Redacción Animal Político · 13 de agosto de 2025
El feminicidio refleja la desvalorización sistemática de ciertas vidas y cuestiona la responsabilidad de las instituciones médicas y jurídicas en su prevención y atención. Desde una bioética feminista es más que un crimen: es una evidencia extrema de desigualdad y violencia estructural.
A nivel global, la Organización Mundial de la Salud reporta que 38 % de los asesinatos de mujeres ocurren a manos de sus parejas. América Latina y el Caribe concentran 14 de los 25 países con mayor incidencia de feminicidios. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas reporta que 27 % de mujeres de 15 a 49 años ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja y la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021 indica que 70.1 % de las mujeres de 15 años o más ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida.
En México, entre enero y noviembre de 2021 se registraron 3,462 asesinatos de mujeres, 922 clasificados como feminicidios, y los estados con mayor incidencia fueron Estado de México, Veracruz, Jalisco, Ciudad de México y Nuevo León.
Para indagar el estado de dichos feminicidios en nuestro país analizamos la información proviente de la base de datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la cual señala que, entre las causas de defunción, las agresiones se categorizan dentro de la vivienda, fuera de ella o en lugares no especificados. Los datos de mujeres y niñas asesinadas en el hogar de manera intencional, a consecuencia de agresión, revelaron un escenario posiblemente relacionado con la violencia familiar, donde el agresor (en una proporción significativa) era su pareja, fenómeno que algunas autoras como Karen Stout han denominado “feminicidio íntimo“, pues históricamente se ha considerado que lo que ocurre en ese espacio corresponde a la privacidad de las personas, y ahí las mujeres son “propiedades” susceptibles de ser tratadas a voluntad, ambos aspectos cuestionables.
Además, los hallazgos revelaron información preocupante sobre las víctimas de feminicidio dentro del hogar. Del total de las mujeres, 67 % no tenía empleo y contaban con un nivel educativo bajo: 25 % no tenía la secundaria concluida y 22.9 % había terminado sólo la primaria. Asimismo, el porcentaje más alto de las asesinadas tenía pareja, representando casi la mitad de los casos (49.7 %), seguidas por las solteras (35.7 %) y las viudas (9.0 %) (Tabla 1). Estos resultados no sólo muestran la situación de violencia de género dentro del hogar, sino que apuntan a la urgente implementación de medidas de protección más efectivas para las mujeres en situación de vulnerabilidad social y dependencia económica.
Tabla 1. Características sociodemográficas de las víctimas del feminicidio realizado en el hogar durante el periodo 2012-2021 en México
Otro dato relevante es que las jóvenes son las más propensas a ser asesinadas; los rangos de edad con las mayores frecuencias son de 15 a 34 años, y el grupo de 30 a 34 años alcanzó un pico máximo con 339 casos registrados (Figura 1).
Figura 1. Distribución de frecuencias de feminicidios por rango de edad realizados en el hogar durante los periodos 2012-2015, 2016-2018, 2019-2021

Como bien sabemos, uno de los elementos que caracteriza a los feminicidios son las formas en las que suceden los asesinatos. El método más empleado fue el uso de armas de fuego (45.4 %), objetos cortantes (26.9 %) y estrangulación (21.6 %), lo que evidencia otra problemática nacional: el acceso de la población a las armas de fuego (Figura 2).
Figura 2. Métodos o herramientas utilizados para cometer feminicidio en el hogar durante el periodo de 2012 a 2021

El análisis también reveló un aumento alarmante en el uso de armas de fuego, el cual pasó de 36 % entre 2012 y 2015 a 55.4 % de 2019 a 2021. Lo anterior resalta una tendencia hacia formas más letales de agresión hacia las mujeres, no así menos violentas (Figura 3).
Figura 3. Prevalencia de métodos o herramientas de ejecución, ocupación, estado civil, escolaridad en el feminicidio en el hogar en México durante los periodos 2012-2015, 2016-2018, 2019-2021

En conclusión, el análisis reveló algunos cambios significativos y otros más sutiles en el perfil de las víctimas entre 2012 y 2021; el grupo más afectado son las jóvenes de 15 a 34 años que se encuentran desempleadas, con pareja y con un nivel educativo de secundaria. El método de agresión predominante fue el arma de fuego y el perpetrador fue su pareja sentimental, lo cual revela que el origen radica con frecuencia en la violencia doméstica.
La problemática del feminicidio se ve agravada por la dilación, simulación, impunidad y negligencia en el proceso de justicia, así como por la revictimización y olvido de las mujeres asesinadas, elementos comunes en estos casos. La prensa, por su parte, adopta dos posturas igualmente preocupantes: ignora los feminicidios, invisibilizando así la violencia sistémica contra las mujeres, o los aborda con un sensacionalismo que, lejos de visibilizar el problema, contribuye a revictimizar a las mujeres, resaltando su condición racial, de género o de clase social.
Las cifras persisten sin mostrar una reducción significativa, lo que evidencia la falta de un verdadero compromiso por parte de las instituciones. El feminicidio dentro del hogar es una de las manifestaciones más atroces de la violencia de género en México; que un espacio destinado a ser un refugio seguro se convierta en el escenario de un crimen brutal refleja la profundidad de una crisis que no ha sido atendida con la urgencia que merece.
Por consiguiente, resulta imperativo la implementación de políticas y medidas concretas destinadas a proteger la vida de las mujeres, así como a asegurar una justicia veraz mediante criterios con mayor claridad y objetividad para las víctimas. Es inadmisible que aún persistan prácticas que revictimizan a las mujeres y minimicen la responsabilidad de los agresores. No es suficiente reconocer el problema ni conformarse con discursos y promesas vacías; es imprescindible combatir la impunidad, la normalización de la violencia y la falta de mecanismos efectivos de protección que perpetúan una espiral de violencia letal.
No se trata de casos aislados, sino de un problema estructural que exige cambios profundos en la sociedad. Mientras esta transformación no ocurra, no podemos normalizar la brutalidad con la que, cada día, entre 10 y 11 mujeres son asesinadas. Estas vidas no pueden reducirse a meras estadísticas; cada una representa una vida truncada, una familia devastada y la profunda herida en una sociedad que no puede permitirse seguir mirando hacia otro lado. La erradicación de esta violencia no es sólo una responsabilidad de las familias, también lo es del Estado.
* Clara Bellamy es doctora en Ciencias de la Salud (campo Epidemiología), profesora del Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la UNAM e integrante del Programa de Estudios de Género en Salud. Ha sido investigadora asociada en diversos proyectos de investigación y ha trabajado con asociaciones civiles en temas de derechos humanos, género y salud. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores. Anna Fomina cuenta con maestría en Ciencias de la Salud (campo Epidemiología) y ha participado en proyectos relacionados con la salud física y mental de migrantes repatriados mexicanos en la Clínica de Atención Preventiva del Viajero de la UNAM.
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