World Wildlife Fund · 4 de septiembre de 2026
*Por Luli Pesqueira
Me faltaron 98 estampas para completar el álbum Panini del Mundial 2026. Desde el inicio sabía que quizá no lo lograría, pero no me importaba porque tenía claro que el motivo era el viaje y no el destino.
Este fue el primer álbum Panini de mi vida y posiblemente el Mundial en el que más partidos he visto. No me enteré de dónde ni cuándo fue el Mundial de 2022. Lo pasé de noche y, además, saliendo de una pandemia y un posparto.
Intuí que este año sería diferente. Todo a mi alrededor estaría impregnado de mundial y a mi hijo empezaba a interesarle el futbol. Me pareció que llenar el álbum Panini sería una forma efectiva de ser parte del momento, educarme sobre los jugadores y equipos y enseñarles a mis hijos sobre países, banderas, grupos y fases —al inicio mi hijo no entendía por qué los Gallos Blancos de Querétaro no jugarían el Mundial (mi familia y yo vivimos en Querétaro).
Subida ya en la ola mundialista, me sumé a la quiniela familiar y llené mis primeras predicciones sin saber nada sobre los equipos ni los jugadores. Como buena novata, gané de churrazo muchos puntos en las primeras semanas y hasta sumé a mis compañeros de trabajo en la emoción de ocupar el primer lugar sin saber nada. Larga historia acortada, terminé en el último lugar de la quiniela, pero lo bailado nadie me lo quita.
Mientras nos despedíamos del Mundial me preparaba también para despedirnos de una iniciativa que WWF México ha impulsado durante 10 años: el Desafío de Ciudades. Su meta es impulsar a los gobiernos locales a tomar medidas contra el cambio climático y cumplir con el Acuerdo de París.
Para participar, las ciudades inscritas comparten sus planes y datos sobre el clima en una plataforma digital global llamada CDP-ICLEI, un grupo de jueces expertos revisa los datos de cada municipio y se eligen y premian a las ciudades con las mejores acciones para reducir la contaminación y cuidar el ambiente.
Más de 1,000 ciudades de 88 países han participado históricamente en este reto. En los últimos ciclos hemos sumado a más de 150 ciudades de Latinoamérica, de las cuales, 27 son de México. Y aunque a mí no me tocó diseñar o lanzar esta iniciativa, ahora me toca plantear su evolución proponiendo qué sigue en la agenda climática local.
Reflexionando sobre el significado de Desafío de Ciudades y su legado a partir de los resultados logrados en más de una década, identificamos cuatro grandes contribuciones:

Mi vacío futbolístico se entrelaza con el vacío climático. ¿Qué seguiría ahora? ¿Más quinielas para la Champions? ¿Un enfoque orientado a la implementación de los compromisos de la NDC (esfuerzos individuales de cada nación para disminuir los gases de efecto invernadero y limitar el calentamiento) a nivel local? Estas dos historias tenían algo en común y compartían algunos ingredientes esenciales: la creación de artefactos y una orientación hacia la proximidad.
Según Bruno Latour, sociólogo francés y padre de la Teoría del Actor-Red, un artefacto es un objeto, dispositivo, documento o tecnología que representa una idea o una relación social, pero que además ayuda a producirla, organizarla y mantenerla en el tiempo. Así el álbum Panini, las quinielas, los fan fests, las playeras de los equipos, las porras ayudan a convertir algo gigantesco y disperso —48 países, 1,248 futbolistas, tres sedes, 16 estadios y 104 partidos— en un sistema compartido de categorías con las que cualquiera puede interactuar.
De la misma forma, las metodologías, capacitaciones, diplomas y reportes del Desafío de Ciudades pueden entenderse como artefactos que ayudan a las ciudades a nombrar sus avances, comparar trayectorias y reconocerse como parte de una agenda colectiva.
A través del contacto entre pares, los casos de estudio y los informes de retroalimentación estratégica, las ciudades accedieron a conocimiento, acuerdos y comportamientos que les permiten hacer duraderos programas y políticas de cambio climático a nivel local.
Pero, ojo, los artefactos, aunque necesarios, no son suficientes. El legado del Desafío de Ciudades no se encuentra únicamente en lo que produjo, sino en las conexiones y capacidades que hicieron posibles.
Los artefactos ayudan a construir un lenguaje y una experiencia común, pero solo producen transformación cuando existen espacios de proximidad donde las personas pueden interpretarlos, apropiárselos y convertirlos en acción. En este proceso de mediación de relaciones entre actores, un buen artefacto puede ayudar a modificar lo que las personas hacen o cómo entienden un problema.
