Joel Aguirre · 23 de julio de 2026
Son tres las verdades universales que identifico hoy en día: pagamos impuestos, en algún momento perdemos (hasta la Selección Mexicana de Futbol jugando de local) y, si bien nos va, envejecemos en el camino. De las tres, la del envejecimiento es la que menos entendemos, y la historia de Jorge, un mexicano promedio, lo demuestra.
Jorge tiene 74 años, jubilado desde hace una década, y siempre se sintió orgulloso de una fuerza que nunca le había fallado: cargaba las bolsas del súper sin ayuda y subía escaleras sin sujetarse del barandal. Cuando su médico le sugirió una densitometría de rutina, aceptó más por costumbre que por preocupación: siempre tuvo más músculo que la mayoría de sus amigos.
Los resultados lo sorprendieron. Su masa muscular seguía siendo mayor, en términos absolutos, que la de muchas mujeres de su edad. Pero la evaluación completa de densitometría, fuerza de prensión manual y desempeño físico lo clasificó con un grado moderado de sarcopenia, esa pérdida progresiva de músculo y funcionalidad que antecede a caídas y hospitalizaciones. La pregunta de Jorge es la que llevo meses respondiendo: sí siempre tuve más fuerza que casi todos, ¿por qué envejezco igual, o peor, que ellos?
Durante años se ha relacionado la severidad de la sarcopenia con el género: estudios internacionales señalan que las mujeres son más propensas a presentarla en su forma más severa.
Hoy, con evidencia generada en México en un estudio que lideramos desde Koltin junto con el Instituto Nacional de Geriatría, ese supuesto se pone a prueba. Al analizar quién presenta sarcopenia más severa, el factor que realmente importa es la edad, no el sexo. Lo que en otros países aparece como factor de riesgo, en la población mexicana dejó de serlo al controlar las demás variables.
Los hombres como Jorge llegan a la vejez con más reservas, como quien acumula ahorros toda la vida: mayor masa y fuerza muscular en cada etapa. Al ajustar los modelos por edad, índice de masa corporal y enfermedades crónicas, esos ahorros dejaron de comprar protección. El sexo perdió peso como factor de riesgo; fue la edad, sin distinción de género, la que empujó a hombres y mujeres por igual hacia formas más severas del padecimiento.
Analizamos, en una misma cohorte de adultos mayores mexicanos, los tres pilares con que se diagnostica formalmente la sarcopenia según los criterios internacionales vigentes (EWGSOP2), algo poco común de integrar simultáneamente en la geriatría del país. Nosotros lo hicimos y publicamos los resultados en la revista científica internacional Geriatrics.
Decir “no es tu género, es tu cumpleaños” es todavía una simplificación cómoda. Que la edad domine no significa que ya sepamos qué representa biológicamente esa edad. Una persona de 70 años puede tener músculos y metabolismo que responden como los de alguien diez años mayor, o menor, según variables que la fecha de nacimiento no captura: inflamación crónica, actividad física acumulada, genética, historia nutricional. Este hallazgo no cierra esa pregunta, la abre: sienta un precedente para investigar, en población mexicana, la edad biológica.
La historia de Jorge revela un problema metodológico más profundo: casi todo lo que la medicina sabe sobre cómo diagnosticar la sarcopenia proviene de criterios diseñados en Europa, sobre cuerpos que no comparten la estatura ni la historia nutricional de un adulto mayor en nuestro país. Ya pasó con la diabetes tipo 2: estudios en Asia revelaron que comunidades enteras la desarrollaban con índices de masa corporal considerados normales en Europa. Aplicar esas reglas equivale a medir a Jorge, y a millones como él, con una regla ajena.
México ha construido buena parte de su comprensión del envejecimiento por préstamo: tomamos consensos redactados en Bélgica o el Reino Unido y los trasplantamos, con fe casi ciega, a nuestros consultorios. Funciona bien para muchas condiciones, pero se vuelve frágil con el músculo, el hueso y la funcionalidad, variables que dependen de la genética, la epigenética, la dieta ancestral y la actividad física acumulada. Lo que envejece a un cuerpo europeo no envejece igual a un cuerpo mestizo mexicano, ni al de Jorge.
Detrás del caso de Jorge hay algo más grande que un diagnóstico: la evidencia de que el diseño de los sistemas de salud debería partir de la ciencia y los datos propios, no solo de supuestos heredados. Generar la evidencia que faltaba no es un lujo académico: es la materia prima con la que se diseñan coberturas, protocolos clínicos y tamizajes pensados para el cuerpo y envejecimiento mexicano. Este primer estudio es una invitación: que el resto de las instituciones de salud en México se atreva a romper el abordaje puramente comercial y genere innovación desde sus propias entrañas, con investigación seria detrás de cada decisión clínica.
Jorge no perdió sus ahorros por descuido ni por mala suerte. Los perdió porque nadie le había explicado que el tipo de cambio con el que se mide la vejez en México todavía no había sido calculado con moneda propia. Empezamos a calcularlo, y lo primero que revela es esto: no es tu género, es tu cumpleaños.
El verdadero reto apenas comienza. Entender qué significa, biológicamente, cumplir años, y diseñar con esa ciencia la atención que nuestros pacientes merecen, es apenas el primer capítulo de una pregunta que México está empezando a hacerse en serio. En las próximas columnas contaré cómo empezamos a ahondar en la edad biológica que se esconde detrás del cumpleaños de Jorge. Porque las otras dos verdades no dan tregua, pero esta sí: pagamos impuestos, a veces perdemos y, si bien nos va, envejecemos en el camino.♦
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*Daniel Pando es químico farmacéutico biólogo por la UNAM, con maestría en Administración de Sistemas de Salud y Especialidad en Economía de la Salud y Farmacoeconomía. Es director de Salud Poblacional en Koltin y miembro de la Young Healthy Longevity Medicine Society. Su trabajo integra evidencia científica, innovación y economía de la salud para desarrollar modelos de geromedicina de precisión que promuevan un envejecimiento más saludable.