Mexicanos Primero · 5 de noviembre de 2026
Por Maura Rubio Almonacid*
En Francia, las protestas estudiantiles comenzaron en septiembre en un liceo de la periferia de París. En un entorno marcado por la desigualdad socioeconómica, jóvenes de educación media superior salieron a las calles para denunciar la falta de docentes y personal, exigir mejoras en la infraestructura y demandar recursos que garantizaran condiciones dignas de estudio. En poco tiempo, lo que se inició como una exigencia local se convirtió en el catalizador de una ola de movilizaciones estudiantiles a la que se sumaron otros grupos sociales.
En el fondo, con estas movilizaciones, los jóvenes defienden su derecho a aprender. Estudiantes de distintas generaciones que cursan desde la educación básica hasta la educación superior tienen expectativas y preguntas sobre la educación y la forma en que esta contribuirá a construir el mundo que les tocará vivir. ¿Para qué educarse en una época tan desafiante, en la que los certificados escolares ya no garantizan por sí solos un mejor futuro?
La cuestión cobra especial relevancia en el momento actual. Al concluir el primer cuarto del siglo XXI, las sociedades enfrentan transformaciones de enorme magnitud. La inteligencia artificial y la robótica están cambiando el mundo del trabajo y la producción. Nuevas tecnologías aparecen y se difunden a una velocidad sin precedentes. Las instituciones democráticas se debilitan y hay fuertes tensiones sociales. La violencia limita oportunidades y proyectos de vida en numerosas comunidades. Los problemas de salud mental afectan cada vez más a la infancia y la juventud. Al mismo tiempo, la crisis ambiental global genera crecientes sentimientos de incertidumbre y ecoansiedad entre niñas, niños y jóvenes, dificultando la construcción de proyectos de vida y la confianza en el futuro.
Frente a este panorama, es ineludible preguntarse por el sentido de la educación. ¿Para qué educar en una época marcada por la automatización y la incertidumbre?
A lo largo del tiempo, la educación se ha concebido como preparación para la vida adulta y especialmente para el empleo. Ambas funciones son importantes, pero insuficientes para definir sus propósitos. La educación es el puente que une el presente con el porvenir de las personas y las sociedades. Forma a quienes habrán de convivir con tecnologías que aún no existen, resolver problemas que apenas vislumbramos y tomar decisiones cuyas consecuencias repercutirán en generaciones enteras.
La formación de las nuevas generaciones requiere un enfoque integral que les permita comprender su entorno y dar sentido a sus aprendizajes. Ello supone desarrollar capacidades para aprender de manera continua, adaptarse al cambio, analizar problemas, tomar decisiones responsables y convivir pacíficamente con otros. Estas herramientas son esenciales para construir proyectos de vida y participar activamente en sociedades más justas, sostenibles y democráticas.
Esta discusión no es nueva, pero ha adquirido una urgencia distinta. Organismos internacionales como la OCDE y la UNESCO han insistido en revisar los propósitos de la educación ante los desafíos contemporáneos. Sus propuestas coinciden en la necesidad de formar personas capaces de comprender el mundo, actuar con responsabilidad, resolver problemas complejos, convivir con otros y construir proyectos de vida con sentido. En conjunto, estas reflexiones subrayan que la educación debe contribuir no solo al desarrollo económico, sino también al bienestar humano, la cohesión social y la construcción de futuros más justos y sostenibles.
En este marco, los aprendizajes fundamentales son indispensables. Leer y comprender, razonar matemáticamente y desarrollar conocimientos científicos constituyen la base para interpretar el entorno, ejercer la autonomía y participar plenamente en la vida social. Sin estos fundamentos, muchas de las capacidades que hoy consideramos necesarias para afrontar los desafíos del siglo XXI quedan fuera del alcance de quienes no han tenido oportunidades suficientes para aprender.
Sin embargo, mientras deliberamos sobre el sentido de la educación, millones de niñas, niños y adolescentes siguen sin alcanzar estos aprendizajes fundamentales. Los resultados de PISA muestran que las dificultades para garantizarlos persisten en buena parte del mundo y reflejan la persistencia de una deuda con el derecho a aprender.
A la vieja pregunta de cómo orientar la educación hacia el futuro habría que añadir otra: ¿qué capacidad tienen los sistemas educativos para hacer realidad esos propósitos? Las manifestaciones estudiantiles en Francia pusieron este tema sobre la mesa. Disponer de recursos, planes de estudio o programas de apoyo es insuficiente. Se requiere capacidad institucional para identificar las necesidades de las escuelas, orientar los recursos a donde más se necesitan, fortalecer el trabajo de docentes y directivos, utilizar la información sobre los aprendizajes para corregir el rumbo y asegurar la continuidad de las políticas. Un sistema educativo que garantiza el derecho a aprender es también un sistema capaz de aprender de sus propias decisiones y mejorar continuamente.
Las protestas en Francia dejan, además, otra lección importante: las y los estudiantes no son únicamente destinatarios de las decisiones de las autoridades. Tienen preguntas, preocupaciones y propuestas sobre su presente y su futuro. Escucharlos significa reconocer su derecho a participar en las decisiones que afectan su educación. Una educación que aspira a formar personas autónomas y con capacidad de agencia abriría espacios para que esa participación se ejerza desde la escuela.
Revisar los propósitos de la educación es necesario, pero más importante aún es hacerlos posibles para todas y todos. La autonomía, la convivencia democrática, la participación y el florecimiento humano requieren conocimientos y capacidades que solo pueden desarrollarse mediante oportunidades de aprendizaje sostenidas y equitativas. Por eso, garantizar el derecho a aprender es una obligación del Estado y una responsabilidad central de los sistemas educativos.
El futuro de la educación se define por aquello que somos capaces de garantizar en el presente. Mientras haya niñas, niños y adolescentes que no desarrollan los aprendizajes fundamentales, el derecho a aprender seguirá siendo una promesa incumplida. Hacerlo realidad exige sistemas educativos con la capacidad institucional necesaria para convertir los grandes propósitos de la educación en oportunidades efectivas de aprendizaje para todas y todos. De ello depende no solo el futuro de la educación, sino también el de las nuevas generaciones y las sociedades que habrán de construir.♦
*Maura Rubio Almonacid es directora de Investigación, Mexicanos Primero.