Ahora que terminó el Mundial y el Desafío de Ciudades, me quedó una sensación de vacío menos cimentada en los artefactos, que en los espacios de proximidad que se me desvanecen.
Las ciudades ya son jugadoras legítimas en el mundial del cambio climático. Juegan bajo las mismas reglas y con un lenguaje común. Desde Cabo Verde hasta San Francisco del Rincón —chicos y grandes, profesionales y novatos —se reconocen en el mismo tablero de juego.
Ahora miro hacia adelante, hacia el reto que encontraremos en la siguiente ronda, y considero que el futuro no estará tanto en los artefactos, sino en los ejercicios y espacios de construcción de sentido común.
Para la siguiente fase debemos de preguntarnos qué conversaciones, comunidades y capacidades son necesarias para implementar y dar seguimiento a todos los compromisos y planes climáticos que ya se han generado, y cómo pueden estos ponerse al servicio de quienes enfrentan la transición en los territorios.

La transición hacia ciudades climáticamente resilientes implica entender la transformación como un proceso profundamente humano. Detrás de cada estrategia climática existen personas que se enfrentan a instituciones y normas diseñadas para un contexto en el que los fenómenos climáticos no atravesaban cada capítulo de la agenda pública.
Entre ellas, funcionarias y funcionarios que deben convencer y colaborar con otras áreas y niveles de gobierno; alcaldes y gobernadores que enfrentan ciclos políticos cortos con prioridades contrapuestas; y equipos técnicos que trabajan con información incompleta y recursos limitados.
Gobernar en un clima cambiante significa actuar en condiciones de incertidumbre, gestionar tensiones y elegir entre alternativas incompletas. Significa también imaginar futuros distintos y perseverar en su construcción, aun cuando las estructuras políticas y económicas existentes continúan premiando la extracción, el deterioro ambiental o la satisfacción inmediata.
Imagino entonces que la próxima generación de acción climática urbana estará dedicada a fortalecer deliberadamente los espacios de proximidad, acompañamiento y confianza, con el fin de asegurar que los nuevos artefactos de implementación permitan gobernar transiciones complejas, sostenerlas a lo largo del tiempo y conectarlas con las aspiraciones y necesidades de sus habitantes.
En este sentido, visualizo el trabajo de organizaciones como WWF, enfocadas en tres dimensiones:
La primera es técnica: mejores datos, metas realistas y sistemas de monitoreo y seguimiento que, facilitados por las nuevas tecnologías, aseguren decisiones basadas en la evidencia y la realidad local.
La segunda es institucional: más y mejor aceitada coordinación entre los distintos niveles de gobierno, capacidades locales fortalecidas y más variados mecanismos de financiamiento accesibles para gobiernos locales.
La tercera es política y narrativa: por un lado, liderazgos locales capaces de construir legitimidad, explicar las decisiones y convocar a distintos sectores alrededor de una visión compartida de futuro. Y por otro, una sociedad civil y un sector privado mejor organizados, más participativos y propositivos, que están preparados para entablar conversaciones complejas y aportar soluciones sobre cuestiones de desarrollo, equidad y justicia.
Los datos, modelos, agentes de IA, webinars y vehículos de financiamiento estarán ahí en los siguientes años, al igual que volverá el álbum Panini con fotografías, banderas y grupos, que te permite decir “me falta Países Bajos 19” y que otra persona entienda exactamente de qué estás hablando, la camiseta que convierte una afiliación abstracta en algo identificable y la quiniela que convierte partidos en competencia, conversación, emoción y juego colectivo.
Pero de igual manera que estos artefactos no crean por sí solos la experiencia del Mundial, la acción climática urbana solo cobra un sentido compartido más amplio cuando se intercambia, se compara, se conversa y se negocia en diversos huecos y niveles de la sociedad.
Así como el Mundial de Futbol no fue exclusivo de los equipos, ni de la FIFA, ni de los gobiernos de América del Norte, la acción climática urbana no es exclusiva de los alcaldes, ni de los expertos, ni de las oenegés. El fan fest climático-urbano es de todos y hay que entrarle. Las elecciones del 2027 nos abren un espacio y no debemos esperar otros cuatro años para salir al Ángel y darle al clima su lugar. Empecemos a generar la conversación e intercambio desde hoy.♦
*Luli Pesqueira es coordinadora sénior de Acción Climática en WWF México. Es especialista en comunicación para la sostenibilidad con enfoque en construir y coordinar coaliciones multiactor para el cambio sistémico. Cuenta con maestría y doctorado en Desarrollo Sostenible por la Universidad Utrecht en los Países Bajos y licenciatura en Comunicación por la Universidad Iberoamericana CDMX.