Médicos sin Fronteras · 30 de enero de 2014
Gety es un pequeño poblado que se encuentra en la provincia oriental de la República Democrática del Congo. Médicos Sin Fronteras (MSF) trabaja en el lugar desde el año 2009, después que el conflicto bélico llevara a la población a desplazarse y a quedar sin servicios de salud. La experiencia de Tere.
¿Cuáles son las características de este proyecto?
El proyecto de Gety es un proyecto permanente en el que MSF está encargado del área de pediatría, centro nutricional, terapia intensiva y urgencias en el hospital general de referencia de Gety. Además apoya todas las cirugías de urgencia que se realizan ahí. También administra, provee de medicamentos y personal al centro de salud más grande de la región, que es gratuito para toda la población y tiene varios proyectos como el centro nutricional ambulatorio, atención a mujeres embarazadas, planificación familiar y tratamiento médico y psicológico de víctimas de abuso sexual.
¿Cuál dolencia era más frecuente en la población?
La enfermedad más frecuente y más grave en esta población es la malaria (paludismo), padecimiento que causa muchas muertes y secuelas, sobre todo en los menores de 5 años.
¿Cómo estaba conformado tu equipo de trabajo?
En la sala de pediatría tuve un equipo increíble de 11 enfermeros y enfermeras nacionales y 4 asistentes nutricionales. El equipo de la sala de urgencias y terapia intensiva también tenía un equipo de enfermería maravilloso. Ni hablar de mi querido amigo y excelente médico congolés, Freddy, quien me apoyó incondicionalmente siempre. Y por supuesto mi compañera inseparable de batalla, Katherine, la enfermera expatriada.
¿Recuerdas alguna anécdota que particularmente te haya sido significativa, que haya “dado mayor sentido” a tu labor en Congo?
Los niños con desnutrición siempre me han asombrado, su recuperación es increíble y es una enorme satisfacción para quien los atiende y acompaña. En especial uno, Antoine. Cuando llegó era un ser pequeñísimo para sus 5 años, todo hinchado por el edema de la desnutrición, inmóvil, silencioso y sin vida en los ojos. Lo tuvimos que alimentar con sonda con la leche especial de MSF, lavarle la piel llena de úlceras y heridas. Tosía mucho y tenía los pulmones infectados. La verdad nunca pensé que lo lograría, pero la voluntad de hierro de su mamá, lo sacó adelante.
Primero empezó a sentarse un poco y a tomar la leche por sí mismo. Siempre estaba enojado y era muy gruñón. No le gustaba que lo revisara y que le quitara la cobija. Empezó a ganar poco a poco peso, disminuyeron los edemas, sano su piel, cada día lloraba menos y jugaba más. Y un día, le regresó la luz a los ojos y empezó a reírse cuando le hacía cosquillas.
En ese momento supe que la habíamos librado. Luego ya no nos lo quitábamos de encima, quería pasar visita con nosotros, nos preguntaba mil cosas, brincaba por todos lados, aprendió los números en francés y en inglés, pedía que le dibujaran animales, gritaba como un loro, en fin, iluminaba la sala de pediatría con su maravilloso carácter. Finalmente se fue a su casa cachetón y feliz y nosotros quedamos como pavos reales, llenos de orgullo de nuestro niño resucitado y con una gran sonrisa por un niño más que volvía a ser eso, un niño feliz, como todos los niños debieran tener derecho a serlo.
¿Qué fue lo que más te llamó la atención de este proyecto?
Me encantó el compromiso y la dedicación del personal de salud congolés. Nunca se quejaban y siempre estaban más que dispuestos y felices de recibir a los niños, aunque ya no tuviéramos ni un cachito en el piso para ponerlos. La energía que tenía me impresionaba y enseñaba mucho. Por las tardes ponían música congolesa y bailaban con las mamás y los niños, así hubiera muchísimo trabajo. Nunca se rendían y estaban dispuestos a luchar hasta el final por cada uno de los chamaquitos que teníamos.
