcanzar esa plenitud y ese estado de bienestar físico, mental y social relacionado con mi sexualidad, en una sociedad que me ha dicho desde pequeña cómo debo verme y cómo debo comportarme; que mi cuerpo no es mío, que yo no lo puedo tocar ni disfrutar, que no puedo decidir sobre él, pero otros sí; que no es suficientemente bello tal cual es, que tiene que estar siempre delgado y depilado, y de preferencia que luzca joven eternamente; que mi autonomía decisional, erótico-sexual e identitaria está mal, y que ejercerla me resta valor; que mi cuerpo y placer es para el placer de otros (pero que si lo violentan, es mi culpa porque yo lo habré provocado), que una “buena mujer” no anda “de loca”; que mi proyecto de vida debería ser cuidar de otras personas; que ser madresposa, callarme y verme bonita, es para lo que “vine al mundo”.

Y cómo afecta todo esto, a la salud sexual de las personas, te preguntarás.

Se sabe que muchos padecimientos de salud mental, que finalmente impactan también en la salud sexual, son mayormente vividos por mujeres. Temas de salud mental como la depresión y la ansiedad, así como muchos trastornos de la conducta alimentaria, son mayormente padecidos por identidades que se ven atravesadas por el género femenino. Los trastornos afectivos y de ansiedad son más frecuentes en mujeres, mientras que los trastornos por uso de sustancias son más frecuentes en hombres.

Y tiene sentido ya que, desde la construcción del género, me pregunto cómo se podrá vivir salud sexual y mental plena con los encargos de las masculinidades que ya se sabe que aún operan en nuestra sociedad. Personas que se viven desde la masculinidad con ansiedades por no ser “suficientemente hombres”, encapsulando sus emociones aflictivas, atendiéndolas con consumos problemáticos de alcohol y otras sustancias o conductas de riesgo, viviendo profundas depresiones silenciadas por los machismos cotidianos que les impiden buscar ayuda o apoyo de algún tipo y, muchas veces, estas terribles trampas de la masculinidad hegemónica, llegan a tristes finales que acaban en la pérdida de vidas, ya sea por suicidios, accidentes u homicidios, pero finales terribles a manos del machismo patriarcal.

De ahí la importancia de hablar de cómo todo esto que se nos ha enseñado sobre lo que se espera de las personas en función del “ser hombre”, del “ser mujer”, y en general, del ser cualquiera de las diferentes vivencias en las que nos habitemos, permea en cómo justamente en quiénes somos y cómo construimos relaciones. Desmontar nuestras propias trampas de las imposiciones del género nos permite contemplar qué tanto podemos estar viviendo o perpetuando violencias, qué tanto estamos habitando nuestras cuerpas e identidades con placer, a plenitud, y qué tanto se nos está realmente permitiendo, o nos estamos permitiendo vivir ese bienestar integral pleno, esa salud sexual integral, a la cual todas las personas tenemos derecho.

* Akiko Bonilla (@AkikisB) es consultora y conferencista en @ADILdiversidad, especialista en temas sobre sexualidad, salud sexual, género y violencia.