Las familias triquis de San Luis Potosí buscan reconstruir su vida comunitaria

Joel Aguirre · 6 de octubre de 2026

Las familias triquis de San Luis Potosí buscan reconstruir su vida comunitaria

La comunidad triqui después de migrar a San Luis Potosí

Las familias triquis que viven en distintos puntos de San Luis Potosí buscan un terreno donde puedan establecerse cerca unas de otras. Palmira Flores, representante comunitaria, explica que esa petición responde a las dificultades para mantener su organización cuando los hogares están separados. Según su recuento, 16 jefes de familia viven en un mismo fraccionamiento, mientras otros integrantes están repartidos entre el centro y la periferia. La comunidad conserva una representación y realiza actividades compartidas, pero carece de un espacio donde puedan vivir todas las familias. Conseguirlo es la principal demanda que identifica en la entrevista y el asunto sobre el que mantienen conversaciones con las autoridades.

La formación de esa comunidad comenzó en 1993, cuando cuatro jefes de familia llegaron a San Luis Potosí después de salir de Oaxaca y pasar por Ciudad de México, relata Flores. Entre ellos estaban su padre y otros familiares. Atribuye la salida a los conflictos políticos en la región triqui y a los riesgos que enfrentaban personas involucradas en esfuerzos de organización. Ella nació en la capital potosina en 1994, por lo que conoce ese periodo a través de los relatos de sus mayores. Su explicación sobre los motivos de la salida corresponde a esa memoria familiar, desde la cual reconstruye el establecimiento de las primeras familias en la ciudad.

La venta de artesanías fue una de las actividades con las que comenzaron a sostenerse. Palmira cuenta que al principio trabajaban sin permisos y enfrentaban problemas con inspectores municipales. Calcula que transcurrieron alrededor de cinco años antes de conseguir un lugar específico para vender, en el callejón de San Francisco. Ese espacio se convirtió en un punto de trabajo para las familias triquis, aunque sus viviendas permanecieron en distintas zonas. La presencia en la ciudad llevó a construir una relación con el municipio para resolver necesidades comunes. Para quienes llegaron, la organización tenía que funcionar bajo condiciones distintas de las que habían conocido en su región de origen.

Cómo se organizan las familias que viven separadas

Flores explica que la estructura de autoridad cambió al establecerse en San Luis Potosí. En su descripción, la comunidad de origen tenía una agencia municipal que se renovaba cada año y otras autoridades con mayor permanencia. En la ciudad, la figura principal es la representación comunitaria. Quien recibe ese encargo no tiene un periodo fijo: continúa mientras conserve el respaldo de sus integrantes. Si las personas consideran que no está cumpliendo, pueden convocar una asamblea para sustituirlo. La decisión depende del trabajo realizado y del reconocimiento dentro de la comunidad. Palmira sostiene que ese fue el criterio de su nombramiento, alrededor de 2021, después de participar en gestiones de atención médica y otros asuntos.

Su padre había sido dirigente, pero ella aclara que los cargos no se heredan. Relaciona su elección con la capacidad de interlocución que sus compañeros observaron durante aquellas gestiones. También reconoce que la comunidad atravesó una etapa de divisiones entre 2010 y 2013. Según relata, las diferencias surgieron alrededor de la participación en organizaciones sociales de San Luis Potosí y dieron lugar a grupos con dirigencias distintas. Su padre defendía mantener una organización autónoma porque desconfiaba del uso que esas organizaciones pudieran hacer de la identidad indígena. Palmira dice que después comenzaron a recuperar la comunicación entre los grupos. Esa historia muestra que la organización comunitaria también ha requerido resolver desacuerdos entre sus integrantes.

La representación sirve para negociar apoyos con las autoridades. Flores menciona un fondo municipal de salud y proyectos económicos y culturales que, según su experiencia, se consiguieron mediante gestiones de representantes indígenas. Su relato reconoce que existen programas de atención y sitúa parte del trabajo comunitario en lograr que respondan a sus necesidades. Al mismo tiempo, expresa preocupación por la participación de personas que, a su juicio, se identifican como indígenas sin contar con el respaldo de una colectividad para disputar recursos y espacios de decisión. La entrevistada considera necesario revisar quién participa en las negociaciones. Su propuesta es que la representación se sostenga en vínculos reconocidos por las propias comunidades.

Palmira también cuestiona el uso de vestimenta indígena por funcionarios y figuras políticas en actos oficiales. Considera ofensivo que expresen orgullo por las culturas de los pueblos mientras, según su experiencia, persisten dificultades para acceder a servicios de salud y a la educación. Describe esos actos como folclor cuando no están acompañados por atención a las demandas comunitarias. Al mismo tiempo, reconoce que las comunidades pueden entregar prendas y otros presentes a las autoridades como una decisión propia, para comprometerlas con una petición o agradecer una gestión. Su crítica se dirige al uso político de esa vestimenta sin un trabajo que responda a las necesidades de quienes la elaboran y portan.

Un espacio común y la enseñanza del triqui

La dispersión aparece en su explicación sobre la lengua. Palmira considera que crecer en la ciudad modifica las oportunidades de conocer las prácticas de la región de origen y familiarizarse con el triqui. Para trabajar con las nuevas generaciones, cuenta que crearon un coro infantil en el que participan ocho niñas y niños. Aprenden canciones en triqui y música de su región, además de conocer la vestimenta tradicional. La intención es acercarlos a la lengua mediante una actividad que les interese. Ella describe el proyecto como una alternativa a las clases convencionales y afirma que ha despertado entre sus participantes el deseo de aprender instrumentos y conocer sobre su comunidad.

Otra actividad que quieren desarrollar son talleres de poesía con una integrante de la comunidad que escribe en triqui. Palmira explica que buscan que las infancias expresen lo que sienten y trabajen con la traducción a esa lengua. El coro y los talleres forman parte de los esfuerzos que describe para sostener actividades comunitarias en el entorno urbano. Para ella, estas actividades permiten que los niños conozcan a su comunidad mediante la lengua y la música, aunque sus familias vivan separadas dentro de la ciudad. La preocupación que plantea es mantener oportunidades para aprenderlo y utilizarlo mientras las personas más jóvenes crecen en condiciones diferentes de las de sus mayores.

Conseguir un terreno sigue siendo el objetivo que considera prioritario. Flores afirma que han planteado la petición por la vía institucional y que valoran promover un amparo porque el diálogo avanza lentamente. Reconoce que los espacios disponibles en la ciudad son limitados y que otras comunidades tienen demandas semejantes. Por eso explica que necesitan adaptar su propuesta a las condiciones urbanas y considerar a las familias que se formen en el futuro. Lo que buscan es vivir cerca para desarrollar su organización. En su relato, la respuesta a esa solicitud determinará las posibilidades de contar con un espacio donde reunir a una comunidad cuyos hogares permanecen dispersos.♦ 

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