Jorge Avila · 29 de marzo de 2026
Por Pedro Cárdenas Casillas
En la región latinoamericana plagada de desigualdades estructurales y ante la omnipresencia del imperio estadounidense, Cuba se perfiló como un estandarte, o más bien como el estandarte, de resistencia. Los grandes logros de las autoridades cubanas en materia de educación y alfabetización así como salud en la isla no han pasado desapercibidos en las últimas décadas. El histórico de Cuba, su supervivencia ante las intervenciones y el bloqueo de los Estados Unidos por casi 70 años, ha provocado sin embargo, que discutir la situación de derechos humanos del país sea una imposibilidad.
A esto hay que agregar que desde México, la política exterior y el sentimiento de hermandad han convertido a Cuba en un escenario excepcional frente al resto del continente. Hoy, dialogar sobre Cuba implica más bien una disputa ideológica y simbólica, en vez de un análisis de políticas, indicadores y hechos sobre la protección de los derechos de su población.
La argumentación desde algunos grupos es contundente; los Estados Unidos llevan casi 70 años ahorcando al pueblo cubano en un desenfrenado proceso para forzar a Cuba a convertirse en un lacayo de su imperio. El embargo y bloqueo son contrarios a los derechos de la soberanía de los pueblos, y junto con sus intervenciones y guerras en Venezuela, Irán y por supuesto, Palestina, estamos siendo testigos del núcleo desnudo de la política colonial estadounidense: la imposición del capitalismo neoliberal por la fuerza. Ante esta oleada de ataques, no queda más que cerrar filas, aliarse, donar, movilizarse, llevar provisiones a la isla y convertirse en una voz más en la lucha contra el facsimo.
Quienes se oponen a esta visión, argumentan desde un lente diametralmente opuesto. En su visión, Cuba es una dictadura cuyo despiadado régimen, queriendo imponer el comunismo a pesar de sus fallas, ha ahogado cualquier posibilidad de pluralismo político y crecimiento económico. Violenta las libertades y derechos sociopolíticos de la ciudadanía cubana, silencia a la oposición, y restringe cualquier posibilidad de cambio. Para los que observan este escenario es entonces claro el camino: la comunidad internacional debe intervenir, presionar al autoritario gobierno cubano a ceder y liberar.
Aunque ambos posicionamientos políticos se diferencian en el espectro ideológico y se presentan como verdades absolutas, estamos ante falsas dicotomías. Múltiples hechos pueden ser verdad, a pesar de presentarse como contradictorios:
Curiosamente, la bipolaridad de la discusión tiene un encuentro. Ambos bandos profesan el mismo mantra maquiavélico: el fin justifica los medios. Por un lado, la liberación de Cuba es un objetivo que justifica una intervención unilateral. En contraparte, se justifica generar asociaciones civiles y cuentas bancarias express, sin debida revisión administrativa y de transparencia, así como visitar la isla para justificar que todo está bien, ignorando a la diáspora cubana exiliada y a los propios prisioneros políticos en la isla.
Hace falta sincerarnos. La crisis en Cuba es multifactorial. Debemos rechazar el neocolonialismo norteamericano, exigiendo a la comunidad internacional plantarse frente a las intervenciones. Pero al mismo tiempo, quienes creemos y defendemos los derechos humanos no podemos darle el lujo de la excepcionalidad al gobierno de la isla. En Cuba se censura a la prensa, se arresta a los artistas y se silencia toda posibilidad de pluralidad política y democrática. Pero, ¿podemos lograr esto? ¿Podemos aceptar una discusión más compleja? ¿Podemos hablar de Cuba?
Pedro Cárdenas Casillas es oficial del programa de Protección y Espacio Cívico para ARTICLE 19 México y Centroamérica