¿Qué fue lo que más extrañaste durante tu misión? ¿Qué extrañas ahora de la misión?
Lo que más extrañé fue a mi familia y a mis amigos, aunque me acompañaron a través de mails y llamadas, es una experiencia que te cambia la vida, y que no siempre es fácil y a veces hace falta desahogarte con las personas que te quieren. Ahora extraño a mis pequeños pacientes, sus batallas y sus victorias y a mis compañeros de trabajo, que a pesar de que siguen viviendo en un sitio en guerra le siguen echando ganas y sonriéndole a la vida.
Un día de trabajo en Gety
“Me levantaba a las 6.30am con el canto de los gallos y el sol que se filtraba por la ventana. Salía corriendo antes de que me ganaran una de las tres regaderas, (bueno cuartitos de madera), para bañarme a jicarazos con el agua caliente con olor (y color) a carbón, de la enorme olla de la cocina, puesta a calentar desde las 5 de la mañana. Saludaba a mis vecinos de cuarto que, como buenos Congoleses, ya estaban listos desde tempranito. Desayunaba con todos mis compañeros en el comedor de la casa principal. Yo, casi siempre plátanos, aunque había algunos más exóticos que desayunaban aguacates con fruta de la pasión o pan con mermelada rojo fosforescente. El primer café del día, con los ojos medio pegados, contándonos los sueños de la noche o chismeando de la serie de tv que todas estábamos viendo, era un gran principio para la mañana. Salíamos al hospital a las 7.45am, todos apiñados en la camioneta: Florence y Jean Christophe, Freddy, que era el otro doctor MSF; Christian, el laboratorista; Katherine, la enfermera, yo y quien se fuera pegando. Hacíamos al hospital 15 minutos, pasando por un camino de terracería un poco accidentado y resbaloso cuando llovía.
Los niños, que ya esperaban en grupitos la camioneta de MSF, corrían a saludarnos a gritos. Al llegar al hospital nos reuníamos en una palapa algunos enfermeros, Freddy y yo a que nos comentaran lo que había sucedido durante la noche y siempre aprovechábamos para explicar algún tema médico o resolver alguna duda. Después pasaba visita en la sala de pediatría que tenía 38 camas, aunque siempre había como 45 pacientes. Primero veíamos a los niños que no habían pasado bien la noche, a los más chiquitos o a lo más delicados. Revisábamos a cada niño en equipo, discutíamos los casos y resolvía dudas. Después dábamos de alta a los que ya estaban listos para ir a casa.
A las 12:45 regresábamos a la base (casa y oficina) para comer, también todos en equipo y a descansar un poco.
A las 2pm regresábamos al hospital. Generalmente había pacientes citados con enfermedades crónicas, que acudían cada mes. Varios niños con diabetes, anemia de células falciformes, epilepsia y enfermedades cardiacas. Veía a los chiquillos que hubieran ingresado y después si algún niño tenía algún problema. Si había tiempo sacábamos los juguetes y jugábamos con los niños y las mamás. Todos los viernes teníamos una clase para el personal del hospital.
A las 5pm regresábamos todos a la base, silenciosos y cansados con el atardecer haciendo brillar las casitas de barro y paja, las palmas cayéndose de plátanos y los árboles de mango.
En la casa trabajaba un poco más en las estadísticas y después era hora de relajarse. A veces corríamos dentro de la base para hacer un poco de ejercicio o nos sentábamos en la palapa a platicar del día, a cenar y a reír un rato para liberar todas las emociones acumuladas.
A las 10pm a más tardar ya estaba de vuelta en mi cama, después de haberme lavado los dientes bajo un millón de estrellas, lista para dormir o para pasarme la noche hablando por el radio con el los enfermeros que hacían la guardia en el hospital”.
Personal MSF a finales de 2012: 2,782
Inicio de actividades en RDC: 1981
Más info www.msf.mx