FOMO

blogeditor · 4 de enero de 2019

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Hace años, entrar al Año Nuevo implicaba llevar a cabo una serie de pequeños rituales que tan solo tenían que ver con el uso de tecnología tradicional, esa que hoy luce tan primitiva: uno se compraba un almanaque, cambiaba de agenda, felicitaba a los amigos y conocidos hasta que los veía o les llamaba por teléfono (o les enviaba una postal, ¿alguien se acuerda de las postales?) y, en general, asumía con aguerrida actitud los retos que implicaban los doce meses por iniciar tan sólo sacándole punta al lápiz o cambiando el repuesto de la pluma. Hoy, las redes inundan todo. Quieren saber todo sobre nosotros o lo saben ya. O están por saberlo. La comunicación instantánea se ha convertido en el elemento omnipresente durante cada segundo de nuestras vidas y es fácil añorar los tiempos en que las cosas transcurrían con analógica calma y no disponíamos de un aparato que demanda nuestra respuesta a decenas y decenas de felicitaciones que, animadas o no, musicalizadas o no, llenas de humor y “filosofía” (o no) se quedan siempre ahí, pacientes, en espera de que las atendamos.

Las redes tienen lo suyo, quién podría negarlo. Pero suena a amenaza orwelliana vivir solo para mirar lo que está sucediendo ahí, en espera de que no se nos vaya a pasar nada importante, con lo difuso que se ha vuelto el significado de la palabra “importante” en estos tiempos en los que no sabemos si estamos actualizados en la polémica o solo nos encontramos formados en la bulla que engrosa y engrosa la fila de los likes. Existe ya un nombre -de extrañísimo tono clínico- para describir el miedo que sienten algunos a perderse de algo importante que se haya sabido a través de las redes sociales: FOMO. Fear of Missing Out. Miedo a perderse. A perderse de algo que haya sucedido. Que haya sucedido en las redes sociales, por supuesto.

En un artículo publicado por la edición nacional de la revista Forbes, dedicado a analizar pronósticos sobre el mundo digital para 2019, se menciona al FOMO como uno de los principales motivos por los que los millenials no abandonan del todo sitios como Facebook, pese a la amenaza de encontrarse ahí con sus mamás y sus profesores: tienen temor a perderse de algo importante. El mismo caso (o síndrome) aplica para Twitter y por supuesto para Instagram, la red con mayores perspectivas de crecimiento para los siguientes dos años. Miedo a perderse de algo, en términos de red social significa, entre otras cosas, estar un poco hasta el copete de quienes postean incesantemente cosas relacionadas exclusivamente con ellos mismos, pero seguir revisando compulsivamente su muro o timeline en espera permanente de no perderse lo que suceda con la vida (virtual) del seleccionado. Miedo a perderse de algo significa también enterarnos por la red de algún evento al que no fuimos invitados.

Si las redes están llamadas a no desaparecer -pese a que el mismo artículo de Forbes señala que en los próximos años todas caerán en una aguda crisis de credibilidad- debería ser importante aprender a dominar nuestro miedo a perdernos de cualquier cosa que pase en ellas. Alguien debería enseñarnos a dominar nuestras compulsiones. Y no parece buena idea buscarlo a través de una red social.

 

@elimonpartido