blogeditor · 17 de junio de 2022
Ser madre es una de las cosas que una mujer puede escoger, igual que ser escritora.
Es un privilegio. No es una obligación, ni un destino.
Ursula K. Le Guin
Nicolás, que cuando leas estos fragmentos de mi vida entiendas lo que me obsequiaste al venir a este mundo a través de mi cuerpo, y que sepas que tu paso por mi historia me dio el sentido que durante 32 años no logré encontrar.
Antes de irme, quiero que sepas que echamos raíces juntos, casi al mismo tiempo, y, aunque cada uno es un árbol, juntos somos una selva. Aquí, en estos brazos que ahora son largas ramas, encontrarás cobijo con todo y sus sombras, pero también con sus frutos.
Estos breves pasajes, querido hijo, compartidos con quienes me regalaron su tiempo e interés, no son otra cosa que el inmenso privilegio de poder poner sobre la mesa y en voz alta quién soy y cómo he aprendido a ir hacia adelante y hacia atrás, cada vez más libre.
En un principio pensé que ser madre implicaría entregar una parte de mí para no recuperarla jamás; pero, para mi fortuna y sorpresa, lo que recibí fue libertad: la libertad de ser yo y de reírme de mí, de reírme contigo, y de sonreírte y saber que tenemos nuestro propio idioma, en nuestra selva, con nuestras ramas entrelazadas. A veces llovemos, otras tantas permanecemos estáticos ante la belleza de la vida y de la naturaleza.
Hoy le pongo un punto final (o tal vez tres puntos suspensivos) a este trayecto escrito, motivado por mi ser madre, por mi ser hija y por mi ser persona. Gracias, Nicolás, porque eres mi testigo principal: quien me mira sin juicios, quien replica mi insensatez y mi desparpajo, quien se divierte con mis chistes, mis canciones inventadas, y quien permite que mis manos le acaricien, le hagan cosquillas, travesuras, bromas y que le abracen y le contengan.
Gracias, también, por ayudarme a recuperar mi ser infantil y por enseñarme que también sé ser adulta y hacerme cargo. De niña no me permití divertirme demasiado, fui desde muy temprano una persona reservada, tímida y solitaria. Me faltó explorar la corporalidad, el poder del cuerpo sobre la vida, las carcajadas sonoras, los llantos de Magdalena, el amor sin miedo, el placer sin culpa, y el rechazo sin reclamos. Supongo (más bien estoy segura, pero nunca hay que jactarse de las certezas) que hacer un ser humano desde cero te cambia por completo, tanto el cuerpo como la perspectiva.
Pongámoslo así: la maternidad te quita las armas y las convierte en herramientas. Una se vuelve carpintera, arquitecta, diseñadora, demoledora, recoge escombros, arqueóloga y cuenta cuentos, por supuesto. Ser madre es arrancarse el amor desde la entraña para entregarlo no solo a los hijos, Nicolás, sino al mundo. Porque el mundo también es nuestra extensión. Y la vida será tan bella como estemos dispuestos a verla.
Te he llamado habitante, te he llamado vehículo y te he llamado vida; pero, con toda la libertad que hoy tengo y siento, te libero a ti de esas cargas. Y es que me has dado tanto sin siquiera saberlo que deseo que tu vida también esté colmada de fragmentos que algún día escribas, cuentes y que corras con la misma suerte que yo de tener muchas y muchos cómplices que han compartido conmigo el amor que siento y el amor que entrego, que te entrego a ti a través de esta columna y a través de mi cuerpo, así como llegaste al mundo.
(A ustedes, queridas y queridos lectores, gracias por ser árboles y acompañarme en esta selva que, aunque a veces se asemeje a un pantano, no dejaremos que las aguas densas nos absorban porque todavía nos quedan muchos frutos por cosechar. Que nos siga mojando la misma lluvia y pegando el mismo sol. Mi gratitud infinita siempre para ustedes).
¡En la madre!