#FueraDeControl: seguridad y pandemia

blogeditor · 5 de junio de 2020

#FueraDeControl: seguridad y pandemia

La seguridad pública es un asunto político. Los responsables de la seguridad tienen nombre y apellidos y, en democracias como la mexicana, compiten en las urnas por esa responsabilidad, entre otras. Los aciertos—cuando los hay— y los errores —la mayoría de las veces— se pueden, se deben atribuir a líderes políticos específicos. Estos líderes toman todas las decisiones importantes: cuáles son las prioridades, quién estará a cargo de ejecutarlas y, en la práctica, cuánto presupuesto habrá de asignárseles —formalmente los congresos tendrían algo que decir al respecto, pero la experiencia enseña que tienden a ser excesivamente respetuosos de las propuestas del Ejecutivo en la materia. Estos líderes electos suelen tener poca experiencia en la materia —los policías y fiscales no se presentan como candidatos, en general— y tienden a tratar de pasar la menor cantidad de tiempo posible en esos asuntos, pero al final del día son responsables de lo que hacen o dejan de hacer sus policías y fiscales, incluyendo, por ejemplo, enterrar la investigación del asesinato de un detenido a manos de policías municipales hasta que se vuelve un escándalo y motor de protestas, como ocurrió en Jalisco.

Las pandemias, COVID-19 ahora, pero también las anteriores y futuras, también son un asunto político. Los responsables últimos de proteger a la mayor cantidad de personas posibles del contagio y la muerte tienen nombre y apellidos y compitieron en las urnas por esa responsabilidad. Esos líderes electos determinan las prioridades —la salud vs. la economía, en este caso— y designan a los responsables de alcanzarlas. Deciden también el presupuesto que habrá de dedicarse a ello o más bien, en la coyuntura actual, el que no se puede reasignar porque hay otras prioridades. Y como en el caso de la seguridad, los líderes electos tienden a ser más bien ignorantes de los asuntos —los médicos, los epidemiólogos no suelen presentarse como candidatos, o ganar— y prefieren también mantenerse lejos de esos temas, lo que es más fácil porque las pandemias son eventos que no ocurren muy seguido pero cuando de hecho ocurren, estos líderes son responsables de que, en lugar de 6 mil fallecidos, haya 30 o 35 mil o los que se sumen, como ocurre en México.

Dado que los responsables últimos de estos estrepitosos fracasos —a pesar de sus mejores esfuerzos de poner capas de subordinados entre los problemas y ellos— son líderes políticos, no debe sorprender a nadie que sus respuestas sean esencialmente políticas. Y por respuestas políticas me refiero a lo que se entiende tradicionalmente como hacer política en una democracia: impulsar un proyecto político, veces ideológico, por vía de maximizar el apoyo popular para el líder y sus acólitos afines y minimizar el que reciben sus adversarios. Veces esto se logra por vía de políticas públicas exitosas y beneficios concretos para grupos de población particulares, pero para los fines la propaganda y los errores del bando contrario son igual o más eficaces. En buen español, se pueden hacer bien las cosas, pero también sirve, es incluso mejor, que el otro las haga mal o se pueda hacer parecer que las hizo mal. Si uno está tropezándose y la gente lo nota, nada funciona tan bien como que el otro se tropiece más y aún más gente lo note. Prestidigitación y política básicas: miren esta mano, no miren la otra; quizá uno no sea lo que esperaban, pero el otro es peor.

En un mundo ideal, los líderes políticos apostarían por tomar las mejores decisiones y superar al otro por méritos, por decirlo de alguna forma. Y generosamente, es probable que esa sea la intención de muchos —es difícil imaginar que nuestros líderes se levanten en la mañana decididos a tomar las peores decisiones posibles, incluso un masoquista consumado tiene ciertos límites— pero de buenas intenciones está pavimentado del camino al infierno. Uno nunca es tan listo como se cree, y un grupo de gente que no es tan lista como se cree, bueno, es aún menos listo que una persona lista. Y si uno es menos generoso, y asume que nuestros líderes desean fundamentalmente tomar buenas decisiones, pero también desean darles algo de juego a sus intereses personales y los de quienes les apoyan, bueno, el potencial para tomar malas decisiones crece exponencialmente. Nadie cree que un poco de corrupción, un poco de hacerse de la vista gorda, un poco de obsesionarse con proyectos personales a costa de otras necesidades pueda arruinarlo todo… hasta que se arruina todo, esto es, y no queda más que buscar alguien que se haya tropezado más o que al menos se pueda hacer lucir como que se ha tropezado más. Si adversario presente, mejor, pero si no hay más que pasados, bueno, no es ideal, pero funciona también. Al final se gobierna con un ojo en los propios niveles de aprobación y el otro en los del adversario y no queda mucho tiempo para lo demás.

Es por ello que en medio de la pandemia y la crisis económica y, ahora, el justificado escándalo porque se pretendan esconder abusos policiales debajo de la alfombra, lo que tengamos, en lugar de soluciones sensibles, sean maniobras políticas para ceder responsabilidades a alguien más mientras se dan banderazos ferroviarios, guerras de # en redes sociales y airadas denuncias públicas contra uno y otro bando. Es una carrera hacia el fondo, como suele decirse, o una lucha en el lodo, si se prefiere. Pero temo que nuestros líderes tienen pocas alternativas en este punto: la ventana de oportunidad para actuar de manera decisiva y responsable en cada uno de estos asuntos fue breve y se perdió. Habiendo tropezado ya, no queda más que decir que los demás se han tropezado peor o, alternativamente, que el adversario lo hizo tropezar a uno o que lo quiere hacer lucir mal a uno o… bueno, se entiende.

Esencialmente, nuestros líderes hacen lo que pueden, ahora que todo está #FueradeControl, porque no hicieron antes lo que debían. No se tenía que llegar a este punto, se podrían haber tomado mejores decisiones, pero eso no ocurrió. Buenas o malas, las intenciones que se hayan tenido ya no importan. Ya sólo hay consecuencias. Y cada uno sabrá o tendrá que saber a quién creerle y a quién llamar a cuentas y por qué. Democracia, pues, incluso en sus peores momentos.

@jaimelat