De fronteras y otros muros

blogeditor · 12 de julio de 2017

De fronteras y otros muros

Por: Mónica Romero

Las fronteras pueden ser líneas físicas trazadas en un mapa, ambientes naturales, espacios pacíficos o incluso, espacios de contestación, violencia y rechazo. Pueden ser artificiales, establecidas por tratados entre soberanos para manifestar su poderío e intereses, o naturales, que actúan como obstáculos mortales para los migrantes que buscan cruzar de manera irregular. Los adjetivos son variados y se les pueden atribuir de manera diferente a cada una de ellas, dependiendo del lugar en donde te encuentres: violenta si estás en el sur de Estados Unidos, o pacífica y benevolente si te encuentras en el norte. Sin embargo, todas son impuestas con el objetivo de separar y dividir aquello que, supuestamente, no pertenece a un espacio geográfico, político o social.

Fronteras que separan países hay cientos, pero en la práctica, éstas se multiplican más allá de las orillas de un Estado. En los 90s, al finalizar la Guerra Fría, se pensaba en crear un mundo donde dominaran las democracias liberales, con tratados de libre comercio, en el que las comunicaciones y transportes pudieran unir dos espacios lejanamente separado; sin embargo estas prácticas también permitieron el establecimiento de nuevos mecanismos con los que restringir la movilidad de ciertos individuos. La globalización no ha hecho que tengamos un mundo sin fronteras, pero ha hecho que sea cada vez más difícil reconocerlas en términos tradicionales.

Países como Australia han instaurado centros de detención de migrantes en islas pequeñas como Manus, Papua Nueva Guinea (recientemente cerrado por abusos a derechos humanos contra migrantes) y Nauru, Micronesia, a donde llegan miles de posibles refugiados en barcos que fueron interceptados previamente. Éstos son detenidos en medio del océano y redirigidos a un nuevo territorio geográfico para evitar que los refugiados lleguen a tocar suelo australiano y así ejercer su derecho de asilo. Australia, en conjunto con otros países, ha extendidos sus fronteras estratégicamente fuera de sus límites territoriales para encontrar y detener a migrantes antes de que ellos lleguen a suelo soberano. En el siglo XXI las fronteras ya no son lo que pensábamos ni están ubicadas donde tradicionalmente lo estaban, pero su función no ha cambiado mucho. Su primordial objetivo es muy simple: separar; pero el uso de éstas por gobiernos nacionalistas ha servido para deshumanizar y violentar a personas vulnerables que han dejado todo atrás para empezar una nueva vida.

Las recientes notas nos muestran a una audiencia preocupada, imágenes de personas tratando de cruzar fronteras o detenidos porque no lo lograron. Ver esta crisis en la comodidad de nuestras casas u oficinas, nos hace pensar que estamos muy lejos de esta realidad; sin embargo, es muy probable que hayamos experimentado la frontera y sus efectos de deshumanización en nuestras vidas. Por ejemplo, cada vez que eres interrogado arrogantemente por un oficial fronterizo o cuando te retienen por más tiempo en el aeropuerto solamente por el modo en que el que luces. Estas reglas tienen el efecto de hacerte sentir menos humano y más como un objeto que tiene que ser escrudiñado para definir si eres apto y poder pasar a otro territorio. Si no obedeces tienen todo el derecho de limitar tu movilidad y aquí es dónde la frontera aparece de nuevo. Las conexiones que supuestamente existen en el mundo y la facilidad con la que se mueven las personas no es tan natural ni tan fluida y mucho menos descuidada. Antes de transitar a un sitio geográfico diferente, hay que pasar filtros, entrevistas, y tu información es documentada y monitoreada mediante mecanismos biométricos. Desde que inicias el proceso para obtener una visa o un permiso de trabajo, estás expuesto a ser parte de prácticas arbitrarias que te catalogan como el sujeto A o B, en vez de un ser humano.

Por otro lado, el rol de las fronteras está fuertemente ligado con el poder que ciertos gobiernos tienen para ejercer control sobre sus territorios. Los confines pueden tomar forma de muros y puntos de entrada o chequeos; sin embargo, también están inmersos en prácticas y discursos sociales. La frontera puede ser observada en narrativas que aumentan el nacionalismo; por ejemplo, cada vez que celebramos el Día de la Independencia, cuando apoyamos a la selección mexicana en un evento de deportes internacional o cuando cantamos el himno nacional. Como lo dice el académico Anssi Paasi (2011), las fronteras no solamente son líneas que están a las orillas del Estado, sino que son parte de la compleja producción del nacionalismo de un país(1). Son tan poderosas y han proliferado tanto que es posible percibirlas, aunque no sean visibles. No es necesario pasar de una nación a otra para experimentarlas, basta con salir a la ciudad y observar a qué lugares son permitidas ciertas personas, ya sea por su raza, nacionalidad, clase social o la manera en que vistes, o incluso, basta con saber en qué lugares te sientes en casa y en qué lugares te sientes un foráneo. Es importante conocer cuáles y dónde están las fronteras que actúan como limitantes en la vida de las personas, desde el refugiado sirio hasta el joven que trabaja en las calles.

Las fronteras no son impenetrables, sobre todo si se habla de fronteras geográficas. Las fronteras políticas pueden ser rechazadas o incluso traspasadas, por lo que cada vez más, políticos buscan imponer mecanismos aún más agresivos y restrictivos. Basta con observar el discurso del presidente de la nación más poderosa del mundo, D. Trump, quien quiere construir miles de kilómetros más de muro porque, aparentemente, el que existe hoy en día no es suficiente y sigue siendo penetrado por migrantes indocumentados (aunque a mucha menor escala que hace algunas décadas). Sin embargo, así como podemos ir rompiendo y pasando fronteras (físicas e imaginarias), siempre va a existir una siguiente que limitará nuestra movilidad en diferentes sentidos. Por ejemplo, un migrante indocumentado que haya pasado exitosamente la frontera México-Estados Unidos va a encontrar otras limitantes una vez establecido en el país de llegada, como no poder salir al doctor u a oficinas gubernamentales por temor a ser encontrado y cuestionado acerca de su estatus migratorio. Este es uno de los ejemplos más claros de cómo la frontera persigue a las personas a donde sea que vayan; en este caso, es como si el migrante cargara constantemente con ella en sus espaldas.

En este artículo hablo de las fronteras tradicionales que conocemos, de fronteras políticas, nacionalistas, también de fronteras sociales, incluso de aquellas imaginarias y poco percibidas. Las mezclo como una forma de dar a entender que las fronteras son precisamente eso: límites que de una u otra forma van a afectar nuestra percepción de lo que nos rodea. Si bien han sido establecidas para controlar y restringir el acceso a ciertos individuos (tanto a nivel nacional como a nivel de la sociedad), es importante reconocer que no sólo se les enfrenta cada que pasamos migración en un aeropuerto o puerto de cruce, sino que están presentes en nuestra vida diaria. No son experiencias atípicas ni están situadas en lugares específicos, son elementos que se enfrentan constantemente y que pueden ejercer y perpetuar sistemas de violencia tanto directa como estructural.

 

* Mónica Romero es estudiante de doctorado en Wilfrid Laurier University, Ontario, Canada, con maestría en Geografía Humana por la Universidad de Queen’s en Belfast y licenciatura en Relaciones Internacionales por el ITESM.

 

1) Johnson, C., Jones, R., Paasi, A., Amoore, L., Mountz, A., Salter, M., & Rumford, C. (2011). Interventions on rethinking ‘the border’ in border studies. Political Geography, 30(2), 61-69.