Jorge Avila · 30 de mayo de 2026
Por María Teresa Gutiérrez, directora de monitoreo de Indicadores Educativos en Mexicanos Primero
Hace 7 años se incluyó por primera vez en el texto del artículo tercero de la Constitución Mexicana el concepto de excelencia en educación. Y se definió como el mejoramiento integral constante que promueve el máximo logro de aprendizaje de los educandos, para el desarrollo de su pensamiento crítico y el fortalecimiento de los lazos entre escuela y comunidad. Esto implica una fuerte contradicción: hablamos de excelencia educativa mientras el propio Estado mexicano desmantela cualquier posibilidad de medirla. Simplemente no es posible saber si las y los alumnos alcanzan el “máximo logro de aprendizaje” si no existen evaluaciones. ¿Queremos ser excelentes o dejaremos pasar hasta que la vida nos “repruebe”?
Esta situación me lleva a hacerme una serie de interrogantes sobre los objetivos a largo plazo del sistema educativo. El primero es: ¿cómo piensa México construir excelencia educativa si se ha dejado de dar importancia a la evaluación? Esto se liga directamente a la decisión que hace unos días tomó la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) de avalar el Acuerdo 10/09/23 de la SEP sobre evaluación, acreditación y promoción en educación básica, y del que los medios han hecho eco señalando que se eliminó “la reprobación”.
La cuestión es un poco más precisa, ya que la SCJN señaló que con esta decisión se reafirma que la excelencia educativa no se reduce a reglas rígidas de evaluación, sino que puede alcanzarse mediante esquemas integrales, graduales y compatibles con el interés superior de niñas, niños y adolescentes. Sin embargo, para llegar a esta decisión la Corte recurrió a resultados de PISA, una prueba que ha sido satanizada en los últimos años. El verdadero debate nunca fue si reprobar estudiantes era bueno o malo, sino cómo construir excelencia sin dejar de medir el aprendizaje. Y honestamente, en eso es difícil no coincidir: la realidad nos señala que también debemos dar importancia a las habilidades blandas, las interacciones y la inteligencia emocional.
Europa como referencia en el discurso de la SCJN y de la SEP
Hoy, más que nunca, ningún sistema educativo puede reducir la educación a una boleta. Pero entonces surge otra pregunta: ¿en qué momento confundimos dejar de castigar con dejar de medir? Porque son cosas completamente distintas. Y aquí retomo una de las contradicciones más fascinantes del fallo. Para justificar esta visión más flexible de la evaluación, la ministra ponente Lenia Batres recurre constantemente a Finlandia y Dinamarca. Otra vez Europa, otra vez los países nórdicos convertidos en referencia pedagógica universal. Pero, ¿alguien se tomó la molestia de revisar por qué Finlandia puede darse el lujo de flexibilizar la evaluación? ¿De verdad creemos que Finlandia dejó de medir el aprendizaje?
La respuesta es un rotundo no. Lo que hicieron esos países fue exactamente lo contrario: construyeron sistemas sofisticados de seguimiento, diagnóstico, profesionalización docente y monitoreo permanente. Saben perfectamente qué aprenden sus estudiantes, dónde están los rezagos y qué políticas están funcionando. Su flexibilidad pedagógica descansa sobre algo que en México tiene años incomodando: la evidencia y los datos.
La contradicción se vuelve todavía más grande porque la propia sentencia utiliza resultados de PISA para respaldar estas comparaciones internacionales. Es decir, México utiliza una evaluación internacional estandarizada para defender un modelo que internamente ha dejado de construir evaluaciones nacionales sólidas y comparables. ¿No es absurdo? Eliminamos PLANEA, nos salimos de ERCE, desaparecimos al INEE y Mejoredu y hoy prácticamente dependemos de PISA cada tres años para enterarnos de cómo están aprendiendo nuestros estudiantes. Queremos parecernos a Finlandia, pero sin hacer lo que hizo Finlandia.
Y quizá la pregunta ya ni siquiera debería ser por qué seguimos mirando hacia Europa. Hace poco más de una semana el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, utilizó el calendario escolar de Francia y Bélgica para tratar de justificar un recorte en el ciclo escolar. Mientras en México seguimos romantizando los modelos nórdicos, el liderazgo educativo mundial hace años se desplazó hacia Asia. Singapur, Corea del Sur y Japón encabezan consistentemente las mediciones internacionales. Sistemas concentrados en matemáticas, ciencias, comprensión lectora, formación docente, intervención temprana y mejora continua. Sistemas que evalúan permanentemente porque entendieron algo muy simple: lo que no se mide no se puede mejorar.
¿Evaluar o no evaluar?
En México el debate sigue siendo si evaluar genera ansiedad, si la evaluación puede ser injusta o punitiva. Pero la ausencia de evaluación también puede convertirse en una forma de abandono institucional. El rezago no ha desaparecido porque ya no lo medimos; solo estamos tratando de volverlo invisible.
Y ahí está el verdadero riesgo: empezar a redefinir la excelencia educativa para que la falta de evidencia deje de ser un problema. Porque no es lo mismo flexibilizar la evaluación en un sistema que sabe perfectamente qué aprenden sus estudiantes, que hacerlo en uno que ya ni siquiera puede responder cuántos niños comprenden realmente lo que leen.
Desde Mexicanos Primero, no negamos que la SCJN puede tener razón en algo, que reprobar masivamente nunca resolvió los problemas educativos de México, que un 80% de asistencia muchas veces no va a cambiar la realidad de nuestros estudiantes si otras condiciones básicas no pueden asegurarse. Pero esto es distinto a decir que dejar de medir nos acerca automáticamente a la excelencia. Porque la excelencia educativa no se construye haciendo el rezago, con esto solo seguimos vulnerando el derecho a aprender de las niñas, los niños y los adolescentes en nuestro país.