Redacción Animal Político · 27 de septiembre de 2023
A lo largo de los años se han normalizado numerosas prácticas de violencia que se han interiorizado como si fuesen expresiones innatas de la humanidad. Por este motivo, surgen movimientos que visibilizan y se posicionan en contra de estos actos. La idea de que los demás animales existen para nuestro uso converge en el mismo principio ideológico de la dominación: somos objeto para uso, disfrute y beneficio de los hombres.
La relación que mantenemos con los demás animales es de dominación, la cual se fundamenta en el pensamiento dicotómico que mantiene a diversos sistemas de opresión que jerarquizan a los individuos entre quienes son merecedores de consideración moral y de quienes, al no cumplir con las características hegemónicas, resultan excluidos. Esto se evidencia en la alimentación, la vestimenta y el maquillaje, entre otras expresiones que se sostienen desde una justificación cultural o tradicional.
Los individuos son sujetos de dinámicas opresivas basadas en diferentes características como lo son el sexo, la raza y la clase que se cimentan en el heteropatriarcado, sistema estructural de opresión; y que bajo las reflexiones de la ética animal las opresiones de género y especie se refuerzan a través de concepciones binarias —como estamos acostumbrados a organizar nuestros pensamientos— que, además de ser producto de una herencia colonial y europea, privilegian la jerarquización de unos individuos sobre otros.
Catia Faria sostiene que el especismo, como el sexismo, forma parte de una lógica de opresión y jerarquización. Al hablar de especismo no existe la dualidad hombre-mujer, pero sí la falsa dicotomía entre animales pensantes-animales inferiores. A su vez, Carol Hanisch con la frase de “lo personal es político” expresa que la dominación patriarcal va más allá de la esfera pública, puesto que en el ámbito privado se normalizan opresiones que reproducen violencias. Con ello, se ha fortalecido un capitalismo patriarcal que coloniza desde las tierras hasta los cuerpos humanos y no humanos, donde los femeninos son los más susceptibles de ser vulnerados.
Estas violencias reproducen mayor valorización hacia determinados individuos. Por ejemplo: ¿por qué existen leyes que protegen a los perros, pero no a los animales que se explotan para el consumo humano? ¿Por qué los insultos —derivado de un lenguaje especista y sexista— inferiorizan a las mujeres y a los animales no humanos?
Desde los primeros movimientos feministas existieron mujeres activistas que se manifestaban en contra de prácticas crueles con los demás animales, visibilizando en particular la vivisección y llevando una alimentación vegetariana. Por su parte, desde el ecofeminismo se hace el llamado a la erradicación de la violencia estructural y prejuicios antropocéntricos que legitiman la superioridad humana para otorgar la consideración moral de la naturaleza en la que se incluye de manera general a los demás animales.
Con el avance del movimiento por la reivindicación y la equidad de género, desde algunos feminismos se ha evidenciado la existente relación entre especismo, racismo y sexismo, misma que se expresaba en diversos momentos: “En un mundo en el que las opresiones están interconectadas, la solidaridad y las luchas deben también converger […] Creo que la cuestión de la comida es la próxima cuestión sobre la que el feminismo tiene que trabajar” (Angela Davis).
Derivado de la interseccionalidad, los esfuerzos feministas y animalistas, movimientos cuyo punto de engrane es la similitud en las estructuras hegemónicas de opresión y de consumo, surge la corriente feminista antiespecista, la cual busca la emancipación de las mujeres y de los demás animales, poniendo como referente los cuerpos que tienen la capacidad de gestar, ya que pese a que los animales macho también padecen diversos tipos de violencia especista, las hembras al ser violadas, obligadas a parir sin cesar y al ser despojadas de sus crías, son las que se llevan la peor parte, consecuencia de la creciente industrialización para la satisfacción y placer del ser humano.
En las granjas industriales y todo espacio donde se convierte a los demás animales en objetos de consumo humano, se promueven y perpetúan los mitos que surgen de las designaciones ontológicas que el humano les ha impuesto: “cerdas para pie de cría”, “gallinas ponedoras” y “vacas lecheras”, perpetuando la cosificación animal e invisibilizando la violencia de las prácticas que utilizan para ello.
En la industria de la carne las cerdas son sometidas a permanecer inmóviles, criando a sus lechones en reducidos espacios conocidos como jaulas de gestación. En la industria del huevo, las gallinas viven en condiciones de hacinamiento, produciendo sin descanso más huevos de lo que de manera natural les es posible.
Para la producción de la leche se debe recurrir a la inseminación artificial, procedimiento cruento e invasivo en los cuerpos de las vacas, con el cual se les obliga a ser madres y se les somete a la implementación de tecnologías violentas. Además, por medio de diversos medios se ha evidenciado que las vacas sufren en el proceso de separación de sus crías, incluso algunas persiguen a quienes se las están arrebatando y han escapado para intentar encontrarlas.
Un aspecto que refuerza el patriarcado hegemónico es la asociación de la carne —eufemismo de pedazo de animal muerto— con la virilidad. Carol Adams en su obra La política sexual de la carne hace mención al referente ausente, que es la inexistencia de una identidad detrás del producto final, donde alguien se convierte, únicamente, en algo. 1
Es muy común que dentro del marketing se promuevan los estereotipos de género que difunden una masculinidad hegemónica relacionada con el consumo de carne. Por ejemplo, la empresa Burger King promocionó la “Whopper” doble con el lema “come como hombre”. ¿Será que los hombres veganos desafían la masculinidad hegemónica? ¿Se considera una demostración de sensibilidad no consumir alimentos de origen animal?
Esto nos permite sostener que el feminismo antiespecista representa una postura contundente y congruente para accionar en contra de las estructuras hegemónicas que normalizan la opresión. Desde su consigna base —“Ni oprimidas ni opresoras”— se hace evidente el deber de rechazar el consumo de los individuos más afectados dentro del status quo, así como el deber que tenemos de considerarlos moralmente. Y tiene como reto encontrar la forma de que la sociedad reflexione sobre ¿por qué si hemos logrado descolocar al sexismo, la homofobia y la cosificación femenina, seguimos reproduciendo, incluso dentro de los feminismos, jerarquías opresoras hacia los demás animales?
Asimismo, es necesario entender que para deconstruir las prácticas patriarcales y especistas que reproducimos en la cotidianidad, debemos aceptar nuestros privilegios y las opresiones que estos conllevan; sobre todo, tener el firme compromiso de modificarlos en aras de la construcción de sociedades en las que se reconozca los derechos fundamentales de los demás animales.
Y es así como el feminismo antiespecista aún es una minoría dentro de los feminismos, se va abriendo camino para visibilizar a los individuos que pese a que se resisten no tienen forma alguna de escapar o emanciparse por sí mismos. Como lo menciona Paesky: La justicia social debe ser feminista y antiespecista, puesto que no es posible luchar en contra de la violencia sin considerar a todos los oprimidos.
* Sandra Carreón Ángel es estudiante de la licenciatura en Desarrollo y Gestión Interculturales por la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. Se especializa en patrimonio cultural y sus temas de interés son la liberación animal y los estudios de género. Susana Cruz-Aguilar es licenciada en Derecho con estudios de maestría en Medio Ambiente y Desarrollo. Actualmente es profesora de la asignatura de Bioética en la Facultad de Ciencias. Se especializa en derecho animal y defensa ambiental. Las autoras agradecen a la QFB Rebeca Pérez Flores, activista feminista antiespecista, por la lectura al artículo.
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1 Adams, Carol J. (2016). La política sexual de la carne. Una teoría crítica feminista vegetariana. Madrid: Ochodoscuatro Ediciones, p. 125.