blogeditor · 21 de abril de 2017
En esta América en tiempos de cólera, en esta América de Naranjito Pichacorta, usted, yo, el público en general nos hemos vuelto ganado menor.
Aclaro, antes que se produzca un malentendido. No culpo directamente a Naranjito de la ganadización ciudadana. Eso viene antes, y lo explicaré -o al menos eso intentaré. Pero sí afirmo que en estos tiempos de post verdades y hechos alternativos, la despersonalización del individuo se nos hace más evidente, se nos exhibe con mayor brutalidad porque no hay contrapeso, no hay una voz que provenga de autoridad alguna que subraye la condición selvática en que nos movemos.
Veamos dos hechos recientes:
1- Un individuo cualquiera, un miembro más del gran público, es expulsado con lujo de violencia de un avión comercial por cuyo asiento había pagado. El posterior escándalo mediático, el impacto del mismo en la aerolínea que de forma tan inhumana y humillante trató a un cliente, es secundario. Hay que centrarse en el hecho: el abuso, la deshumanización, la violencia.
2- Un anciano es asesinado de un disparo en la cabeza, a plena luz del día, en la vía pública, por un desquiciado que transmite el hecho en vivo por Facebook; el individuo continúa la transmisión sin interrupción alguna, dando a entender que ha hecho lo mismo en anteriores ocasiones, y que continuará haciéndolo. De nuevo, la persecución policial y el eventual y tal vez inevitable final, en el que el criminal se suicida, son elementos secundarios. Los hechos iniciales son los importantes: la despersonalización, el abuso, la violencia indiscriminada.
Hay un tercer elemento que liga ambos hechos, aparentemente independientes entre sí – la presencia invasora, inescapable, de un medio: teléfonos que graban (microportal) y transmiten (macrodifusión).
El planteamiento de fondo al que quiero llegar es aterrador: hay una verdad brutal en el planteamiento de los fake news: la información – procesada, reporteada, editada, cotejada con hechos, investigada – a través de medios tradicionales se vuelve cada vez más irrelevante. Sólo llega a un público informado, y esa es casi una especie en vías de extinción.
La revolución tecnológica del siglo XXI hace del individuo emisor y filtro de la información. El individuo es dotado con un poder tremebundo. Es tremebundo no sólo por su inmediatez y su capacidad de volverse viral en capacidad de segundos, sino porque casi sin excepción la emisión carece de contexto, carece de parámetros éticos o morales. Es brutal, es directa, es adictiva.
Veamos al pobre individuo arrastrado como una res por el pasillo de un avión, con la nariz sangrante, gritando, aterrorizado, abusado, vejado injustamente. No me consta que alguien se haya levantado en su defensa (y si alguien lo hizo, no se habla de ello); pero todos los filmaron y lo subieron a redes. No había interés en hacer justicia, en defender a la víctima; había interés en no perder un segundo de la acción.
Veamos al pobre individuo asesinado sin motivo alguno, en plena calle. Aquí no es el público el partícipe. El asesino actúa solo. Y filma todo. Y lo transmite. Se asume como divinidad, quita la vida, concede últimas palabras, y luego pontifica. El teléfono, y la transmisión en vivo vía Facebook, se convierten en su Biblia, en su Evangelio. En una mano lleva el poder devastador del arma de fuego, en la otra mano el poder aún más devastador de la transmisión masiva.
El periodista español Manuel Jabois escribía hace poco en el diario El País sobre esta segunda víctima. Para no citarlo mal, lo parafraseo en la pregunta: ¿y la víctima, apá? Las noticias posteriores a cada hecho se centraron en muchas cosas, todas por cierto verdaderas: el debacle bursátil de United Airlines, el debate sobre la desaparición de la cultura de atención al consumidor, el escándalo en redes, la persecución policial, etcétera, etcétera.
Pero, ¿y las víctimas? Han sido victimizadas dos veces: por quienes los vejaron, y por quienes los ignoraron posteriormente.
Como apunte adicional, señalo a Facebook y a Mark Zuckerberg. No puede Facebook – o cualquier red social, puestos a decirlo – evadir el tema. No puede simplemente decir que es un mero punto de transmisión. Y no puede porque si es capaz de censurarme – lo ha hecho cuatro veces – porque he subido a mi muro una pintura que representaba un desnudo, entonces puede también intervenir para no difundir un contenido violento, o para establecer ciertas reglas sobre las transmisiones en vivo (las cadenas de televisión tienen reglas y procedimientos para transmisiones en vivo, no es tan complicado).
Lo que me sigue preocupando es que precisamente por ese poder sin represa de las redes sociales y de la alta tecnología disponible en la palma de la mano, la despersonalización de las víctimas – sean éstas víctimas de una broma pesada, un mal trato comercial, un abuso físico, sexual, o mental, o inclusive de un crimen violento – va en aumento. Somos, a los ojos de la indiferente cámara de los teléfonos, ganado menor. Prescindible, irrelevante, indistinguible.