Redacción Animal Político · 27 de noviembre de 2025
Este 20 de noviembre se cumplieron cincuenta años de aquella madrugada otoñal de 1975 en la que, tras una mediatizada convalecencia, muriera Francisco Franco en el madrileño Hospital de La Paz, poniendo fin a la incertidumbre en torno a su sucesión, a la larga espera de docenas de miles de refugiados y sus descendientes, y a casi cuatro décadas de una aciaga dictadura sustentada en la censura y la represión.
¡Franco ha muerto! Titulaba a ocho columnas desde La Coruña el diario gallego La voz de Galicia, provincia natal del autodenominado Caudillo, la noticia sobre el fallecimiento del golpista devenido jefe de Estado a las 4:20 horas de la madrugada de aquel jueves de noviembre en la capital española. La muerte del dictador por un choque séptico tras una larga agonía que implicó varios ataques al corazón y una serie de operaciones malogradas, puso punto final a una historia que comenzó a escribirse en 1936 con el levantamiento armado que Franco enarboló contra el entonces gobierno de la Segunda República Española, y que derivó en la desgarradora y fratricida Guerra Civil que destruyó al país, expulsó a cerca de medio millón de refugiados y asesinó a igual número de españoles.
La muerte del llamado Generalísimo cerró un siniestro capítulo en la historia europea y española, permitió el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre México y España, y el regreso a su tierra de innumerables refugiados que durante décadas hicieron de nuestro país su hogar. Fue el punto de partida para la reinserción de la península ibérica en el concierto europeo, si se toma en cuenta la Revolución de los Claveles acaecida en Portugal el año anterior, y la oportunidad para España de construir un régimen democrático, plural y legítimo que permitiese sanar las hondas cicatrices ocasionadas por el conflicto civil que encumbró a Franco.
A medio siglo de distancia de ese lejano noviembre de 1975 hay mucho que celebrar a ambos lados del Atlántico, pero sobre todo mucho aún por hacer. Para nutrir la memoria, para garantizar su posteridad, para educar a las actuales y a las futuras generaciones sobre lo ominoso del golpe de Estado franquista y lo funesto de la dictadura que le siguió. Porque a cinco décadas de distancia, quienes no vivieron la partida de Franco en carne propia ni sufrieron el régimen autocrático y represivo que presidió, pueden caer en el error de ser apologéticos con su figura y con lo que representó. Lo que constituye un grave retroceso histórico y va en detrimento de los deudos de las miles de víctimas impunemente represaliadas por el dictador.
El reciente anuncio del gobierno español de resignificar lo que por décadas fungió como tumba para Franco, hasta la exhumación de sus restos en 2019, el otrora Valle de los Caídos renombrado de Cuelgamuros, “un monumento a un dictador”, en palabras del periódico español El País, es un claro ejemplo de lo importante que resulta seguir recordando lo que pasó hace 50 años y la significación que sigue teniendo. El proyecto para transformar el monumento-mausoleo que Franco imaginó para inmortalizar su victoria en la guerra y su figura despótica, construido por prisioneros políticos y presos de campos de concentración, en un museo dedicado a la memoria de los fusilados, los que aún yacen sin identificar en miles de fosas comunes que minan todo el territorio español, los refugiados y los perseguidos por la dictadura, ha generado un intenso debate al interior de la sociedad hispana. Un debate que desafortunadamente incluye no pocas voces que ensalzan la figura de quien tanto daño causó a España y que en parte le sigue causando.
* Diego Gómez Pickering (@gomezpickering) es investigador sénior del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI).