blogeditor · 15 de mayo de 2020
Llegamos. Lo vimos venir durante todo el último cuarto de siglo. Desde 1996, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) validó la constitucionalidad de la intervención militar en la seguridad pública, aduciendo que solo operaría en auxilio y a solicitud de las autoridades civiles, supimos que la vía hacia el progresivo reemplazo de la autoridad civil estaba en curso, con efectos impredecibles y acaso de manera irreversible.
Nacía en 1995 el Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), uno año después de que publicáramos el primer libro especializado en la materia en México, mismo que incluía la tesis de la necesaria distinción entre la función policial y la militar. Distinguimos en aquella obra seminal que la intervención militar podía ser complementaria bajo ciertas condiciones, nunca regular.
¿Se imagina un sistema nacional de salud que no funciona para prevenir y curar los daños a la salud? Justo a un cuarto de siglo de su creación, el SNSP no ofrece respuestas a la más básica de sus tareas: construir políticas e instituciones que funcionen para prevenir y reducir las violencias, con evidencia de soporte suficiente y convincente.
La inmensa mayoría de las discusiones que he visto sobre la publicación el pasado lunes 11 de mayo del “Acuerdo por el que se dispone de la Fuerza Armada permanente para llevar a cabo tareas de seguridad pública de manera extraordinaria, regulada, fiscalizada, subordinada y complementaria”, cometen el yerro de sustraer el hecho de su contexto histórico.
Llegamos a esta decisión presidencial, luego de un cuarto de siglo de miles de decisiones sucedidas a lo largo de casi la totalidad del país, decisiones del día a día, de gobiernos de todos los colores, orientadas a reproducir la debilidad crónica de la policía. No se equivoquen. Si ante el Acuerdo citado no existe siquiera un asomo de resistencia política robusta a favor de la conducción civil de la seguridad, es porque no hay segmentos organizados entre la llamada clase política, sea de la orientación que sea, que auténticamente crean en ella.
No se confundan. Puede servir a intereses políticos reducir la discusión al espacio temporal de esta administración federal, pero solo es un espejismo útil a la manipulación en esta narrativa hegemónica de buenos y malos. Solo hay que mirar tantito hacia atrás. En este cuarto de siglo lo que ha sucedido es que las posiciones se han intercambiado, montando una débil, superficial y efímera critica a la vía militar, quien no tiene la presidencia en sus manos, y promoviéndola quien sí. Lo hizo el PAN, lo hizo el PRI y lo hace MORENA.
Lo relevante, en términos históricos y estructurales es que el Estado mexicano ha construido una progresiva capitulación civil, llegando al punto que es completamente inimaginable que existan contrapesos de poder civil suficientes para hacer cumplir los criterios de la Corte Interamericana a los que México está obligado, justamente como contenciones de la autoridad civil sobre la participación militar en la seguridad pública (extraordinaria, subordinada, complementaria, regulada y fiscalizada).
En el territorio lo he confirmado tal vez centenas de veces: es prácticamente imposible encontrar autoridad civil dispuesta a cuestionar a las fuerzas armadas, mucho menos a someterlas a control. Histórico, estructural y sistémico.
Fue en simultáneo cuando la SCJN invalidó completa la Ley de Seguridad Interior y López Obrador anunció su decisión a favor de continuar la vía militar de la seguridad pública, presentando el entonces proyecto de creación de la Guardia Nacional.
Ya no hay Ley de Seguridad Interior, pero ahora la Constitución misma y el Acuerdo citado, en la interpretación de quien encabeza y defiende esta ruta, amparan la intervención directa, masiva y continua en la seguridad pública por parte de la Fuerza Armada permanente.
La ruta contemporánea de la institucionalización para llegar aquí empezó en 1996 y el Estado mexicano, con las tres fuerzas políticas principales relevándose en la presidencia de la República, caminó la senda de la vía militar.
Llegamos a la fase superior.