Jorge Avila · 21 de mayo de 2026
Por Miriam Grunstein Dickter
Unas palabras sobre el título algo “friki”. He elegido el anglicismo “frikearse” porque produce una aliteración simpática con el término “fracking”, el cual también es un anglicismo. Y si de gringadas hablamos, esta entrada tendrá muchas, puesto que el “fracking” suele asociarse con las operaciones de extracción de hidrocarburos de lutitas en Estados Unidos. “The Squad” suele hablar del “fracking” y del “shale gas”.
Pues bien, el anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum de que se ha reunido un comité de científicos para considerar el fracking en México frikeó a muchos, puesto que nuestra presidenta verde repentinamente pintó un panorama gris para México. En primer lugar, aún está por verse qué dice el mentado comité científico, el cual podría pronunciarse a favor o en contra de la fractura hidráulica, necesaria para el aprovechamiento de estos recursos. Así, si los sabios vetan el fracking, algunos no tendrán de qué preocuparse. En cambio, si le dan luz verde, pues tampoco.
Al menos a gran escala —nos guste o no— es improbable que el fracking se desarrolle en México, debido a varios faltantes mínimos.
El fracking precisa de tierra. Well? Duh! Para acceder a los recursos del subsuelo, primero hay que acceder al suelo. Esto que parece elemental, en México es un pain in the… por la incertidumbre en los derechos de propiedad, los enredos de los derechos agrarios, las oposiciones comunitarias, las guerrillas ambientales e incluso el yugo de la delincuencia organizada. Si se despliega el fracking en México, es muy probable que extraños enemigos se apoderen de los terrenos donde yacen los recursos más promisorios.
El camino al “shale” no se hace solo al andar. Según The Nature Conservancy, los caminos hacia el shale son altamente especializados y están diseñados para soportar operaciones muy intensas asociadas con la fractura hidráulica. Estas vías permiten transportar plataformas gigantes, miles de pipas de agua, arena y todo tipo de maquinaria. Basta imaginar que, para la formación Marcellus, se requirieron mil camiones gigantes por pozo.
El desarrollo del shale requiere un uso sumamente intensivo de este líquido vital. Un solo pozo profundo de shale necesita aproximadamente 19 millones de litros de agua para perforar y fracturar, o al menos eso señala el World Resources Institute. Es cierto, por otra parte, que en Estados Unidos ahora se utiliza agua reciclada, lo cual mitiga el riesgo de escasez para otros usos vitales. Sin embargo, para disponer de agua tratada, lo primero que se requiere es contar con agua. ¿La tenemos en abundancia? Lo dudo.
Faltaría espacio para hablar de otros baches, como la falta de condiciones para atraer a las empresas especializadas, así como la ausencia de condiciones institucionales, jurídicas y de gobernanza que permitan desarrollar un ecosistema viable para el aprovechamiento del shale gas y el petróleo de lutitas.
Dicho esto, parecería que soy la Grinch que manda malos augurios contra el futuro promisorio que encierra el aprovechamiento de estos recursos. ¿Qué creen? No soy ni pro-fracking ni anti-fracking, sino todo lo contrario, cuando nos referimos al potencial de aprovecharlo sanamente en México. Porque, aun si lo intentamos, será un epic fail.
* Miriam Grunstein Dickter es abogada y experta en energía. Grunstein es académica afiliada del Mexico Center de James Baker III de Rice University, donde desarrolla investigaciones sobre energías renovables, transición energética, nuevas tecnologías, sustentabilidad y compromisos internacionales para la reducción de emisiones y combate al cambio climático. También es experta de México, ¿cómo vamos?